febrero 10, 2020
La cosmogonía de Chiapas llega a Nueva York a través de sus textiles
Karen Martínez

El arte textil de Chiapas será presentado en La Semana de la Moda de Nueva York.

Además de selvas tropicales, montañas, playas, ríos y cascadas, Chiapas resguarda otro tesoro: sus textiles. Necedad, nostalgia, costumbre. Cualquiera que sea su causa, habría que agradecer a las comunidades indígenas por aferrarse a sus raíces. Por protegerlas.

Foto: Paulina Figueroa

Y es que gracias a ello, en febrero (del 6 al 13) se exhibirá el arte tzotzil en La Semana de la Moda de Nueva York. El estado chiapaneco será representado por Alberto López Gómez, un tejedor indígena que, con todo y las críticas por dedicarse a una “labor femenina”, se unió con otras 150 maestras artesanas para dar vida a K’uxul Pok’, una marca de ropa que ofrece piezas únicas como huipiles y blusas, elaboradas con el telar de cintura. Además de romper estereotipos, Alberto y sus aliadas están visibilizando la importancia de este oficio ancestral.

Tejedoras de K’uxul Pok’.

Historias entre hilos

El telar de cintura data de épocas prehispánicas; se llama así porque la persona amarra el telar de una base fija y después lo sujeta a su cintura; mediante un metódico conteo de hilos, va creando sus piezas. El proceso puede durar meses, según la finura del textil y el detalle visual, que son más bien expresiones simbólicas.

Los rombos, por ejemplo, representan el cosmos. La serpiente, el sapo y el alacrán son animales fantásticos. Historias en rojo, amarillo, verde, azul, morado. Como si a través de estas prendas uno pudiera adentrarse a mensajes profundos, mitos o sueños. Tal vez son señales de nostalgia.

Foto: Javier Azuara.

Para conocer Chiapas (y comprar textiles)

De principio, habría que ir al Museo de los Altos de Chiapas Ex Convento de Santo Domingo, que cuenta con una exhibición permanente de tres colecciones de textiles de la región, además de una de origen guatemalteco y de otras regiones mayas de México.

También vale la pena ir a Macvilho, una comunidad tzotzil a 30 minutos en coche de San Cristóbal. Ahí se puede presenciar el proceso desde cero, cuando las mujeres rapan a los borregos para quitarle su lana, que luego lavan con jabón. Después peinan las fibras y la empiezan a enrollar en un palo de madera; de ahí sacan el hilo. Amarran el telar a un poste, se ponen en cuclillas y empiezan a tejer mientras conversan, ríen o bostezan.

Foto: Ana Lorenzana

Otra parada es Zinacantán, donde las familias tzotziles abren las puertas de sus casas para exhibir las piezas que las mujeres elaboran en telar de cintura: manteles, rebozos, bufandas, vestidos y bolsas.

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