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Denver, donde existen los vaqueros hipsters

Una escapada a Denver puede significar días de museos y noches de fine dining, mañanas en mercados orgánicos y tardes de esquí en la montaña, concursos de ganado y bailes de rodeo, o todas las anteriores juntas.

Por Diego Parás
Fotografía de Diego Parás
noviembre 2020

“Los dueños quieren hacer un little L.A.”, dice Kelley, nacida en Golden, una pequeña ciudad de 20,000 personas que poco a poco se está convirtiendo en un suburbio más de Denver, Colorado. “Casi todas las marcas de Free Market son de California, lo cual es una pena porque estamos en Denver y deberíamos resaltar nuestra ciudad en lugar de traer influencias de fuera. Al mismo tiempo, algo como esto nunca habría existido aquí de no ser por ellos, lo cual es bastante cool”.

Kelley, detrás del escritorio de Aesop —una marca australiana de cuidado de la piel, propiedad del grupo brasileño Natura & Co.—, vestida como quien camina por las calles de SoHo, Malasaña o la Roma, resumió lo que la socióloga neerlandesa Saskia Sassen define como ciudad global: “Las ciudades globales de todo el mundo son el terreno donde una multiplicidad de procesos de globalización asume formas concretas y localizadas. Estas formas localizadas son, en buena parte, de lo que se trata la globalización”.

¿La forma concreta? Free Market, un nuevo mercado en Denver que reúne diez marcas y propuestas gastronómicas en un solo lugar. ¿La globalización? Se ve casi idéntico a cualquier otra propuesta de este tipo, de nuevo, en SoHo, Malasaña o la Roma.

¿Cómo es que Nueva York tiene más en común con París que con Jackson, Misisipi? La distancia entre las costas este y oeste parece mayor en cuanto a estilo de vida que en cuanto a kilómetros; el sur de Alabama poco tiene que ver con los Grandes Lagos y Florida podría ser un país aparte. Denver, casi en el corazón del país, está en un punto clave para definir si se perfila más hacia un estilo de vida relajado, si adopta un ritmo más intenso, si mantiene su esencia vaquera como puerta del Lejano Oeste o si define un nuevo estilo estadounidense que mezcle de todo un poco. En palabras de Kelley, “definitivamente hay una evolución sucediendo en Denver desde hace unos años… Sea lo que sea en que se convierta, no se va a detener pronto”.

El Denver vaquero

A mediados del siglo XIX se difundió la noticia del descubrimiento de oro en terrenos de California. De pronto, el Oeste pasó de ser salvaje a ser deseado. Miles de cazafortunas migraron de la costa “civilizada” en busca de oro en los riachuelos de las Rocallosas; fuera de ida o de vuelta, tenían que pasar por Denver. Esclava de su geografía, esta ciudad fue pensada desde el principio como un lugar de paso (casi un siglo después, en 2019, su aeropuerto recibió a más de 53 millones de pasajeros, la mayoría de ellos para hacer escala). Los vaqueros que llegaban a la ciudad necesitaban un lugar donde quedarse y, a partir de 1888, ese lugar fue el hotel The Brown Palace, hoy propiedad de Marriott.

Vitrina de Rockmount Ranch Wear.

El espíritu western de este hotel se renueva cada enero —desde hace más de 70 años—, en el que muchos consideran uno de los eventos más elegantes de la ciudad. El lobby se decora con un enorme candelabro de cristal; justo debajo, una mesa exhibe una pirámide de copas llenas de champaña y, a un lado, vaqueros con saco, corbata de bolo y sombrero brindan alrededor de Olaf, el novillo ganador del National Western Stock Show de 2020 que pavonea sus 600 kilos, con un valor de 155,000 dólares, en la alfombra roja.

Si algún viajero quiere asistir a este evento, la recomendación es conseguir todo lo necesario para la ocasión —desde las botas hasta la hebilla— en Rockmount Ranch Wear, una tienda no muy lejos de Union Station, la estación a la que llega el tren desde el aeropuerto de la ciudad.

La Costa Este de Denver

Cuando se inauguró Union Station en 1881, se convirtió en la estructura más grande del Oeste y el principal foco de tránsito de la ciudad emergente a las faldas de las Rocallosas. Hoy, la sensación de haber llegado a un hub es la misma, pero el Oeste parece más lejano que nunca.

LoDo (Lower Downtown) es el barrio donde se encuentran los mejores restaurantes y algunas de las mejores boutiques de la ciudad. En esta parte de Denver, las corbatas son las convencionales y en los semáforos se ven tanto Teslas como algunas Dodge Ram. Nombres como Sunday Vinyl, Citizen Rail y Tavernetta marcan el ritmo de la escena del fine dining en la ciudad (los tres, por cierto, merecen una visita). En cuanto a opciones de hospedaje, destaca Kimpton Hotel Born, en el mismo complejo de Union Station.

Detalle de la zona de los museos en el centro de Denver.

Conforme uno se acerca al centro de la ciudad, lo vaquero vuelve a escena con la policía montada y los murales de paisajes de las Rocallosas en las fachadas de los edificios. Sin embargo, al llegar a Civic Center Park la combinación de edificios gubernamentales y museos le da al barrio un aire a Washington, D.C. Los sitios imperdibles: Denver Art Museum, Clyfford Still Museum y Kirkland Museum of Fine & Decorative Arts. Los tres se pueden recorrer en un solo día, con un debido descanso en Leven Deli Co.

La Costa Oeste de Denver

“Si te mudabas a Denver, era para no estar en Denver”, dice entre risas Anthony Lygizos, dueño de Leven Deli Co. (quien viste shorts, sin importar los 0 oC del exterior). Anthony llegó a la ciudad en 2003, se fue en 2007 y regresó en 2013, esta última vez atraído por la oferta de actividades culturales y el crecimiento económico. Oriundo de Chicago, Anthony puso el ojo en Denver—como mucha gente— por su cercanía con muchas áreas naturales y el buen clima para hacer deportes de montaña, especialmente en Winter Park, la meca de los denveritas amantes de la naturaleza, según él.

Free Marcket en RiNo (River North).

A las 6:30 de la mañana de cada viernes, Union Station se transforma. Cientos de personas con esquís y tablas de snowboard sobre el hombro caminan hacia el tren que sale todos los fines de semana rumbo a Winter Park, un resort de esquí en medio de las Rocallosas, a una hora de Denver. Que la cercanía a la ciudad no engañe a los más aventureros, ya que, conforme uno se adentra en la cordillera, entiende lo impenetrable que es y por qué es considerada salvaje. Al llegar, Matt, mi guía de montaña, me muestra el video de un alce corriendo a un lado de los esquiadores. “Cada año tenemos avistamientos de diferentes especies, así que mantén los ojos bien abiertos”.

Voista desde el tren rumbo a Winter Park.

Los números de este resort hablan por sí mismos: más de 300,000 hectáreas —en las que, en promedio, caen ocho metros de nieve cada año—, 166 pistas disponibles (y, para los más experimentados, 490 hectáreas de terreno virgen abierto para esquiar), 23 lifts (el más largo de 11 minutos), una góndola, 29 propuestas gastronómicas y 14 actividades al aire libre que no incluyen esquí o snowboard, además de una amplia oferta de hospedaje ski in-ski out.

En retrospectiva, recuerdo que al prepararme para mi última cena en Sunspot Mountaintop Lodge, una cabaña de madera rodeada de bosque en la cima de la montaña —y el mejor lugar para ver el atardecer—, en mi maleta estaban los tenis con los que recorrí los museos de Denver, el saco que llevé a los restaurantes de Union Station, la chamarra para esquiar y mi nuevo paliacate vaquero. Me viene a la mente la definición completa de ciudad global de Saskia Sassen: “Las ciudades globales de todo el mundo son el terreno donde una multiplicidad de procesos de globalización asume formas concretas y localizadas. Estas formas localizadas son, en buena parte, de lo que se trata la globalización. Recuperar terreno significa recuperar la multiplicidad de presencias en ese paisaje”. Denver, esclava de su ubicación al centro de Estados Unidos, es un paisaje árido repleto de singularidades que luchan contra la homogeneización, en su proceso de convertirse en ciudad global y dejar de ser un punto de tránsito.

Diego Parás @diegoparas

Periodista

Egresado de la Universidad Iberoamericana, Diego es un periodista mexicano que vive en la Ciudad de México. Forma parte del equipo de Travesías desde hace tres años, en donde enfoca su trabajo en temas de turismo sustentable y de aventura; entre más intrépido, mejor. Siempre viaja con audífonos y una cámara.