marzo 22, 2019
Un viaje a la inmensidad de San Carlos, Sonora
Redacción TravesíasTexto. Carolina Peralta Fotos: Ramiro Chaves

San Carlos puede tener cielos nocturnos totalmente negros y el atardecer puede llegar a ser totalmente rojo.

De Hermosillo a San Carlos el camino es una línea recta que se alarga hacia el mar. El viaje a esta playa sonorense comienza allí, en la carretera federal número 15 que divide el desierto en dos. El paisaje es plano, la tierra, venosa. Brotan cactus y mezquites de ramas hirsutas que no crecen hacia arriba sino hacia los lados, como animales reptando. Quedan atrás moteles de paso sitiados por camiones de carga de doble semirremolque —remansos de traileros exhaustos que reconocen cada zanja de la México-Nogales—. Pasan pick ups con cofres ardientes, levantando la grava del pavimento, rompiendo las capas densas del aire atravesado por la luz. Todo vibra, todo es un espejismo fugaz. Mientras tanto, del lado izquierdo de la carretera se desencadenan cerros de colores sinuosos, definidos por el sol.

Conozco bien ese camino, lo crucé más veces de las que ahora podría recordar. Esta vez vuelvo en julio, dos días antes del inicio de la canícula, para escribir sobre sus lugares y paisajes —y aprovecho para huir del ruido de la Ciudad de México—. En tres días visité, acompañada de Ramiro, fotógrafo, un pueblo pesquero con modestos restaurantes que sirven conchas recién sacadas del mar. Un cañón subtropical en medio del desierto, de piedras rojas y ocre y palmares que son casa de miles de insectos. Un estero mineral blanquísimo y la carretera panorámica que lo rodea: un paseo en sí misma.

Visitamos playas con turistas y playas vírgenes, playas de arena blanca, sacarosa, y playas de piedras pulidas por el mar. Vi el mar de Cortés desde el mirador escénico recién inaugurado y vertiginoso, que es, según la revista National Geographic, “la vista oceánica más espectacular en el mundo”. Tomamos café frente a la Marina San Carlos, donde turistas y locales estacionan sus yates con nombres en inglés, en las faldas de un cerro extraordinario, emblema de San Carlos aún antes de que San Carlos existiera: el Tetakawi. Durante los tres días que estuvimos, el tiempo siempre rozó los 40º C. Hay decenas de lugares y muchas razones para visitar San Carlos. Lo ideal es ir de septiembre a octubre o de marzo a mayo, cuando el tiempo es solamente cálido y la humedad precisa.

El letrero en una colina anuncia que hemos llegado. Un cúmulo de piedras blancas forman las palabras SAN CARLOS con ingenuidad californiana. Veo las primeras palmeras y uno que otro molino de energía eólica, blancos y gigantes. A lo lejos se levanta un cerro cuya silueta es distinta a la de los demás. Voy sentada en el asiento del copiloto y, casi mecánicamente, susurro y señalo: el Tetakawi. He repetido ese nombre tantas veces como cualquier sonorense. Es un ícono de San Carlos: lo tienen en sus logos casi la mitad de los locales comerciales, y es un faro que no perdemos nunca de vista.

Su nombre es una de las pocas palabras populares en yaqui: Te-ta-ka-wi, que significa “tetas de cabra”. Aunque hasta ahora me vengo a enterar que su etimología es confusa. Según la creencia popular, el Tetakawi lleva ese nombre por su inusual silueta, que dibuja las tetas de una cabra. Sin embargo, para la tribu yaqui este cerro es el Tákale, que significa “cerro partido”, por la forma de su punta, abierta, como la lengua de una enorme serpiente. La leyenda dice que el nombre de tetas de cabra se lo dio un empresario guaymense. Al parecer, la confusión es tan grande como insignificante para los sonorenses. La importancia de un ícono, después de todo, no radica en su verdad histórica, sino en lo que representa: lo familiar, un “ya llegamos”.

La calle principal se llama Manlio Fabio Beltrones. Es amplia y tiene un camellón angosto, con pasto y palmeras que se extienden por seis kilómetros hasta topar con el Tetakawi. De un lado del boulevard se alcanzan a ver, entre hotel y hotel, pedazos del mar de Cortés, como ventanales azul marino. Del otro lado, los locales comerciales tienen nombres como Gary’s Dive Shop, Barracuda Bob’s, Thrifty’s, Froggy’s, Rosa’s Cantina, Chihuahua’s, Tequila’s. Los anglosajones tienen algo con los posesivos: de los 2 500 habitantes que tiene San Carlos, la mayoría son extranjeros mayores de 40 años, que llegaron de Estados Unidos o Canadá en busca de días más cálidos.

El turismo, en cambio, es principalmente sonorense. Cada vez es más fácil encontrar hospedaje en San Carlos. Además de hoteles, que los hay para todos los presupuestos, de 3, 4, incluso uno 5 estrellas, hay muchas opciones de renta de casas o condominios frente al mar, a las afueras, en las faldas o en la cima de los cerros. La arquitectura suele parecerse a su entorno. Los colores de las casas son de tonos ocre, esquinas redondeadas, cúpulas, terrazas y frentes arenosos, rodeados de árboles frutales y sombras de mezquite. Tienen poco alumbrado por las noches, acaso un par de lámparas amarillas que atraen chinches y mosquitos. Éste es el estilo más tradicional, pero las hay más modernas, lujosas: blancas, antisépticas y grandes. Minimalistas, con ventanales y bien iluminadas por las noches. Como cruceros o como atalayas.

Entramos a San Carlos y nos dirigimos directo a La Manga en busca de mariscos. Para llegar a esta comunidad pesquera hay que cruzar todo San Carlos y “ahí donde acaban las casas grandes y el pavimento, y comienza el camino de terracería” allí mismo se encuentra. Se trata de una pequeña ranchería costeña donde niños juegan cascarita a mitad del camino y aún horas después del mediodía, pescadores de todas las edades flotan en lanchas sin motor. Los restaurantes son como casas abiertas que, uno tras otro, prometen el marisco más fresco, la cerveza más fría.

Nosotros le seguimos hasta el final del camino para llegar al restaurante de Doña Rosita, el más establecido de todos, sobre una peña que da hacia el mar y, ciertamente, hacia el Tetakawi. Un joven con brackets y ojos bonachones nos lleva hacia una de las mesas de la Coca-Cola, frente a un ventilador casi industrial. El centro de mesa es un montón de botellas de salsas negras, de chiltepín o de chile güero, que sólo se ven en los restaurantes de mariscos sonorenses. Pido una michelada —esperando que me traigan una cerveza con sal y limón— y, en cambio, llega un tarro bien frío lleno de clamato, casi negro por las salsas, escarchado con abundante chamoy, sal y chile seco. (Más chilito que cerveza). De comer pedimos el aguachile de callo de hacha, los toritos y la tostada cachoreada: una torre de jaiba, camarón, pulpo, caracol y callo de hacha. Yo le eché salsa de chiltepín. Esa misma tostada pediré en todos los lugares a los que vaya.

El cañón del Nacapule está en la Biósfera Cajón del Diablo, que se siente como su nombre. Para no desmayar en el intento, salimos a las seis de la mañana y el clima fue inesperadamente agradable. El cañón, que está 300 metros debajo de la tierra, es un oasis subtropical en medio del desierto. El sendero es estrecho, rocoso y ocre, de pronto interrumpido por palmares altos y bajos, cactus o jitos: árboles endémicos de esta tierra, de copas frondosas, perfectamente redondas. A medida que nos acercamos, parecería que las rocas se vienen encima, pero es el silencio lo que termina de dar el sentimiento envolvente: no es ausencia de ruido, sino un ruido blanco de insectos bochornosos, acompañado del gorjeo esporádico de un pichón, el chirrido de gorriones sonorenses o la risotada de la ardilla chichimoco, la única en el mundo que tiene cuerdas vocales y que emite una suerte de risa humana, corta y aguda. En la breve época de lluvia, que dura apenas unos días de agosto, el agua que se filtra de la cima detiene su curso en las cavidades del cañón y entonces se forman pequeñas presas cristalinas. En ese tiempo, el cañón del Nacapule le hace verdadera justicia al cliché del oasis en el desierto.

A las once de la mañana es hora de ir al mar. La temperatura del agua debe estar entre los 25 y 30º C, pero es mucho mejor que estar afuera. Llegamos a la playa Los Algodones, que se llama así por las dunas blancas “como algodón” que la rodean, pero yo las veo más bien bronceadas. Las dunas tienen huellas de motos, caballos y personas, y la luz cae suave sobre ellas. En Los Algodones uno puede rentar equipo para esnórquel, buceo, paseos en lancha. Es una de las playas que, en temporada alta, se llena de turistas que vienen principalmente de lugares cercanos a pasar el fin de semana. A lo largo de la playa hay un hotel y dos bares con hamacas, mesas y una cancha de voleibol improvisada, perfectos para tirarse a no hacer nada: el Hang Out y el Sunset.

San Carlos Sonora

Salgo del mar y la arena ya arde. Sé que es mediodía porque no veo nuestra sombra y el remolino que tengo en la coronilla arde también. En estas fechas, de las doce o una de la tarde hasta las tres o cuatro, lo preciso es encerrarse y cultivar el talento de no hacer nada: acompasarse al ritmo del desierto, procurar que nada se mueva demasiado. Acaso leer el libro de verano, jugar cartas o perder la mirada en la agitación del aire y la luz.

Desde el mirador el mar es jaspe líquido y se ve más grande que nunca. Pensar que si uno cruza ese mar en línea recta llega a Santa Rosalía me hizo sentir poquito vértigo e imaginar tiempos remotos; cuando ese mar que se extiende ahora, era un manto de tierra agrietada. Hace cuatro millones de años, esa tierra se abrió, dando lugar al mar de Cortés. Desde el Mirador Escénico de San Carlos, que el gobierno estatal inauguró hace unos meses y que es, según National Geographic, “la vista oceánica más espectacular en el mundo”, se alcanzan a ver algunas islas que quedaron esparcidas cerca de la orilla, como desprendimientos de la tierra que se quedaron en el camino. Ahora las llamamos islas. Algunas son pequeñas, como el León echado, la Raza o el Venado, y otras, como la que alcanzo a distinguir desde el mirador, son poco más grandes. La isla de San Pedro Nolasco de lejos parece roca estéril, tierra de nadie. Sin embargo, ahí habitan lobos marinos, aves exóticas y una gran diversidad de vida marina.

Son las 7:30 p.m., la hora marciana, la hora espectacular y del ocaso. Es difícil hablar de los atardeceres sonorenses sin que suene exagerado, porque apenas los adjetivos más gastados, como “espectacular” o “maravilloso”, le hacen justicia a este cielo inmolado. Así como San Carlos puede tener cielos nocturnos totalmente negros, el cielo del atardecer puede llegar a ser totalmente rojo. Dependiendo de la densidad de las nubes, el horizonte se pinta de naranja y morado. De rosa y azul. O de rojo bermejo, sin exagerar.

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