julio 18, 2019
San Blas: Agua que nace de piedra caliza
Redacción Travesías

Su playa, de arena delgada y rojos atardeceres, tiene un oleaje perfecto para practicar surf.

Este texto se publicó originalmente en el número 5 de Travesías, en diciembre de 2001.

San Blas es un pueblo pesquero situado en el centro de Nayarit, de frente al Pacífico. Su playa, de arena delgada y rojos atardeceres, tiene un oleaje muy atractivo para quienes practican el surf y está limitada por un rompeolas.

El camino que lleva a San Blas se extiende unos 64 kilómetros desde Tepic. Es una carretera en buenas condiciones, aunque con muchas curvas y pequeños pueblos (y por lo tanto muchos topes). Llegué a San Blas en una noche de relámpagos constantes. Desde las primeras calles se adivina que San Blas es un pueblo de pescadores. Los niños juegan hasta tarde en las calles, los adultos conversan en el fresco de la noche, escondiéndose del sopor, y lanchas y redes se asoman de muchas esquinas. Sin embargo, en el centro del pueblo hay poco que señale que San Blas fue un importante puerto para los españoles desde finales del siglo XVI hasta el XIX. Lo usaron, sobre todo, para proteger sus naves de piratas ingleses y franceses.

San Blas

Al entrar al pueblo crucé la plaza, llena de puestos de comida y artesanías. Luego fui a buscar un hotel por la calle principal, Batallón de San Blas. Cerca del centro hay varios hospedajes modestos y baratos, pero sin mosquiteros, lo cual se vuelve una objeción proporcional a la cantidad de sangre que pueden chupar esos voraces y pequeños vampiros. Una de las cosas más importantes que hay que saber al adentrarse en San Blas es que no llevar repelente equivale a necesitar una transfusión.

El Garza Canela es sin duda el mejor hotel del pueblo, pero opté por dejarlo para mejor ocasión. Finalmente me decidí por las Suites San Blas. Tiene alberca y los cuartos tienen mosquiteros y pequeñas cocinetas.

La noche seguía iluminada por relámpagos, y en los cinco minutos que me tomó registrarme en el hotel pude atestiguar en carne propia el hambre de los mosquitos. El mejor lugar para guarecerme de ellos era la alberca, por lo que fue el primer sitio donde aterricé. No pude encontrar una temperatura mejor.

Al día siguiente fui a La Tovara, un manantial que está al final del estero San Cristóbal, que desemboca en el mar. La Tovara (que significa “agua que nace de piedra caliza”) tiene un canal rodeado de manglares que mide unos nueve kilómetros y que hay que cruzar en lancha.

El camino hacia La Tovara serpentea entre los manglares, desdoblado por el espejo de agua. Algunos recodos son bastantes oscuros, mientras que otros son a cielo abierto. Hay muchas especies de aves, tortugas y garzas, y los cocodrilos se recuestan sobre los troncos a sus anchas. Es muy común verlos flotar ahí tranquilamente, acostumbrados al ruido de los motores, sin inmutarse ante los curiosos. En este lugar se han hecho muchos documentales para canales de televisión, como Discovery Channel, o reportajes para National Geographic, por la cantidad y el tipo de aves raras que hay en la región.

Es un manantial rodeado de exuberante vegetación, un ojo de agua sorprendentemente clara, habitado por muchas clases de peces de todos los tamaños. Nadar ahí es una delicia, por su agua limpia, de unos cuatro metros de profundidad, y se puede observar a los peces con o sin visor. A un lado del ojo de agua hay un restaurante donde se vende desde langosta hasta chocolate, y un columpio a unos dos metros sobre el agua que puede volverse adictivo hasta para el más cobarde.

Por la tarde fui a la playa de San Blas. Un mar tibio, plateado por el sol, con enramadas que ofrecen pescados, langosta y mariscos. Encontré un sitio que se llama El Jején Feliz. Y efectivamente estaba lleno de jejenes felices con mi sangre (en algunos lugares de la costa llaman jejenes a los minúsculos e incisivos mosquitos de playa, más pequeños que los moscos que rondan el pueblo). Desde ahí pude ver el sol caer tras el rompeolas.

Al día siguiente, para despedirme de San Blas, decidí aventurarme en una de las muchas tiendas que venden plátano recién horneado; descubrí que un pan de plátano con nueces es la mejor forma de dejar un lugar como San Blas.

San Blas

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