septiembre 2, 2019
Camino Copalita: de la sierra a la costa
Redacción TravesíasPor Alejandra González Romo

Más allá de ser un viaje de seis días, esta caminata propone un acercamiento a las comunidades indígenas y agrarias.

Pinos rojos. Un bosque devastado. No fue un incendio, pues no hay huella de ceniza. Muchos fueron talados, otros cayeron vencidos; pero la mayoría siguen en pie y son de un café rojizo que confunde a la mente. Son árboles muertos, de eso no hay duda, y los hay por cientos.

La improvisada carretera rumbo a la comunidad de San Juan Ozolotepec, en la Sierra Sur de Oaxaca, pone nervioso a cualquier foráneo. Apenas hay espacio para la camioneta, la neblina es densa y cada tanto hay que esquivar los rastros de un deslave. Tras una serie de curvas tensas, los pinos son de nuevo verdes y la vista desde la cima de la montaña es un espectáculo.

El bosque rojo pertenece a Santo Domingo, y el despiadado asesino de sus árboles no es ni el fuego ni las motosierras, sino un insecto. Se trata de una plaga de escarabajos conocidos como descortezadores, que se alojan bajo la corteza de los árboles y se alimentan de la savia. Su ataque es tan agresivo que en sólo tres meses pueden matar un pino de varios metros de altura y años de antigüedad. El calentamiento global ha acelerado su reproducción y ha infestado áreas del bosque templado mexicano a una escala nunca antes vista. Una vez que un árbol se infecta, no hay otra alternativa que podarlo para evitar que contagie a otros, pero aprender cómo y cuándo hacerlo ha sido un proceso largo y de mucho trabajo. San Juan Ozolotepec está entre las comunidades que lo lograron y aunque no han vencido la plaga por completo, ya saben cómo controlarla.

Ana Hop

El Sistema Comunitario para el Manejo y Protección de la Biodiversidad (SICOBI) representa el trabajo conjunto de cinco comunidades agrarias de la costa y Sierra Sur del estado de Oaxaca, entre ellas San Juan , y el Grupo Autónomo para la Investigación Ambiental (GAIA). El SICOBI abarca aproximadamente 78 mil hectáreas, con una población cercana a los 23 mil habitantes. El 35% de su superficie tiene la categoría de área protegida o de manejo especial y desde 2001 ejercen las facultades que la legislación mexicana otorga a las comunidades agrarias como unidades de gestión, control del territorio y recursos naturales.

Camino Copalita se sumó a estos esfuerzos para añadir una capa más al desarrollo local y detonar un efecto expansivo. Interesado en replicar los pocos casos en que el turismo ha generado un incentivo efectivo para la conservación de áreas naturales, Manuel Rosemberg encontró en el biólogo Marco Antonio González, quien forma parte de GAIA —Grupo Autónomo para la Investigación Ambiental—, al aliado indicado para trazar una ruta de caminata en la que los viajeros pudieran conocer de cerca las comunidades indígenas y agrarias donde se libran las verdaderas batallas por el medioambiente.

Ana Hop

En 2014, cuando empezaron a ir de comunidad en comunidad para invitar a la gente a sumarse al proyecto, los tiraban de a locos. “¿Quién va a pagar para venir a caminar aquí?”, les preguntaban. El primer grupo de viajeros llegó en 2015 y, a partir de entonces, 70% de los ingresos del proyecto se quedan en las comunidades, que han empezado a invertir en mejoras de infraestructura al darse cuenta de que es redituable.

Para 2017, una serie de inundaciones severas pusieron la ruta en peligro, pero ya se había generado suficiente ruido en torno a ella para que cerca de 800 donantes decidieran aportar recursos para mantenerla viva. Muy pocos de ellos habían hecho el viaje, el resto sólo escucharon hablar de él. Un proyecto que, sin duda, había que conocer.

***
Cuando llegamos al primer campamento, la angustia del camino se olvidó en un respiro. Hacía frío, pero nos esperaba una fogata rodeada de tiendas de campaña alineadas frente a un horizonte de cuento. San Juan Ozolotepec es, como el resto de las comunidades que visitamos, una población indígena zapoteca organizada bajo el régimen de usos y costumbres. Nos recibieron, mezcal en mano, representantes de varios de sus comités comunitarios. En el grupo visitante éramos 10. Los locales, muchos más. Minutos después, el fuego y el mezcal ya habían hecho que entráramos en calor.

“El humo de la fogata persigue a los celosos”, dijo Lucas, uno de nuestros guías. A mí me persiguió bastante. De cenar nos ofrecieron caldo de pollo y un delicioso té de manzana con guayaba. Tan pronto se escondió el sol y bajó la temperatura, comenzamos a prepararnos para el día siguiente: el arranque de Camino Copalita, una travesía de seis días que iniciaría ahí, a 3200 metros de altura y terminaría en el mar, 100 kilómetros y cinco ecosistemas después. Era una noche fría y especial porque la luna estaba casi llena, pero también se podían ver las estrellas. Se escuchaba el sonido de los grillos, el llamado de los búhos y la advertencia de que podría aparecer algún coyote.

Ana Hop

Abrir los ojos aquí, con el aroma a bosque y tierra húmeda, ya es empezar con el pie derecho.

En este viaje la comida tuvo un papel importante. A lo largo del recorrido probamos recetas e ingredientes locales preparados por los protagonistas generacionales de una larga historia culinaria en el estado de Oaxaca. Esa mañana hubo caldo de guías con bolitas de masa y quesillo, acompañado de tortillas hechas a mano; pan con miel de abeja, que también se produce ahí, y café endulzado con piloncillo. Por si fuera poco, había tamales, plátanos e higos dulces para empacar y comer más tarde, a la mitad del trayecto, que sería de seis horas a pie.

Cada tanto tuvimos la oportunidad de rellenar el termo en alguna caída de agua, fresca de verdad. El paisaje y la emoción del primer día distraían al cansancio. La parte más empinada fue también la más hermosa, con inmensos árboles cubiertos de musgo y brillantes hongos venenosos. En el punto más alto paramos a descansar y a comer lo que empacamos mientras una nube se abría paso entre nosotros.

“¡Nadie me dijo que para llegar aquí había que ser mitad cabra!”, gritó Pilar, que nos alcanzó minutos después y casi sin aliento. Junto con ella, de ahí en adelante aprendimos como grupo a respirar profundo, esperarnos unos a otros; a aguantar el cansancio y el dolor a cambio de la vista y seguir adelante.

camino copalita

Ana Hop

***
Cuando alguien muere en su pueblo, San Bartolomé Loxicha, la familia tiene que buscar entre las plantas y reunir siete abejorros, pues serán los encargados de guiar el alma del difunto hacia su destino final. Éste fue uno de los muchos datos que compartió Ángelo, otro de nuestros guías, mostrando poco a poco la profunda relación que estas comunidades tienen con la naturaleza. Ángelo, Lucas y Aquilino forman un trío de sabios guardianes de su entorno, que conocen cada planta, cada bicho y cada espina del camino. Nos alertan a tiempo para evitar salpullidos y resbalones, y para respirar más hondo o abrir más los ojos para percibir aromas o encontrar aves, mariposas y reptiles azules entre las hojas.

Con una paciencia y generosidad infinitas, los tres líderes se aseguran de que cada viajero llegue con bien y a su paso a la siguiente parada, sin importar el tiempo, los quejidos, vendajes y falsos “ya casi llegamos” que tengan que ofrecer en el camino.

Ana Hop

Aquí, como en tantas otras zonas del país, las comunidades indígenas son pueblos en resistencia que defienden a capa y espada ríos, bosques, selvas y animales de la necia ceguera de ciudadanos y gobiernos que están acabando con todo.

***
El primer día del recorrido termina con la llegada al Rancho Obispo, en San Francisco Ozolotepec. Aquí, como a lo largo de la ruta, se cultiva café, maíz, aguacate y miel, entre otros productos que, gracias a un cuidadoso programa de aprovechamiento territorial, están logrando alcanzar buenos precios de venta y cumplir con requisitos de exportación sin usar agroquímicos ni desgastar la tierra.

El biólogo Marco Antonio González hace énfasis en que 51% del territorio nacional es de propiedad colectiva; pero cuando hablamos de bosques, la cifra es aún más alta, pues alcanza 60 o 70%. “Si vemos la ruralidad como una gran plataforma de propiedad social y desarrollamos sistemas productivos, podemos mantener una sábana de recursos estratégicos sin los cuales México está en aprietos”, explica. “El problema es encontrar la forma de trabajar en colectivo y no en lo individual”. En estos territorios el campo está volviendo a ser no sólo productivo, sino redituable y con un mínimo impacto ambiental.

copalita

Ana Hop

Comimos frijoles con hojas de aguacate, mole amarillo con chayote y tortitas de papa. Todo delicioso. Las cocineras de este campamento transitan entre el zapoteco y el español, y nos explican que a pesar de que su lengua ya se enseña en las escuelas públicas de la zona, muchos niños ya no quieren aprenderla. Parte de los esfuerzos del sistema comunitario al que pertenecen están enfocados a retener a los jóvenes. Evitar que migren no es tarea fácil, pero se pretende lograrlo a través de talleres para el resguardo de la biodiversidad y la producción agrícola.

De la sierra a la playa, Camino Copalita es una travesía de 100 kilómetros.

***
A la mañana siguiente salimos bajo la advertencia de que sería el día más difícil de todos. Bajaríamos dos mil metros de montaña hasta llegar al río, en un recorrido de aproximadamente nueve horas, un gran reto físico y mental. Caminando de bajada y entre piedras durante horas, uno tiene la esperanza de que en algún punto el cuerpo deje de sentir, pero no es así, cada paso duele. Eventualmente, se entra en un trance en el que se escucha la propia respiración y no mucho más. Mirando hacia abajo se cuida cada pisada, para así evitar que se desvíen los tobillos.

Después de un rato, hay que levantar la mirada para ponerlo todo en perspectiva. A cambio del dolor físico, mientras se baja, se ve al bosque transformarse en selva y al frío en un calor húmedo que quizá no ayuda pero reconforta. El paisaje, en evolución constante y siempre espléndido, reaviva la promesa de que cada punzada vale la pena. En ese momento no se puede soñar con otra cosa que llegar al río, y cada tanto uno cree escuchar el sonido del agua.

Las rodillas duelen en serio. Por suerte, Ángelo, Lucas y Aquilino —que para este punto eran oficialmente seres divinos— traían cualquier cantidad de rodilleras de diversos tamaños y formas. No necesité una, sino dos, además de dos palos de madera que me ayudaron a cortar para usar a modo de bastones. Seis horas después, por fin estábamos en el río. La parada para comer tacos, queso fresco y agua de lima nos puso frente a frente con los rostros agotados de cada miembro del grupo. Hasta para el más atlético llegar hasta aquí fue complicado y aún faltaban, al menos, dos horas y media más.

Ana Hop

A partir de ahí, y después de un breve descanso, los más experimentados siguieron a pie. A las más lentas del grupo nos esperaba un destino distinto: seguir en mula porque las rodillas ya no daban más. En principio, la noticia de recibir refuerzos animales sonó a bendición, pero bajar una montaña empinada y pedregosa sobre una mula tuvo sus momentos aterradores, sobre todo con una tormenta cayendo sobre nosotros. Teníamos que avanzar rápido y llegar pronto para evitar que aquello se pusiera peligroso.

Una vez en el segundo campamento —y de vuelta en terreno plano—, la angustia vivida se transformó en ataque de risa y en una sensación de victoria que los que llegaron a pie, ya bañados y listos para dormir, simplemente no entendían. Nosotras, completamente empapadas, sentíamos que habíamos ganado, no sabíamos qué, pero algo grande. La lluvia eventualmente paró. El sonido del río, fuerte y constante durante toda la noche, no fue impedimento para conciliar el sueño. El cansancio era más fuerte que todo.

Ana Hop

***
La levantada del día siguiente costó mucho trabajo; pero bañarse en el río, por primera vez en tres días, ayudó mucho a subir el ánimo. Nos esperaban seis horas de caminata en las que cruzaríamos el río varias veces. Antes de hacer uno de los cruces nos detuvimos un buen rato bajo la sombra de inmensas ceibas, árboles sagrados que extienden sus tremendas ramas hacia el inframundo para escuchar las voces de los espíritus. Luego nadamos junto a una roca enorme, suspendida sobre otras más pequeñas. Más adelante, en una escena macabra, una docena de carroñeros miraban victoriosos desde la copa de un árbol los huesos —ya perfectamente limpios— de una vaca con mala suerte. De ella sólo quedaba el cráneo, la quijada, la piel y un olor fétido.

Esa noche llegamos al campamento Cuevas de Yuviaga, en San Felipe Lachilló, ya a una altura de 460 metros, con vegetación de selva mediana. El lugar tiene un ojo de agua que baja de la montaña, donde aprovechamos para darnos un último chapuzón (y el baño más completo hasta ese momento). Cerramos el día con una gran cena: mole negro oaxaqueño y más mezcal.

El paisaje, en evolución constante y siempre espléndido, reaviva la promesa de que cada punzada vale la pena.

***
Una mañana más. Ya en este punto del trayecto desperté dándole los buenos días a la araña con la que compartí la tienda toda la noche. También desperté con la noticia de que la lluvia intensa de los días anteriores había puesto el río caudaloso, por lo que no sería posible cruzarlo a pie. Eso redujo la caminata de seis a dos horas; el resto tendríamos que hacerlo en camioneta. Para mí y mis pies hinchados fue un gran alivio; para los demás, no estoy segura.

Ana Hop

Llegamos al campamento en Mandimbo, en San Miguel del Puerto, y nos preparamos para la última noche del viaje. Esta vez la familia de Lucas fue la anfitriona y tras otra cena deliciosa y una larga charla con una nueva dosis de mezcal, fuimos de regreso a las tiendas a descansar. La mañana siguiente inició con un recorrido por el espectacular jardín botánico de María, esposa de Lucas y poseedora de un conocimiento botánico ancestral. Nos presentó a sus bromelias, sus árboles y los milagros que pueden hacer algunas de sus plantas. Lo que siguió ya no representó un reto para las piernas, sino para los brazos, ya que la parte final del trayecto se hace en balsa, bajando por el río.

Me tocó hacer equipo con Carmen, Aquilino y Mauricio. Nuestro guía de remo nos pidió llamarlo “Pollo”. En alguno de los puntos más agitados, Mauricio cayó de la balsa, en otro, Aquilino. El sol pegaba fuerte y el cansancio acumulado pesaba, pero avanzamos entre risas, lanzando agua a las otras balsas cuando nos cruzábamos. El último tramo lo cerramos fuerte para intentar vencer a las punteras, pero las chicas dieron buena batalla y en el reñido final nos frenó la arena de la playa La Bocana, en Huatulco. Nuestra llegada arrebatada levantó una parvada de pájaros para un cierre de película. La emoción de haberlo logrado es difícil de explicar, pero es algo que quiero volver a vivir.

Camino Copalita es una experiencia que apuesta al intercambio cultural, a la reconstrucción territorial y la cooperación humana. Tras el recorrido, Marco Antonio me recuerda que no hay especies que no migren, y todo cobra sentido. Naturalmente somos más nómadas que sedentarios, y caminar largos trayectos para mirar de cerca otras realidades y reconocer la sabiduría de las cosmovisiones que nos anteceden, cuyo principio es sumar y no restar, es la única forma de enmendar el rumbo.

Sigue a Travesías en Twitter, Instagram y Facebook

Foto de portada: Ana Hop

***

También te recomendamos:

Chuen: seda en la sierra de Oaxaca

Guadalajara, Guadalajarx

Más Leídas

Ver Más