noviembre 10, 2017
El (no tan) peligroso atractivo de los acantilados
Diego ParásFoto: Diego Parás

Para conocer la costa californiana no basta con ver sus olas, también hay que explorar sus acantilados.

Hay dos tipos de personas: los que corren de los acantilados y los que corren a ellos; los sandieguinos pertenecen al segundo grupo. Y es que ¿cómo no hacerlo si cuentas con uno de los acantilados más bellos del mundo? Hay que luchar contra el vértigo; puesto en palabras de Milán Kundera: “¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados”.

Si bien el principio es idéntico que en los de Moher, en Irlanda, o los de Dover, en Inglaterra: un risco que da al mar, aquí es lo mismo pero no es igual. La costa de California es diferente a cualquier otra, no se trata únicamente de la historia del lugar o de su belleza natural sino de cómo se aproxima uno a la misma; en este caso, volando.

El humano ha tenido desde hace siglos la obsesión de volar, llegó un punto en el que quiso explorar nuevos espacios y la tierra no pareció serle suficiente. Maneras de despegarse del suelo hay muchas pero pocas son tan simples y elegantes como el parapente: únicamente se necesita un lugar donde sentarse, un paracaídas y la fórmula exacta entre la cantidad de espacio y viento necesarios. Esa fórmula algunos la encuentran en los acantilados, siendo así que no representan un riesgo sino una oportunidad: tener a la derecha el océano Pacífico en toda su extensión, a la izquierda las paredes de piedra caliza coronadas por el campo de golf de Torrey Pines y las mansiones que lo rodean; y bajo los pies, a noventa metros de distancia, una playa nudista (al mayor estilo californiano). Para acceder a esto, lo único que hay que hacer es saltar hacia el abismo.

Para el viajero que se encuentre en esta situación le será difícil en primera instancia aventurarse en esto, que más que un deporte extremo es toda una experiencia, pero el café (más cercano a dorado) de los acantilados y el verde del páramo no se aprecian parados al borde de la cornisa y merecen ser vistos. Una vez vencido el vértigo, entras en comunión con el viento, no pretendes domarlo sino que transitas por y con él; viajas en el aire conforme las corrientes te lo permiten. Es difícil escoger qué ver, si las cuevas y peldaños del precipicio que antes parecía tan amenazante y ahora se presenta bello ante los ojos; el movimiento de las olas debajo de ti y cómo rompen mientras pequeñas figuras humanas buscan surfearlas; las enormes casas, más grande la siguiente que la anterior; o simplemente voltear hacia adelante y ver la costa con sus diferentes muelles y la fila ondulante de despeñaderos que acompañan a la gran mayoría de las playas. En lo que absorbes la belleza del lugar, más gente cruza tu camino en coloridos parapentes y te hace pensar que tú también eres parte del paisaje.

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Para volar en parapente en los acantilados de San Diego existen compañías que se encargan de todo:

Torrey Pines Gliderport
2800 Torrey Pines Scenic Drive La Jolla
T.+1 858 452 9858
flytorrey.com

 

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