diciembre 11, 2014
Polonia, país de callejones medievales
Redacción Travesías

Encantadora, sofisticada y cariñosa, este país de Europa Central seduce por su gente, su arquitectura y su exquisita comida.

Este recorrido va desde Cracovia hasta el Mar Báltico para bajar de nuevo a Varsovia, la capital del país.

Cracovia, admirable y sensual

Llegué a Cracovia para enamorarme de esa burbuja atemporal donde surge Wawel, la gran fortaleza que corona el peñón a la orilla del río Vístula. A sus pies deslumbra la fastuosa Stare Miasto, un elegante dedal de antiguos callejones que llevan a la plaza Rynek Glówny, rodeada por su muralla, y a su lado se impone el viejo barrio de Kazimierz. Es Kraków, Cracovia la enigmática, sorprendente, admirable y sensual, una ciudad emblemática cuya personalidad pinta la historia de Polonia.

La sombreada calle sube a la fortaleza Wawel, el castillo que fuera la residencia de los reyes polacos desde el siglo X. Al cruzar la puerta monumental, uno se adentra en un mundo medieval que deslumbra, dominado por la imponente y grandiosa catedral, sitio de coronación de los reyes.

Consagrada en 1364, la iglesia presume la Capilla de Segismundo, que para muchos especialistas es el más bello ejemplo de arte renacentista toscano al norte de los Alpes, con su cúpula dorada y las tumbas adornadas por soberbias esculturas.

Me fascinaron el coro, la tumba de Casimiro, la Capilla de la Santa Cruz, las criptas reales y la campana de San Segismundo, que pesa más de 11 toneladas. Desde lo alto de la muralla que protege Wawel, disfruté la fabulosa vista sobre el río y la ciudad.
Me sentí un rey polaco conquistando los callejones de Stare Miasto, la ciudad vieja con sabor a amores, con olor a pasado y un atractivo panorama artístico.

Hay que caminar por la calle Kanonicza, bordeada de maravillosos edificios medievales como el palacio Biskupa Ciołka y el Hotel Copernicus, hasta alcanzar una romántica placita. La animada calle Grodzka, con sus iglesias y sus tiendas de ámbar o de encajes, conduce hasta la plaza central Rynek Glówny, con la imponente alcaldía en el centro, desafiando el cielo con su alta torre de 70 metros y sus tiendas integradas al estilo medieval.

Todos los edificios aristocráticos que rodean la plaza lucen ese mismo estilo, con sus acabados rococó. Una feria de comida tradicional anima el ambiente e invita a los transeúntes a probar alguna delicia local. Hay también puestos de artesanías y encajes, gente que va y viene, y terrazas de restaurantes llenas de comensales que gozan los rayos de sol en la fría primavera. Cracovia es una joya que hechiza con pasión y fascina.

Deambulando por los callejones se puede gozar de los antiguos edificios con suntuosos patios como el Collegium Maius, que fue la universidad medieval, hoy transformado en museo; los palacios como la casa donde vivió el papa Juan Pablo II; las iglesias de estilo barroco, gótico o neoclásico, cada una adornada con grandes obras de arte; retablos con pinturas medievales, figuras de santos o angelitos que elevan los rezos al cielo, oro que deslumbra y cubre todo.

Siempre encontré una misa o gente rezando, como en la fastuosa Basílica de Santa María (Kosciół Mariacki), que acicala Rynek Glówny, donde las bóvedas se alumbran de estrellas doradas que vigilan las ricas capillas, el coro de madera labrada y a los fieles que oran bajo su protección mientras desde las altas torres un trompetista toca cada hora la famosa melodía “Hejnal Mariacki”, el himno cracoviano también conocido como “Heynal”.

Mientras paseaba por los jardines que rodean la ciudad dejé mi imaginación vagar sobre los restos de la imponente muralla que defendió la ciudad, con sus torres, barbacanas y monumentales puertas, testigos de tantas batallas. Al salir del recinto, hay que visitar el Santuario de la Divina Misericordia (Boego Miłosierdzia), el Monasterio de Bielany (Klasztor Kamedułów) y la Abadía de Tyniec —que inspiran paz y misticismo— antes de recorrer fascinantes museos como el Sukiennicach, el Museo Arqueológico y los palacios Ciołek, Krzysztofory y Hipolitów.

Cracovia ofrece a sus visitantes verdadero arte a la hora de comer: con un festín de pato, col agria, betabel, borscht o exquisitas salchichas, acompañado por una buena cerveza polaca o vinos europeos.

Cada noche descubrí un concierto diferente que animaba los teatros, las iglesias o los palacios privados, mientras la orilla del río Vístula incita a un paseo romántico al pie del Wawel, admirando los cisnes y los patos.

El barrio de Kazimierz guarda el pasado judío de la ciudad, con sus sinagogas al lado de las iglesias. Fue aquí donde se instaló un ghetto en tiempo de la ocupación alemana de la Segunda Guerra Mundial, y todavía hoy se deja sentir el sufrimiento de esos tiempos de horror y destrucción.

Del otro lado del río se encuentran las fábricas del famoso Schindler, que salvó tantas vidas con su conocida lista. La paz de la sinagoga Tempel compite con los cantos de la iglesia gótica de Corpus Christi o la de Santa Catalina, que data de 1363, mientras que los callejones gritan con su ambiente de cafés marginales. Aquí la vida nocturna recuerda al Soho de Londres.

Kazimierz es un barrio que despierta la curiosidad y está lleno de historia, hogar del santuario de Skałka, cuya paz ayuda a asimilar esa historia tormentosa. Cuando se recorren en carreta los callejones de Cracovia, se siente vibrar la ciudad al son de los cascos de los caballos que retumban en el silencio de la noche, disfrutando de ese momento que permite sumergirse en su pasado más romántico.

Una escapada al sur
Vale la pena hacer una pequeña excursión hacia el sur, muy cerca de la frontera con Eslovaquia. Primero hay que pasar por las minas de sal de Wieliczka, con un extraño elevador que se hunde dentro de la tierra hasta alcanzar las profundas galerías que desembocan en una gran sala conocida como la catedral de sal.

Siguiendo la ruta se llega a Zakopane, un encantador pueblo al pie de los montes Tatras, donde se esconden las mejores pistas para esquiar del país. Con un ambiente tirolés, en su calle principal se disfruta el mejor oscypek (queso de oveja ahumado) o carnes y salchichas al carbón. Un auténtico lugar de ocio y paz montañeses. Por los caminos rurales que rodean el pueblo se van descubriendo encantadoras capillas de madera que adornan la campiña, repletas de iconos, que retumban con cantos.

De regreso a Cracovia me encamino hacia el noreste del país, cruzando Wadowice, el pueblo donde nació el papa Juan Pablo II, y Cz  stochowa, donde se aloja Jasna Góra, el santuario que alberga la imagen de la Virgen de Cz   stochowa, la más venerada de Polonia. Detenerse a visitar el santuario fue un momento de gran emoción. El hermoso santuario está repleto de capillas que atraen a miles de fieles que llegan hasta aquí para meditar y adorar. Esta virgen morena ha sido idolatrada desde hace más de 600 años, y observar cómo la gente reza silenciosamente con inmenso fervor resulta una experiencia fascinante.

Camino a Silesia
Mientras recorría los campos sembrados de lagos e iglesias encantadoras, una pequeña tormenta de nieve me sorprendió en esa fría primavera, cubriendo los bosques con un vestido invernal.

Alcancé Opole a orillas del río Odra donde, en esa temporada de Pascua, la gente llevaba sus canastas para ser bendecidas en la catedral, y continué mi camino hacia el norte. Llegué a Wroclaw cuando el atardecer brillaba y alumbraba los edificios con un color dorado. Me esperaba mi cama en el hotel Sofitel del centro histórico, un local sofisticado, pero al mismo tiempo inmerso en un ambiente medieval.

La que fuera la antigua capital de Silesia presume a los visitantes casas con suntuosas y adornadísimas fachadas y un imponente ayuntamiento de ladrillo de estilo gótico del siglo XIII en la plaza central o Rynek, remodelado al estilo flamenco, rodeado por las más bellas mansiones de cuatro o cinco pisos adornadas con pinturas y estatuas, de estilos rococó o renacentista. Las terrazas de las calles de Wroclaw vibraban con la gente, un ambiente exquisito y acogedor para celebrar la primavera.

Hay que hacer una parada en la iglesia de Santa Isabel, que data del siglo XIV, con su alto campanario; en la Plaza de la Sal (Plac Solny), que luce su mercado de flores, y en el edificio de la Antigua Bolsa. Pasando el romántico puente sobre el río Odra, donde los cisnes flotan como estatuas sobre el agua, uno se adentra en la parte más antigua de la ciudad, el barrio-isla de Ostrów Tumski, con sus islas entre las ramas del río, cuyo nombre aparece desde el siglo X en la ruta del ámbar.

Isla Wyspa Piaskowa

Aquí se encuentran la iglesia ortodoxa de Santa Ana y la biblioteca de la universidad. Cruzando el puente Most Tumski, uno se topa de frente con la catedral de ladrillos rodeada por casitas sencillas. Una misa llenaba toda la atmósfera del recinto, como un cántico místico, la gente desafiaba el aire frío como prueba de su fervor.

Una capilla medieval adorna la orilla del río frente al majestuoso Palacio Wroclaw y la inmensa universidad, fundada en 1728, que se refleja en las tranquilas aguas, con su torre cuadrada rematada por cuatro estatuas que representan la Filosofía, la Medicina, las Matemáticas y el Derecho. Sin duda, ésta es una de las ciudades más románticas de Polonia.

Hacia Gran Polonia
Por los caminos campestres de Wielkopolska descubrí hermosos lagos, restaurantes acogedores para probar la exquisita comida regional, misteriosas capillas de madera, castillos en ruinas y otros todavía completos alzando su orgullo sobre los verdes campos.

Alcancé la ciudad de Pozna, otra de las grandes joyas de Polonia. Lo primero que destaca es el inmenso convento jesuita y la iglesia de San Estanislao, con su fachada barroca y su impresionante altar.

Al caminar por los angostos callejones se desemboca en la Plaza del Mercado, centro de la nueva ciudad desde 1254, rodeada por casas con fachadas renacentistas y barrocas que descansan sobre unas hermosas arcadas. La plaza está adornada con el pozo de Bamberka, la fuente de Proserpina y el Ayuntamiento, reconstruido en 1560 (de fascinante arquitectura renacentista y con un simpático reloj animado).

El paseo errante del viajero debe incluir la muralla y el Castillo del Emperador construido en el siglo XIX, además del teatro y su jardín que dan aires de grandeza a la ciudad cuna de la nación polaca. En la isla, entre los ríos Warta y Cybina, se encuentra la parte más antigua de Pozna, con sus casas bajas y la Catedral de San Pedro y San Pablo, remodelada en el siglo XIV, con torres que desafían el cielo nublado, el altar principal de 1512 y el púlpito barroco de 1720.

La primera catedral fue edificada en el siglo X, y en la cripta romanesca encontramos la tumba de los primeros reyes de Polonia (Mieszko y Bolesław Chrobry). En el jardín exterior, una estatua del papa Juan Pablo II recuerda su visita a la catedral, junto a la Academia Lubranski y la Iglesia de Santa María.

La frontera del Báltico
Llegué a la zona costera del Mar Báltico con sus largas playas de arena blanca, donde el aire hace oscilar la vegetación barrida por los vientos del norte y las dunas que protegen los pantanos y lagunas.

Unos antiguos búnkers construidos por los alemanes durante la guerra desafían el norte mientras una serie de hermosas casitas adornan con colores el escenario ofreciendo un panorama digno de una pintura medieval.

Rondé los tranquilos pueblos de Słupsk, Łeba y la pequeña ciudad de Władysławowo adosada al acantilado. Sigo por la larga península arenosa que llega a Hel y protege la bahía de Puck en el famoso Golfo de Gdask, delimitado al este por Rusia, y donde desemboca el río Vístula con un importante delta.

Mi siguiente parada fue Sopot, un antiguo balneario aristocrático que tuvo sus años de gloria antes de la guerra, donde nobles y príncipes pasaban el verano y gozaban las aguas termales, y que ahora se ha reinventado.

Me instalé en el maravilloso hotel Sofitel Grand Sopot para sentir esa fiebre de los años treinta. Los salones y el restaurante se sumergen en ese glamour sofisticado, lo mismo que las lujosas habitaciones de época con vista al mar. La ciudad alterna las elegantes mansiones con los centros termales, mientras la playa de arena blanca acoge a los cisnes y patos, así como al muelle de madera más largo de Europa (650 metros), llamado Molo, que invita a dar un paseo sobre el agua para disfrutar de la soberbia vista.

Aquí se siente el sabor de Polonia, de la lujuria de los años previos a la guerra, del tiempo del comunismo y del nuevo auge que estalla ahora, pero en un contexto totalmente romántico y pasado de moda.

Al día siguiente tomé el ferry. Pasamos frente al famoso Astillero Lenin, donde estalló la huelga en 1980, dirigida por Lech Wał   sa, que llevó a la fundación del movimiento Solidaridad, que impulsó la caída del mundo comunista y del Muro de Berlín. Entramos en el río Motława hasta llegar a Gda   sk, con su Brama Zielona, la Puerta Verde. Conquistada por teutones, suecos y alemanes, la perla de Pomerania se llamó Danzig cuando era alemana y fue destruida en la Segunda Guerra Mundial.

Tras 20 años de reconstrucción, la reina del comercio en el Mar Báltico luce de nuevo sus altaneros edificios de fachadas pintadas e invita a vagabundear por sus calles repletas de cafés y tiendas de ámbar.

Brama Zielona está inspirada en el Ayuntamiento de Amberes, y fue construida en 1560 para ser la residencia de los reyes. Sus arcos se abren sobre el Camino Real, donde los reyes polacos desfilaban cuando visitaban la ciudad, vigilados por la torre del Ayuntamiento.

El Długli Targ (Mercado Largo) fue el mercado principal, y hoy es el lugar favorito de los lugareños y visitantes por sus restaurantes con terrazas, sus tiendas y sus elegantes edificios decorados.

No hay que dejar de conocer la Złota Kamienica (Casa Dorada), construida en 1618, que luce la fachada más aristocrática de Gdańsk, con sus frescos y estatuas; la fuente de Neptuno que, según la leyenda, una noche derramó por su tridente el licor de Gdańsk, el Goldwasser, y la gente se emborrachó tanto que se tuvieron que poner rejas alrededor.

Dwór Artusa, construido para servir como centro de reunión de la ciudad en el siglo XV, con una monumental y emblemática fachada y un gran salón cubierto por una bóveda gótica soportada por columnas de granito y decorada con hermosas pinturas; el Ayuntamiento, de estilo gótico y renacentista, con la torre más alta de la ciudad y una estatua dorada del rey Segismundo II, hoy Museo de Historia, donde impresionan la puerta barroca con las armas de la ciudad guardadas por dos leones, y la Sala Czerwona donde se juntaban los consejeros, con decorado sajón, chimenea labrada y plafón engalanado.

Siguiendo el Camino Real, el peatón llega hasta la calle Długa, una de las más hermosas de Polonia, con su baile de suntuosas fachadas, perfecta para tomar una cerveza en el Celtic Pub y disfrutar las tiendas de ámbar. Más adelante se encuentran la elegante Brama Złota (Puerta Dorada) y Dwór Bractwa Sw. Jerzego, donde se juntaba la fraternidad de San Jorge.

A su lado está la Przedbramie, o Puerta Delantera, formada por Katownia (Casa de Tortura) y Wie   a Wi   zienna (Torre de la Cárcel), que hoy alberga el maravilloso Museo del Ámbar, el oro del Báltico.

Otras bellezas de la ciudad son la Brama Wyżynna, la Puerta de Tierra construida en 1574, la Iglesia de San Nicolás que se empezó a edificar en 1227, la Baszta Jacek (Torre  de San Jacinto), una atalaya octagonal que formaba parte de la fortificación medieval y la Bazylika Mariacka, la iglesia de ladrillo más grande del mundo, construida entre 1343 y 1502, con su altar gótico políptico y su reloj astronómico.

Para degustar la comida típica polaca se puede visitar Restauracja Gdaska, un restaurante que ofrece carnes asadas, col agria, sopas, salchichas y pato en sabrosas salsas. Después, y para hacer la digestión, se puede caminar por la calle Mariacka, la más típica de Gdask, con sus terrazas decoradas con jardineras y una gran variedad de tiendas de ámbar, para llegar a Brama Mariacka (Puerta de Santa María) junto al río donde el paisaje lo domina la Zuraw Gdaski, una grúa medieval de madera con dos grandes poleas para descargar los barcos.

Para cerrar el día con broche de oro, hay que cenar en el restaurante art déco del Grand Sopot Sofitel,  disfrutar de la excepcional cocina del chef Leszek Patoka y gozar de una romántica velada frente al Mar Báltico. Gda   sk deslumbra como un largo collar de ámbar en el cual los edificios resplandecen como surgidos del pasado.

De vuelta al interior
Cuando llegué a Malbork, la imponente fortaleza gótica construida por los Caballeros Teutones en el siglo XIII a la orilla del río Nogat, me sorprendí por su belleza y fuerza. Ampliada a lo largo del tiempo, tres castillos forman la fortaleza de ladrillo más grande de Europa, donde las salas medievales, el patio central y los restos de la catedral sorprenden al viajero.

Encaminándome tierra adentro, pasé por el pueblo de Chelmno, con su imponente muralla perforada por puertas monumentales, altos edificios medievales de ladrillo y una encantadora plaza central donde luce la alcaldía.

Las casas góticas de Toru

Toru es una ciudad amurallada a la orilla del Vístula, donde nació el astrónomo Nicolás Copérnico, famosa por tener más de 300 monumentos protegidos y cuyo centro ha sido declarado por la unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Al recorrer la plaza mayor y las antiguas calles, uno se siente transportado a un universo de hace 700 años, con el mismo ambiente medieval entre los edificios de ladrillo. Fundada por los Caballeros Teutones en 1230, la ciudad se convirtió pronto en un enclave comercial de habla alemana, y tras ser parte de la Confederación Prusiana  pasó al Reino de Polonia, de nuevo a Prusia, luego al imperio alemán y finalmente fue restituida a Polonia después de la guerra.

Toru seduce por sus casas góticas, como Dom Pod Gwiazda con su rica fachada decorada en estuco y su escalera de caracol. Absorto por su belleza y el encantador ambiente animado de su gente, caminé hasta llegar a la plaza mayor, ocupada por el ayuntamiento en el centro, uno de los más monumentales de Polonia, con su torre de ladrillo que domina la estatua de Copérnico.

Aquí hay también una larga lista de iglesias que visitar, como sucede en casi todo el país. La Catedral Basílica de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, construida en el siglo XIV es majestuosa, solemne y fascinante, con sus altares renacentistas y barrocos.

Están también las hermosas iglesias de Santa María y de San Jacobo, con sus pinturas murales monumentales del siglo XIV. En las ruinas del castillo de los Caballeros Teutones uno se siente en medio de un cuento de princesas y caballeros, imaginando lo que habrán visto y escuchado estos muros fortificados.

Toru es una verdadera joya del pasado, donde la gente es encantadora, la comida excelente y los museos interesantísimos. Me alojé en el encantador hotel Heban, que conserva un ambiente de misterio y leyendas.

Varsovia: llegada a la capital
Varsovia me recibió con su tráfico y su ruido mundano, en medio de un tormentoso remolino de edificios inmensos de la época comunista y otros medievales. Empecé mi recorrido por Nowy Świat (calle Nuevo Mundo), que fue la calle más elegante, donde los nobles alzaban sus mansiones cerca del palacio del rey y que hoy es hogar de tiendas, restaurantes y cafés muy acogedores.

Llegando al monumento a Copérnico, continué por Krakowskie Przedmiecie, parte del camino real, la avenida más prestigiosa de Varsovia, donde visité la iglesia barroca de la Santa Cruz (siglo XVII), donde está enterrado Federico Chopin con el epitafio “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.

Descubrí el Palacio Presidencial con la elegante estatua ecuestre del príncipe Józef Poniatowski y la fachada austera que rodea una plaza. Admiré los palacios Tyszkiewicz y Czetwerty  ski, que son orgullosos ejemplos de la arquitectura neoclásica. Al fin llegué a la plaza Zamkowy, que se encuentra en la Ciudad Vieja, enmarcada por el austero Castillo Real, de ladrillo y con un inmenso patio adoquinado, ahora museo de historia con la columna del rey Segismundo III en su centro.

A un lado se mantienen los restos de la muralla de Varsovia y el viejo barrio de Stare Miasto, también destruido en su totalidad durante la guerra y reconstruido más adelante como una réplica exacta. Seguí hasta la plaza del mercado (Rynek Starego Miasta), erigida en el siglo XIII, y uno siente que ha viajado en el tiempo, con esa atmósfera de las ciudades de antaño, cuando los callejones eran sucios e insalubres.

Fuera de la muralla, entro en la Ciudad Nueva (Nowe Miasto) que empezó a urbanizarse en el siglo XIV, con sus calles empedradas, anchas y arboladas. Hago una parada en la casa donde nació Marie Curie y la Rynek Nowe Miasto, con la Iglesia de San Casimiro de estilo barroco. Es el lugar ideal para entrar en los pubs y restaurantes para probar los típicos pierogi (ravioles de papas), el gołabki (col rellena) y los sledz  (arenques).

Polonia es un libro de pinturas barrocas, de arquitectura gótica, de escenas románticas y de encuentros con gente que sonríe con algo de tristeza en el corazón. Han vivido otros momentos de calamidades, epopeyas de reyes o héroes, amores épicos y batallas sangrientas, pero los polacos son parte de un maravilloso viaje pasional al filo de los callejones, ciudades y murallas marcadas con sentimentalismo. Cada uno de sus pueblos y ciudades son las joyas de esa senda que vibran al son de los recuerdos épicos. Polonia es un estuche de emociones.

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