septiembre 18, 2019
Michoacán: la fiesta de los muertos
Mario BallesterosFotos: Diego Berruecos

En los pueblos de las orillas del lago de Pátzcuaro, la celebración del Día de Muertos sigue siendo un marcador de vida en comunidad.

México es país de fiesta y no hay fiesta más mexicana que la del Día de Muertos. Se ha repetido hasta el cansancio. Sin embargo, para la mayoría de los mexicanos, este día es sólo una celebración más que se tacha en el calendario, una de tantas ocasiones periódicas para el regocijo y el atasque: 15 de septiembre, el maratón Guadalupe-Reyes, Semana Santa, San Valentín, la quinceañera, las ferias, las fiestas patronales. Pero hay lugares donde el Día de Muertos (o más bien los días de muertos, que son varios, del 28 de octubre al 2 de noviembre) continúa siendo un marcador importante para la vida en comunidad. Entre ellos, los pueblos de los alrededores del lago de Pátzcuaro, en el estado de Michoacán, son quizá los que con más fervor se entregan a este festejo. También es donde como fuereños —porque aquí la celebración es comunitaria antes que nacional— podemos acercarnos, aunque sea por encima y un instante, a esta verbena enredosa que exalta la diversidad y la vitalidad de la cultura popular, a la vez que aborda el abismo de violencia en el que está sumida una buena parte del país, desde hace décadas.

Los pueblos del lago de Pátzcuaro son quizá los que con más fervor se entregan a la fiesta de Día de los Muertos.

En Tzintzuntzan, San Pedro Cucuchucho, Ichupio, Ihuatzio, Santa Fe de la Laguna y la isla de Janitzio, la fiesta de muertos toca a a cada persona y a cada espacio. Las casas se preparan para la Noche de Ánimas (Anime- cha Kejtzitakua, en purépecha) levantando ofrendas y altares sencillos, pero cargados de recuerdos y gustos íntimos, como una receta secreta familiar. Las primeras ofrendas se dedican, entre el 28 y 31 de octubre, a los niños y jóvenes que murieron antes de tiempo, los “angelitos”. Después, entre el 1 y 2 de noviembre, se juntan la familia, los padrinos y los vecinos para conmemorar a sus demás difuntos.

janitzio michoacán

Existen nueve islas en el lago de Pátzcuaro. La más grande y conocida es Janitzio, que se ilumina con la luz de las velas durante las fiestas de Día de Muertos. Foto: Diego Berruecos

Algunas entradas de las casas se adornan con un gran arco de flores, retacado con plátanos, piñas y otras frutas frescas, panes antropomorfos y objetos personales de los que ya no están. (Estos arcos se replican a mayor escala en la entrada de la iglesia, el mercado, los portales y plazas públicas.) Se reza, se rememora, se consuela, se canta, se comparte comida y se prepara la procesión.

Hacia el mediodía, el silencio, el frío y el verdor característicos de la zona lacustre se rompe de repente. Lo primero que se percibe es música: el chirriar metálico del aliento popular. Luego un estruendo de color, una llamarada de anaranjados que a veces parece una brasa encendida, barro rojo bruñido, jugo de mandarina, el sol poniente, una yema de huevo de gallina que ha comido zanahorias y camotes y flor de maravilla. Que es otro nombre que se le da al cempasúchil, la flor de 20 pétalos. También tagete, cempoal, African Marigold, cempoalxóchitl, apátsicua en purépecha, Tagetes erecta, flor de muertos.

día de muertos en michoacán

Izquierda: Los altares de Día de Muertos en Michoacán se adornan con flores, frutas frescas, panes antropomorfos y recuerdos personales. Fotos: Diego Berruecos

En estos días llegan al lago de Pátzcuaro desde los campos de Tarímbaro y Copándaro camiones y camionetas pick-up desbordadas de flores. (En estos dos municipios se cultivan unos 350000 manojos de flores de los 950 000 que se comercializan este día en todo el país.) Aquí las tumbas y los altares también se adornan como en épocas antiguas con la Tagetes lucida, la variedad silvestre más pequeña y de color amarillo brillante que, debido a sus propiedades psicoactivas, se usó en rituales y como planta medicinal. Sus pétalos se esparcen con soltura desde el altar casero hasta la puerta de entrada, y se reparten después sobre las aceras y las calles hasta llegar a la iglesia y el panteón. Las flores marcan el camino para las ánimas, pero también el recorrido que seguirán las procesiones.

Durante los cortejos, las calles de los pueblos se envuelven en puro estruendo sonoro y visual, además del aroma sofocante pero a la vez fresco del copal, y cuerpos de vivos que no paran de sacudirse. Aquí los muertos se bailan. Los altares son estructuras frágiles pero elaboradas, de palma, carrizo o madera y proporciones arquitectónicas. Los cargan y zarandean entre cuatro y ocho hombres que se van turnando. Cada muerto trae su séquito: primero la familia cercana, atrás los amigos y conocidos. Las mujeres van bailando, vestidas con la tradicional falda sabalina, ceñida y enrollada, camisa bordada y el cabello adornado con trenzas y listones de colores brillantes. Los hombres pantalón de mezclilla, botas y sombrero o gorra. Al final van los curiosos y los conjuntos musicales con trajes de cuero o mezclilla bordados con su branding. Algunos entonan pirekuas —los cantos tradicionales purépechas— o interpretaciones contemporáneas de canciones con una cadencia parecida, lenta y melancólica. Otros prefieren el cabrioleo de las valonas, los corridos o las norteñas. La música y el baile son parte indispensable de la expresión de sentimiento y la conexión con los demás.

No hay sermones ni oraciones ni llantos.

Desfilan los muertos del año. Últimamente, la mayoría son hombres jóvenes, algunos con bigote y pinta recia. El retrato de cada uno cuelga de lo alto del altar. También llevan su nombre compuesto con flores: JUAN, IVÁN, AARÓN, VÍCTOR, CHON. Algunos se fueron de su pueblo, al norte o al otro lado, y ya no regresaron. Otros deben ser víctimas del crimen y la violencia, que sólo en 2018 en Michoacán se cobraron 1100 vidas. ¿Cuántos más estarán desaparecidos, sin retrato, sin corona, sin nombre escrito en flores? Con todo y el regocijo y la belleza vibrante de la fiesta, no se puede dejar de pensar en cómo México se ha ido salpicando de muerte en esas décadas.

día de muertos en michoacán

Los panteones de Michoacán se encienden con velas, música y comida cada 1 de noviembre. Foto: Diego Berruecos

Uno se pregunta qué nuevos significados y sentidos traerá el Día de Muertos a las comunidades que sobreviven entre el apego a la tradición y una realidad cotidiana desgarradora. Aquí la cosa de que los mexicanos no le tememos a la muerte, que nos burlamos de ella, suena a patrañas de quien no entiende nada. También es cierto que la inseguridad ha afectado al sector turístico de Michoacán. El promedio de ocupación hotelera en la entidad por lo general no alcanza el 40%; y desde el 2007, las cifras de visitantes se han estancado en alrededor de los nueve millones al año. Desde hace varios años, más del 60% de los artesanos de la región tienen que complementar su ingreso con otras actividades, porque las ventas no dan. Entre 2008 y 2012, las visitas registradas por el INAH en la zona arqueológica de las Yácatas, en Tzintzuntzan —la antigua capital del Imperio tarasco— cayeron 59%, de 59 000 a poco menos de 29 000.

Fuera de Pátzcuaro y Morelia, el turismo extranjero es casi inexistente. En ciudades como Uruapan, que tienen una oferta natural, culinaria y cultural envidiables, las calles están vacías en cuanto se esconde el sol. Sin embargo, Michoacán persiste. Y durante las fiestas (Muertos, Corpus, Semana Santa), vuelve a florecer, se descubre en todo su mareador esplendor.

Aquí el Día de Muertos es un día cualquiera, en donde la vida y la muerte caminan de la mano.

Llegando a la iglesia, el bullicio de las procesiones se calma. Los altares y ofrendas se descansan en la entrada del templo. La misa de difuntos se desparrama al atrio del convento y la capilla abierta, como en la época colonial. El antiguo convento de Santa Ana en Tzintzuntzan, la capital del Imperio tarasco a la llegada de los conquistadores, fue el primero de Michoacán, construido entre los siglos XVI y XVII. En el atrio frente al templo de San Francisco crecen unos olivos centenarios que se dice sembró hacia 1530 Vasco de Quiroga, o Tata Vasco, el primer obispo de Michoacán. En lugar de salmos se cantan pirekuas.

día de muertos en michoacán

Derecha: la entrada al antiguo convento de Santa Ana en Tzintzuntzan. Fotos: Diego Berruecos

La gente se pasea por el atrio, la pila bautismal de cuerpo entero y el templo de la Soledad, admirando las tétricas figuras de pasta de caña (la más conocida es “el Cristo que crece”, una representación del Santo Entierro que aparentemente ha roto alguna vez la caja de cristal en donde yace). Aquí la fiesta de muertos se empieza a revelar como lo que es: mezcolanza de religión y rito, choque de creencias indígenas y católicas, lamento colectivo y fiesta popular. A nadie le preocupa si el Día de Muertos es una invención moderna, herencia prehispánica o sincretismo barroco. Aquí cumple una función social y cultural fundamental para las comunidades. Aquí es un día como cualquiera, en donde la vida y la muerte caminan de la mano.

Todo se intensifica y se vuelve más confuso al llegar al panteón. En época de lluvias, el cementerio es un lodazal. Algunas de las tumbas, montículos de tierra recubiertos completamente con pétalos de cempasúchil, se han deslavado. Hay que cuidar dónde se pisa. El resplandor de las velas y las pequeñas fogatas ayudan a combatir el frío que en la madrugada se siente en los huesos. Los distintos conjuntos musicales que en las procesiones iban y venían en una secuencia lineal muy ordenada, aquí se concentran y revuelven todos en una estridente sopa auditiva. Se reparten tamales, fruta y atole; fluye el aguardiente, el ron y el mezcal. Los turistas se apilan alrededor de las tumbas más vistosas, adornadas con coloridas imágenes celestiales, figuras de animales y dedicatorias, sacándose selfies sonrientes. Las familias de los difuntos ni los voltean a ver, sentados en silencio haciendo guardia en la tumba de su muerto.

ingredientes michoacanos

Fotos: Diego Berruecos

Conforme avanza la noche crece el alboroto. En todo el pueblo hay puestos de comida, artesanías y bares improvisados con luces de neón, donde las cubas se venden por litro en tazas de cerámica de calavera o formas eróticas con la frase Recuerdo de Muertos Pátzcuaro pintada a mano. Hay tamales y quiote —un dulce meloso de tallo de maguey cocido—, pero también golosinas psicodélicas de Pepa Pig y los Minions. Hay Catrinas de cerámica de Capula, caballitos de madera y figurillas de chuspata, pero también parafernalia china de plástico de la película Coco.

Los altares de Día de Muertos en Michoacán se adornan con flores, frutas frescas, panes antropomorfos y recuerdos personales.

A lo lejos retumban cohetes, balazos o ambos. En los altavoces del templete municipal se anuncia una recreación en vivo del pasarutakua, la versión purépecha del juego de pelota prehispánico, y un espectáculo de videomapping con calaveras en el atrio de los olivos. La calle principal del pueblo está completamente bloqueada por autobuses turísticos. Nos llega el rumor de que por el peso de la gente se colapsó el muelle de donde salen las lanchas a Janitzio.

“En ciertas fiestas desaparece la noción misma de orden”, escribió Octavio Paz en su ensayo Todos Santos, Día de Muertos, parte de El laberinto de soledad. “El caos regresa y reina la licencia… la fiesta no es solamente un exceso, un desperdicio ritual de los bienes penosamente acumulados durante el año; también es una revuelta, una súbita inmersión en lo informe, en la vida pura.”

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La fiesta del Día de Muertos en México está inscrita en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. Foto: Diego Berruecos

Más que el debatido origen o la autenticidad del Día de Muertos, o lo que implica su comodificación cultural y turística, el poder de la fiesta sigue siendo su función existencial, social y política. La politización del Día de Muertos, de la muerte misma, es un asunto del que hablamos poco, pero que es un factor importante subyacente en la celebración desde que el Estado mexicano se ha preocupado a lo largo del siglo XX por controlarla (incluso suprimirla brevemente en la época cristera), corregirla, estudiarla, comercializarla, autenticarla, nacionalizarla, institucionalizarla, promoverla y empaquetarla para el consumo turístico o de espectáculos —en México o en Hollywood—. (Hasta llegar al extremo de que la CDMX despliega cada año catrinas de utilería que replican un falso carnaval de muertos de una secuencia de película de James Bond.)

Frente al catártico despliegue de la fiesta de muertos en los pueblos de Michoacán, todas estas pretensiones de control y ordenamiento dirigido acaban siendo en vano. “No existe inventor ni propietario ni significado que pueda contener a la muerte, que pueda domarla”, como afirma el antropólogo Claudio Lomnitz en su lúcido estudio sobre la Idea de la muerte en México.

Cualquiera que amanezca un 2 de noviembre a las orillas del lago de Pátzcuaro, ya que volvió el silencio, que no se alcanzan a ver ni las casas ni la iglesia ni el cementerio, completamente envueltos en una bruma grisácea, lo confirma. Más que un escenario hechizo o un desfile vistoso pero vacío, aquí la fiesta de Día de Muertos sigue siendo una “comunidad viva”, como decía Paz, “en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente… descarga su alma”.

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