abril 23, 2020
La inmovilidad
Redacción TravesíasPor Felipe Restrepo Pombo

Podemos seguir viajando desde la inmovilidad: no necesitamos atravesar fronteras, vuelos de 20 horas ni hoteles de lujo.

Desde hace unas semanas, y cuando el confinamiento obligatorio me lo permite, salgo a caminar por las calles cercanas a mi casa. Lo hago para ejercitarme —pues la actividad física se ha reducido en estos días a su menor expresión— y para escapar del encierro. Pero, sobre todo, para verificar que el mundo sigue ahí.

 

Camino por una calle muy empinada que me lleva hasta un parque, después de una avenida y no muy lejos de una montaña. A medida que avanzo siento el aire fresco que baja de la vegetación: se siente especialmente limpio en esta temporada en la que ya no circulan carros. Una vez llego al parque le doy varias vueltas, cinco o seis, y hago un esfuerzo por contar los pasos. Es la única manera en la que puedo descansar de los pensamientos recurrentes en medio de la crisis. Después de un rato tomo el camino de regreso a mi apartamento. Durante todo el tiempo que dura mi caminata veo ciertas personas: algunos pasean sus perros, otros van a comprar comida o algunos pocos hacen trabajos esenciales.

Esta rutina simple es ahora mi forma de viajar. Los viajes son —¿son o eran? En estos tiempos se han perdido hasta las certezas gramaticales— una parte fundamental de mi existencia. Mi trabajo, básicamente, es ir a lugares, hablar con personas y contar historias; cosas que ya no se pueden hacer. Pero no sólo es eso: cada viaje es una pausa en la cotidianidad. Viajar, para mi, no es la acción física de tomar un avión, un bus o un carro para llegar a un lugar. Ni siquiera se trata de conocer un nuevo destino. Es una oportunidad de vivir una vida dentro de la vida, de habitar un universo alterno y de ser otro. Es cultivar una mirada diferente.

No sabemos cuándo podremos volver a salir. Esa opción —como tantas otras— está suspendida en un mundo sin certezas. Pero podemos seguir viajando desde la inmovilidad: no necesitamos atravesar fronteras, vuelos de 20 horas ni hoteles de lujo. Sólo la voluntad de querer mirar el mundo con otros ojos. Así sea desde el parque cercano a nuestra casa.

 

 

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