marzo 6, 2018
Una vuelta en velero a la isla Espíritu Santo
Lisa FournierFotos de Diego Berruecos

Navegar por las aguas del mar de Cortés, donde las horas y los minutos transcurren a otro ritmo, como ejercicio para sanar.

Fantasear con pasar tiempo cerca del agua es una herramienta común entre las mentes citadinas. Hacer un viaje en velero, el medio perfecto para cumplirla. El mar cura; el estrés, el cansancio mental y físico, el hartazgo de la rutina, el dolor de una despedida.

La partida para sanar ocurrió hace 11 meses, y más que una aventura ha sido como sobrevivir a un naufragio. Ahora parto al mar de Cortés, en un velero rentado, para navegar por las aguas del Pacífico.

Lograrlo no fue un trámite sencillo, pero sí mucho más simple de lo que pensaba. Siempre había tenido el prejuicio de que las experiencias náuticas eran casi inaccesibles. Pero para sorpresa del equipo editorial y mía, Airbnb no sólo tiene una gran oferta de casas y departamentos por todo el mundo, sino también una gran variedad de yates, veleros y goletas.

Después de revisar nuestras opciones durante un par de semanas y soñar con una gran variedad de embarcaciones que coincidieran con nuestras fechas (pasamos de un barco donde cabía toda la oficina hasta un yate en el que el dueño nos ofrecía prestarnos su limusina para llegar), nos aventuramos a elegir un velero de 21 metros de largo (71 pies), que navegaban Kenneth (Kenny de cariño) y Donna, una pareja de estadounidenses retirados.

Llegamos un sábado por la mañana al Club de Yates Palmira, en Baja California Sur. Habíamos dormido la noche anterior en un hotel cerca de ahí después de manejar dos horas de Los Cabos a La Paz, hicimos una escala rápida en Todos Santos, una localidad de la costa conocida por sus bellas locaciones para surfear, sus galerías, pero sobre todo porque aloja al Hotel California, ése que supuestamente inspiró a la banda setentera The Eagles para componer la mítica canción.

Todos Santos ha experimentado una verdadera revolución venida del norte: artistas emergentes, agricultores orgánicos e incluso personajes de Hollywood se han hecho de propiedades y han echado raíces en el lugar.

Ya para este punto del viaje, en un acto incomprensible de amnesia o de deseo inconsciente, olvidé el número para desbloquear mi  celular hasta dejarlo inutilizable todo el fin de semana. Parecía que la tecnología se había convertido en mi aliada para desconectarme como parte de la curación.

Unos días antes de partir, había hablado por teléfono con los que serían nuestros anfitriones para coordinar nuestra llegada; el itinerario de los dos días que navegaríamos y la lista de víveres para nuestras comidas a bordo de Jersey Girl II (bautizada así en honor a la ciudad donde nació Kenny). Y es que al parecer, el nombre de las embarcaciones es un tema sumamente importante para sus dueños como si ahí homenajearan sus anhelos, sueños y álter ego.

Y así, casi al mediodía, dejamos atrás en la fila número cuatro del muelle a La Otra, Curiosity, Grateful Heir y Leopard para abordar al que sería nuestro hotel, auto y restaurante el próximo par de noches.

La cubierta —que en su momento con toda la ignorancia llamé parte superior del barco— es de un blanco brilloso, también lo son las velas que están todavía sujetas, hoy sólo usaremos el motor. Kenny limpia y encera a Jersey Girl II todos los días desde que la compró en Florida hace tres años. El velero fue construido en la década de los ochenta por un ingeniero de barcos de carrera, lo que lo hace más veloz que sus semejantes. Kenny, expiloto aéreo militar, nos cuenta que ha invertido mucho dinero para modernizarlo y poder vivir en él. Mantener un barco puede ser muy costoso, hay meses, nos dice, que llega a gastar hasta 15 000 dólares.

El casco —la parte inferior del barco— esconde el verdadero estilo tradicional de nuestra pareja. La decoración en madera es como la de cualquier casa en los suburbios americanos. Bajando las escaleras de la cabina, donde se encuentra el timón, lo primero que puedes ver es el comedor, el bar y la cocina (ahí están el refrigerador, la estufa, el lavabo y hasta una lavadora y secadora de ropa). Todo esto ocupa el espacio central. Está decorado con cuadros y fotografías de animales marinos y también tienen colgada una placa honoraria del padre de Kenny que murió el 9/11 y un pizarrón donde apuntan frases que los motivan. Hacia la proa hay dos camarotes más amplios, uno más pequeño y un baño con regadera. Del otro lado, hacia la popa, dos camarotes más con baño. En el último duermen los dueños.

Ya han pasado los primeros 15 minutos a bordo. La sensación del viento en la cara es inolvidable, más viniendo de la Ciudad de México donde a veces es muy difícil respirar. También lo son las primeras imágenes del cielo y el agua que se unen en una postal inmejorable que se queda registrada en las pupilas. 

Ansiosos y deseosos de encontrarnos con alguna especie marina, no dejamos de observar el océano como si fuéramos cazadores de tesoros con una encomienda de búsqueda de lingotes de oro. Y es que en palabras del oceanógrafo francés Jacques-Yves Cousteau, el acuario del mundo está en esta zona del mar.

Con sus más de 240 islas e islotes, el golfo de California —mar de Cortés— tiene una longitud de 1 126 kilómetros y una anchura que varía entre los 48 y 241 kilómetros. Es el hábitat de aves residentes y migratorias, así como de ballenas, delfines, tiburones, mantarrayas y más de 890 especies de peces (90 endémicas de la región). Es incluso uno de los mares más importantes del mundo para el estudio y la observación de ballenas y cetáceos, puesto que en sus aguas se pueden encontrar el 40% del total de la población mundial de estos mamíferos. Mientras algunas de estas joyas se nos aparecen, no dejamos de hacer lo propio, saludar a los tripulantes de otros barcos y mirar hacia el horizonte.

Unos minutos después, vemos un área que burbujea cerca del barco. Donna nos advierte que es probable que ahí se encuentren varios grupos de peces, nos acercamos y la magia nos dura sólo unos segundos mientras vemos pasar un hermoso tiburón ballena, el pez más grande del mundo, que puede llegar a medir hasta 18 metros de longitud. Perseguimos sus manchas por unos minutos más, pero el pez no se deja admirar otra vez. “Ya veremos más”, nos decimos unos a otros para consolarnos. Más adelante vemos un león marino dormido en el agua, una tortuga y lo que parece ser otra ballena de lejos, pero de cerca es una bolla que escupe agua, la cual nos roba unas carcajadas por la confusión.

Pronto una gran roca llama nuestra atención de nuevo y nos hace olvidar la búsqueda. Pareciera que está cubierta de nieve, pero en realidad es guano. La pasamos de largo y seguimos navegando hacia nuestra primera parada: la playa El Tecolote que tiene para nosotros una promesa gastronómica: las almejas chocolatas. Antes de llegar nos acercamos a playa Balandra y su emblemático hongo piedra, una formación rocosa que parece que flota en el aire. El agua que la baña es tranquila y de poca profundidad, tanto que puedes adentrarte hasta 500 metros y sólo mojarte las rodillas.

Además, debes saber que uno de los ecosistemas que hacen de Balandra un espacio de gran importancia ecológica son sus manglares formados por tres especies de mangle: el mangle rojo (Rhizophora mangle), seguido del mangle blanco (Laguncularia racemosa) y en la parte más alejada de la laguna, el mangle negro (Avicennia germinans), los cuales rodean la laguna costera. También puedes conocerla por tierra. Existen seis rutas de senderismo en las que puedes explorar el área de protección de flora y fauna en recorridos de menos de dos horas.

Cerca de ahí Kenny suelta el ancla. No podemos acercarnos más con el velero, pero sí con su dinghy. El océano que antes lucía color azul cobalto ahora toma tonos más claros entre cielo y turquesa. El color del mar se intensifica con el contraste de los colores rojizos y arena de la isla. Parece que estuviéramos en otra parte del mundo… en otro planeta.

Llegamos a tierra firme, y la música de Alejandra Guzmán nos sirve como recordatorio de que seguimos en territorio mexicano. El Tecolote es la mejor versión del típico concepto latinoamericano playero, aunque la decoran palapas, sillas y mesas de plástico nada logra entorpecer su belleza.

La espera no fue en balde, las almejas chocolatas son exquisitas y fresquísimas. Nos devoramos un par con limón y salsa, no necesitan mayor condimentación. Terminado el manjar y un par de cervezas, volvemos a nuestra casa sobre el agua para dirigirnos a una de las calas de la isla Partida donde pasaremos el resto de la tarde y la noche.

La porción terrestre de este archipiélago forma parte del Área de Protección de Flora y Fauna Islas del Golfo de California que incluye a más de 900 islas e islotes, que suman cerca del 50% del territorio insular mexicano, mientras que la zona marina que la rodea comprende el Parque Nacional de Espíritu Santo. El archipiélago resguarda también importantes vestigios arqueológicos.

Pero lo que no todos saben de esta isla es que el empresario Manual Arango, miembro de la familia fundadora de Aurrera (ahora parte de Walmart) y creador de Restauración Ambiental a principios de los años ochenta, animó a que diversas fundaciones aportaran 3.5 millones de dólares para indemnizar a los ejidatarios de la isla para convertir las diez mil hectáreas que la forman en zona protegida. Gracias a esto se conservaron 250 especies nativas que estaban amenazadas por la introducción de animales ajenos. También se evitó la construcción de cabañas turísticas.

Anclamos en la cala un poco antes del atardecer. Las horas y los minutos cuando navegas transcurren a otro ritmo. Es difícil saber con exactitud cuánto tiempo ha transcurrido, pero me da la sensación de que rinde el doble que en cualquier ciudad.

Nos metemos a nadar. El mar está tranquilo, finge tener la quietud de una laguna. Entramos de golpe, los primeros minutos el agua se siente muy fría, pero pronto logramos calentarnos con el movimiento. Reímos de esa manera tan característica que hacemos los humanos cuando estamos nerviosos, felices o cambiamos de temperatura.

Después vienen las actividades deportivas; seguir nadando, usar el kayak, esnorquelear o usar el paddle board, yo elijo el último. Remo contenta y llego a lo que creo que es la mitad entre nuestro velero y la playa. La naturaleza a mi alrededor no tiene límites, es abrumadora. Estoy ahí parada sobre la tabla en medio de la nada. Miro al cielo, después al agua que me rodea, no puedo sujetarme; pero no me importa, estoy absolutamente en paz. El mar y sus proporciones tienen el poder de recordarme lo pequeña y mortal que soy, ponerme en mi lugar, animarme a seguir mi travesía personal.

Miramos el atardecer que es tan espectacular como lo imaginábamos. Con las primeras horas de la noche llegan los primeros bostezos. Dos veleros más nos acompañan a unos cuantos metros. Uno de ellos decide que la música de Eros Ramazzotti es perfecta para el momento, volvemos a reír, aunque lo que realmente queremos es disfrutar del silencio de la noche. Un león marino juguetea cerca del velero, es nuestro guardia marino.

Nos recostamos para mirar el cielo, no hay un solo tramo sin estrellas. Nos lamentamos una vez más, como buenos citadinos, el no poder disfrutar de este espectáculo todos los días. Qué fácil es olvidar el cielo aunque esté brumoso cuando estás inmerso en la rutina.

Después de cenar, salimos una vez más en el dinghy para mirar la bioluminiscencia del mar, una maravilla de la naturaleza provocada por organismos vivos que producen luz como resultado de una reacción bioquímica. Y aunque el contraste no es tan fuerte como otras noches, nos dicen Donna y Kenny, el fenómeno no deja de sorprendernos.

Estamos listos para dormir. Mi cuarto lo comparto con la otra mujer del grupo, dormimos en la proa, nuestros pies apuntan hacia adelante, nuestras miradas están puestas en la ventana del techo que nos deja seguir mirando las estrellas. Desde aquí se puede escuchar con detalle el gorgoteo del agua, el cual me recuerda a ése que hace el agua en el garrafón cuando se vacía.

El velero se mueve fuerte, de manera pendular. Yo sólo puedo pensar en lo difícil que es acostumbrarse a dormir lejos de la firmeza de la tierra. El viento también se manifiesta de forma sonora. Unas horas después, cuando apenas había logrado conciliar el sueño, un fuerte golpe nos despierta, parece que pasa algo con el ancla. Nuestra ignorancia nos hace pensar en todo tipo de teorías, algunas muy cinematográficas, cuánto daño nos ha hecho la película Titanic. ¿Tendremos que evacuar? Mi compañera y yo nos partimos de la risa ante tan seria situación. Por fortuna, no pasa del susto y podemos dormir un par de horas más. 

Son casi las ocho de la mañana y soy la última en levantarse. Me recibe la noticia de que tuvimos una mala noche, la peor desde hace varias semanas. Mis compañeros de trabajo y de viaje también tienen cara de no haber dormido mucho. Hoy el mar se ha empoderado y ha tomado esa fuerza por la que todos le merecemos respecto.

El dramamine se hace presente antes del desayuno. Y aunque el mal clima no nos dejó dormir, sí nos dejará navegar con vela por primera vez en el viaje. Donna y Kenny parecen muy familiarizados con el proceso. Ajustar cuerdas, soltar velas, decidir el punto meta de visión. Nos presumen que han navegado hasta a 14 nudos de velocidad, ese día logramos nuestro debut a más de 12. El barco se inclina hacia el lado derecho. Nos mantenemos en esa posición por un largo rato, después dejamos que el viento nos impulse de atrás hacia delante, se siente como si galopáramos en el mar. Así ocupamos toda la mañana.

Desayunamos burritos mientras nos dirigimos a Espirítu Santo que está muy próxima a la isla Partida. Ambas están conectadas por un canal de escasos metros de profundidad. Bajamos a una de sus playas que está totalmente deshabitada. La arena aquí es más blanca que la de la playa El Tecolote y está cubierta por un manto de conchas y corales fosilizados. El espacio es ideal para dejar de pensar (aunque los pensamientos se han convertido más en sensaciones) y también para caminar o sólo observar. ¿Cuántas veces se puede disfrutar de estar solo en el paraíso? Pasamos ahí un par de horas más. Me aíslo por un rato, el tiempo suficiente para sentir el poder medicinal de este espacio. El mar siempre me regresa la salud, le debo tanto.

Regresamos al velero para disfrutar de la cena, brochetas de camarón y un buen vino. Estamos listos para emprender el regreso, la noche llega más pronto que el día anterior o así lo parece. Hoy dormiremos atados al muelle, tranquilos y bien sujetados.

Agradecemos a Airbnb todas las facilidades brindadas para que se llevara a cabo esta cobertura.

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