Cuatro días de ecoturismo en Baja California Sur | Revista Travesías
mayo 30, 2016
Cuatro días de ecoturismo en Baja California Sur
Brenda Béjar

Hicimos un recorrido guiado por RED Travel México, una operadora turística y ONG que apoya la conservación de varias especies.

Como es casi ya una tradición en mi vida, ésta es otra de esas historias en las que empaqué de forma inadecuada para un viaje, lo que nos lleva a la primera lección de este texto: las playas de Baja son hermosas, pero frías. Así es que vale la pena llevar, además de los típicos elementos de playa, un par de pantalones y chamarras de secado rápido, y un sombrero.

No fue hasta que Jaime pasó por nosotras –por “nosotras” me refiero a Paulina, fotógrafa, y a mí– al aeropuerto de La Paz que, mientras acomodábamos nuestras maletas entre sillas y juguetes de bebé (“perdón, tengo una hija de dos años”), nos enteramos de que al día siguiente, a primera hora, saldríamos de campamento. “Sí trajeron una buena chamarra, ¿no? Porque en las noches del desierto hace bastante frío”. A lo que respondimos al unísono con cara de preocupación: “No”. “Ya les prestaré un par”, nos dijo muy tranquilo, con esa actitud tan relajada que distingue a las personas que viven ahí.

Mientras conversábamos sobre la logística de los días siguientes, nos fuimos acercando a Mc-Fisher, uno de los restaurantes de mariscos que pronto se convirtió en favorito: un local sin ninguna pretensión más que servir deliciosa comida. La recomendación fue pedir al centro un par de filetes de pescado —marlín y jurel— marinados a las brasas y con queso de cabra en lo que llegaba Chris Pesenti, fundador y director de RED Travel México, para platicarnos un poco más sobre su proyecto que estábamos a punto de experimentar: una operadora turística que también es ONG.

Chris llegó justo a tiempo… a la par que la comida. Conforme devorábamos el pescado como si no hubiera un mañana, aprovechó para contarnos sobre su empresa: “En la industria de los viajes encontré un vehículo para crear cambios, para fomentar el desarrollo de comunidades rurales y para apoyar la conservación de varias especies amenazadas”. Algo que suena maravilloso en un “acerca de nosotros” de una página web, pero que yo no concebía tan posible, claro, hasta que lo comenzamos a experimentar al día siguiente, cuando a las ocho de la mañana en punto llegaron por nosotras.

Día 1

En la camioneta nos esperaban ya Citlali, nuestra guía, y los Sitnick, una familia de tres generaciones con la que compartiríamos el resto del viaje. La primera parada que hicimos fue para desayunar en el Rancho San Agustín. Algunos ranchos que están en las carreteras tienen sus cocinas abiertas y son una imperdible parada para probar el desayuno sudcaliforniano más típico: machaca con frijoles, queso fresco y tortillas de harina hechas a mano, todo esto acompañado de un buen café de talega, una especie de calcetín que sirve para colarlo.

Yo no sabía, pero en Baja tomar café es una tradición sumamente arraigada. Presumen —sin nada que respalde esta información más que su acento golpeado— de ser el lugar de la República donde se toma más café, bajo cualquier pretexto y a cualquier hora del día.

Sobre las tortillas de harina hechas a mano, otro tema de orgullo local, las frases a tener en mente son “si son de harina ni me las calientes; si son de maíz ni me las mientes” y “si pide tortillas de maíz, seguro es extranjero”.

Después de escuchar tanta sabiduría popular en un sólo desayuno, seguimos por la carretera hasta llegar a otro rancho más, Las Brisas, donde nos despedimos del asfalto para entrar en un paisaje repleto de cactus y vegetación desértica, una línea recta de terracería que parecía nunca terminar. Quizá sea más fácil describir este camino con una de las ocurrencias de Loki, el hijo mayor de la que sería nuestra nueva familia por los siguientes seis días: “Come on, Bigfoot, come out already”. Pie Grande no salió, pero eventualmente llegamos a la costa, donde una lancha, o panga, como ellos la llaman, nos esperaba para transportarnos al campamento de RED Travel México.

Diez minutos de mar y, de pronto, dunas… Una combinación de paisajes que nunca antes había visto. En una de ellas, a lo lejos, se alcanzaban a ver varios kayaks. Subir las maletas hasta el campamento significó un reto físico, pero lo logramos a tiempo para dar el recorrido de bienvenida, que consistió en conocer las dos carpas principales, una que fungía como comedor y biblioteca (libros sobre biología marina, sobre todo) y otra como cocina, perfectamente equipada considerando que estábamos en un lugar tan remoto; el funcionamiento de los baños secos “con vista” o, mejor dicho, sin puerta, y el de los lavabos y regaderas portátiles, agua que tendríamos que utilizar con mesura y sabiduría; las casas de campaña; las luces para alumbrar el camino, que funcionaban con sendas solares; y, claro, no podría faltar, la fogata.

Pronto nos instalamos y comenzamos a hacer bromas, con preguntas como “¿cuál es la contraseña del wifi?” o “¿a qué hora abren el spa?”, conscientes de que con tanta belleza natural alrededor no necesitaríamos nada más, y de que todo ese ensamble que habían montado para nosotros estaba más cerca del glamping que del camping.

El resto de la tarde la pasamos a bordo de kayaks, explorando los canales, esteros y manglares de bahía Magdalena, hasta que comenzó a bajar el sol. De regreso, nos esperaba ya la cena a cargo de los talentosos chefs del campamento RED Travel México, mejor conocidos como Uber y Pajarito, quienes se encargan de alegrarte la estancia con sus manjares y su increíble sentido del humor, considerando que pasan cuatro meses del año sin más entretenimiento que la pesca y la radio.

No eran ni las ocho cuando todos empezamos a bostezar: algo tiene la oscuridad total que acelera las ganas de irse a dormir. Nos dimos las buenas noches no sin antes recibir un último consejo de Citlali: “Seguramente oirán coyotes, no se asusten, le tienen mucho miedo a las personas, sólo se acercan para lamer las gotas de agua dulce que se quedan pegadas en las casas de campaña, pero no hacen nada más”. Porque, claro, saber que un mamífero carnívoro se acercaría a nosotros, pero nada más a lamer el pedazo de tela sobre el que estábamos durmiendo, nos dejaría mucho más tranquilos.

Día 2

Así como te da sueño en cuanto oscurece, cuando estás tan expuesto a la naturaleza tu ritmo circadiano se sincroniza con la luz, y apenas sale el sol y ya estás despierto y lleno de energía. Después de un abundante desayuno, descubrimos que la primera actividad del día sería buscar nuestra propia comida. Muy cerca del campamento hay una zona en la que, por la mañana, la marea baja lo suficiente como para poder encontrar almejas chocolatas. Así pues, nos dirigimos hacia allá acompañados de Uber, nuestro cocinero, que cuando no es temporada de campamento trabaja como pescador.

Al llegar nos enseñó el mecanismo: pisar suavemente los montoncitos de arena en busca de un chorrito de agua y, al encontrarlo, escarbar lo más rápido posible para capturar la almeja. Cosa que, como era de esperarse, no sucedió. Ahí fue cuando nos empezamos a plantear lo difícil que sería, para nosotros, sobrevivir sin un intermediario. “Esto está más saqueado que un supermercado después de Navidad”, dijo Morty, el abuelo de la familia, mientras subía de regreso a la panga, siempre dejando los mejores comentarios para el último, a lo que Uber respondió: “No encuentran nada porque no tienen hambre”.

Reflexionando sobre esto nos dirigimos a la duna más grande de la isla, que a lo lejos no parecía más que un asentamiento de arena de tamaño mediano, pero conforme la fuimos escalando —claro, nos tenía que costar trabajo—, empezamos a notar su impresionante extensión. Imagina un paisaje interminable de arena finísima de un color casi plateado rematado con el Pacífico de fondo.

Mientras me senté, impactada, a contemplar quizá una de mis vistas favoritas en mi historia como persona, los niños —y Paulina, por supuesto— aprovecharon para practicar un poco de sandboarding en las dunas. A mí me daba flojera la idea de quedar empanizada, pero con tanto aire, y esos granitos de arena tan diminutos que se meten, incluso semanas después, donde menos lo esperas, hubiera dado lo mismo sentarme que ponerme a rodar.

La tarde comenzaba a caer: es impresionante lo poco y lo mucho que dura un día cuando estás desconectado de todo. Una contradicción que sólo tiene sentido cuando estás en medio de la nada.

En vez de regresar en lancha, como habíamos llegado a la ida, optamos por tomar el otro lado de las dunas, el que daba a la playa totalmente virgen, y caminar de regreso al campamento RED Travel México en un paseo que después bauticé como “the walk of shame”, pues, como parte de su idea de turismo que genera conciencia, Citlali nos repartió una bolsa de basura a cada uno. No íbamos ni a la mitad cuando ya estaban a reventar, sobre todo de botellas de refresco y aceite. Como para no querer volver a comprar nunca algo embotellado.

La larga caminata de la vergüenza finalizó con un intento de baño —más parecido a los jicarazos—, un atardecer que parecía dibujado con acuarelas, una deliciosa cena y un rato de lectura a la luz de la linterna. Fade a negros.

Día 3

Cada vez se iba volviendo más habitual salir de tu casa de campaña y ver múltiples huellitas de todo lo que estuvo merodeando a tu alrededor por la noche. Más cuando apenas vas despertando y alcanzas a oír a tus vecinos que te murmuran: “Ven, ven”, y a lo lejos hay un coyote observándote. Quizás igual de maravillado contigo que tú con él.

Sabíamos que hoy era “el día”. Así es que nos preparamos: lo que para estas alturas significaba sólo rellenar nuestros termos y tapizarnos de bloqueador, ya habíamos perdido toda esperanza e interés en vernos bien. Una vez más nos subimos a la lancha, pero esta vez rumbo a ver ballenas y, después, tortugas.

Las playas del Pacífico y el mar de Cortés son cálidas y poco profundas, por lo que año con año atraen a numerosas especies durante su época de reproducción. Este kindergarten de animales es el sueño guajiro de cualquier biólogo marino, pues les sirve como un laboratorio viviente. De ahí la frase que nos dijo Chris Pesenti el primer día: “Tú avienta una piedra en el malecón de La Paz y de seguro le cae a un biólogo marino”.

La ballena gris, en este caso, llega a Baja entre diciembre y abril para iniciar o concluir su ciclo reproductivo, por lo que es muy común verlas con sus pequeños ballenatos (que de pequeños no tienen nada, pues llegan a pesar hasta 750 kilos).

Así, con la esperanza de ver ballenas y ballenitas, comenzamos nuestro recorrido por bahía Magdalena. No habían pasado ni 15 minutos cuando le pedimos al conductor que se detuviera: ¡eran delfines! Otros cinco minutos más y ¡paren otra vez, que hay lobos marinos! Cinco más y, ¡mira esas aves, ¿qué son?, ¿y esas otras?

Maravillados con todo lo que pasaba a nuestro alrededor, después de una hora y cachito llegamos a “la zona”.

Ahí Citlali nos pidió que aguzáramos la vista —o los safari eyes— para buscar el chorrito de vapor que expulsan las ballenas al exhalar, el grand finale de ese desfile de maravillas naturales que estábamos presenciando. Cuando por fin encontramos la primera, no podíamos creerlo. A veces tardaban algunos minutos en volver a salir, pero, con motores apagados y cámara en mano, les tuvimos paciencia. Y vimos varias.

Tal vez porque era casi final de temporada, pero, contrario a todos los folletos que te encuentras sobre avistamientos de ballenas, en donde se les puede ver muy de cerca y casi de cuerpo completo, acá apenas y salían. Lo que nos frustró un poco a nivel fotográfico (sobre todo a Pau), pero aprendimos la segunda lección del viaje: en Baja vale más la pena disfrutar las cosas con los ojos que con la cámara. Una vez saciadas las ganas de ver ballenas, para nosotros fue después de una hora, aproximadamente, nos dirigimos a una aventura más: el monitoreo de tortugas verdes.

Con redes especiales que no las lastiman, pescadores que trabajan de forma voluntaria para la preservación de esta especie las atrapan para después transportarlas a una playa cercana, donde los estábamos esperando en una especie de picnic con todo lo necesario para sobrevivir: sombra, comida, cerveza y hasta un baño seco.

Ahí nos dividimos en dos equipos y nos fuimos alternando para medirlas, pesarlas, recopilar su información y marcarlas con un número, que después sirve para darle seguimiento a sus patrones de migración. Fue muy emocionante poder participar en este proceso e, incluso, ayudar a decidir su nombre.  De hecho, gracias a nosotros hay un par de tortugas rondando por el mundo con los nombres de Milanesa y Cubana. Un verdadero derroche de creatividad.

Y así transcurrió nuestra tarde. Cada dos horas los pescadores iban a revisar la red, traían las tortugas que habían capturado y nosotros nos volvíamos —o al menos sentíamos que nos volvíamos— parte de la comunidad científica, aunque fuera por un sólo día.

Por la noche, la cena de despedida del campamento terminó con una fogata e historias de miedo y amor, ¿si no de qué otra manera?, donde Pau y yo nos iniciamos en el mundo de los s’mores: galleta-bombón-chocolate-galleta. Un camino que no tiene regreso.

Día 4

Abandonar el campamento venía con la promesa de un buen baño y otras comodidades, pero también con la tristeza de dejar varias cosas atrás: desde uno de los lugares más hermosos y despoblados que he visitado hasta el detox de wifi y a las personas con las que reaprendí la importancia de conversar sobre todos los temas que aparezcan en el camino y sin distracciones.

Con todo y lo mucho que habíamos despotricado, durante aquellos días, sobre la hiperconectividad en la que vivimos, apenas recibimos la señal suficiente como para que llegara el primer mensaje, y ya no nos despegamos de nuestros teléfonos hasta haberlos dejado secos de novedades. Las buenas noticias eran que Paul McCartney seguía vivo y que no había iniciado la Tercera Guerra Mundial en nuestra ausencia. La mala: que oficialmente estábamos de regreso en el mundo real. Bueno, no tanto, la verdad es que todavía nos quedaban un par de días de viaje.

Cuando creíamos que ya habíamos visto todo lo que La Paz tiene por ofrecer, llegó el momento de visitar el archipiélago Espíritu Santo, un bellísimo ecosistema totalmente deshabitado —protegido por la UNESCO— que se encuentra a hora y media en lancha saliendo desde el malecón.

Compuesto por distintas islas, podrías pasar una semana entera recorriendo una por una y no aburrirte, pues cada bahía alberga especies distintas e impresionantes paisajes de piedra caliza de color naranja que contrastan con el turquesa del mar.

Nuestra primera parada fue en la isla Partida, donde esnorqueleamos con lobos marinos.

Antes de entrar, Citlali nos comentó rápidamente las reglas del juego: no acercarse demasiado a las zonas rocosas donde están sus colonias para que no se sientan amenazados; si te muestran los dientes, alejarte, pues probablemente estén molestos; y si se acercan para retozar contigo, sobre todo los juveniles hacen esto, cerrar los puños, ya que pueden confundir tus palmas con estrellas de mar y, como son muy juguetones, morderlas.

Enfundada en un traje de neopreno mojado —sí, me tenía que tocar a mí el que no se alcanzó a secar bien—, apenas vi los arrecifes y los peces de colores se me olvidó todo, incluso el frío y el miedo a que confundieran mis manos con un equinodermo. Ni hablar cuando un par de lobos marinos comenzaron a revolotear a mi alrededor, una verdadera maravilla.

Después de un rato, la temperatura termina por hacer de las suyas y ya no puedes más. Pero no pasa nada, porque todavía queda mucho por descubrir: la siguiente parada fue en la bahía de San Gabriel, donde pudimos ver fregatas, esas aves de color negro que atraen a las hembras inflando una bolsa de color rojo que tienen en la garganta, como un globo. Un espectáculo que nos tocó contemplar porque justo estaban en la época de apareamiento.

Después nos dirigimos a la isla San Pedro Mártir, que alberga la colonia de piqueros camanay más grande del mundo, también conocidos como “pájaros bobos” por el torpe baile que hacen los machos para cortejar a las hembras. Lo fascinante de esta especie es que tienen las patas de color azul cyan, un detalle que apenas y se nota a lo lejos, pero una vez que te acercas, logras ver. Esta especie es muy rara y se encuentra en muy pocos lugares, siendo Baja y las islas Galápagos los principales sitios de anidación.

Por último, ya casi de regreso en La Paz, a no más de 15 minutos del malecón, bajamos la velocidad, nos volvimos a meter como pudimos en nuestros trajes de neopreno mojados y nos preparamos para una última hazaña: buscar tiburones ballena, también conocidos como “gigantes amables”, pues, a pesar de que llegan a medir hasta 15 metros, son supernobles.

Puedes esnorquelar con ellos sin problemas, pero igualmente hay un par de reglas para que sea lo menos invasivo posible: la primera y más importante es que no haya más de cinco personas a la vez, por lo que, si otros turistas ya encontraron un tiburón ballena, lo mejor es no unirte a su grupo y buscar el propio. La segunda es no tocarlos. No porque vayan a reaccionar mal, sino porque hay que alterar su hábitat lo menos posible.

Tardamos un rato en encontrar nuestro tiburón, pero una vez hallado, fue como pegarle al gordo de la biología marina, pues aparecía otro, y otro, y otro más. En esta parte del recorrido se unió a nosotros una investigadora de Whale Shark Mexico, y mientras nosotros descubríamos al pez más grande del mundo ella aprovechó para recopilar datos para la investigación y preservación de esta especie. Otra vez: darle sentido a tu viaje.

El resto de la tarde lo pasamos en un picnic que montaron para nosotros en la playa junto al Paraíso del Mar Golf, una bahía que está justo frente al malecón de La Paz. Esta estampa panorámica fue perfecta para comenzar a despedirnos de este mágico lugar, como cuando te comienzas a alejar de una ciudad en avión poco a poco, sólo que, en este caso, con un poco más de tiempo para lograr procesarlo.

El pilón

Aprovechamos que nuestro vuelo salía tarde para pasar toda la mañana en la playa de Balandra, a 15 minutos del centro de La Paz, quizá más conocida por su poca profundidad, el hermoso color de sus aguas y su piedra en forma de hongo —sí, ésa a la que muchos turistas se suben con tal de conseguir la “foto perfecta” *carita de enojo*—.

Según una encuesta realizada recientemente a los lectores de USA Today, Balandra es la playa más bonita de México, un nombramiento con el que estoy de acuerdo, pero que me da un poco de miedo, pues quizá le quite uno de sus mayores atributos: que casi siempre está vacía.

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