junio 14, 2017
Un ryokan en el corazón de Tokio
Redacción Travesías

Este tipo de hospedaje tradicional japonés invita al huésped a una introspección física y espiritual en la gran ciudad.

Dejar los zapatos en la calle. Acostumbrarse a la luz tenue, las puertas corredizas y la suavidad del tatami debajo de los pies. Vestirse con una yukata. Cenar al estilo kaiseki —un desfile de platos de colores, formas y texturas distintas— en una mesa baja. Bañarse en el onsen público. Dormir sobre un futón. Así es la estancia en un ryokan, la manera clásica de hostelería japonesa. Generalmente, una experiencia reservada a los pueblos o las ciudades más tradicionales como Kyoto. Pero ahora, en pleno corazón de Tokio, a unas cuadraras de Marunouchi y a un costado de los jardines imperiales, Hoshinoya Tokio ofrece la misma experiencia ryokan en una versión de lujo, con el onsen incluido (en el último piso de la torre y con los sonidos de Ginza como telón de fondo).

Catorce horas y media de vuelo, 53 minutos en el Narita Express y cinco minutos en taxi desde la estación del tren. De pronto, una plaza en el medio del caos, y una discreta puerta que marca la entrada al hotel. Del otro lado, no hay más Tokio ni más Ginza. El único ryokan vertical del país se levanta 17 pisos del resto del mundo y en su interior todo recuerda a Japón, pero a un Japón tradicional, relajado, donde la estética y el cuidado por el detalle marcan cada momento.

En cada planta, los huéspedes encuentran un lounge central que funciona como sala de estar, donde por la mañana hay onigiris; por la tarde, té; y por la noche, sake. También ahí se pueden pedir recomendaciones o hacer reservaciones, ya que funge como una especie de concierge y ama de llaves. La paz que se respira en este sitio se extiende a las habitaciones, que fuera de un moderno wc Toto, son espacios atemporales.

Pero el mejor secreto de Hoshinoya —y el más auténtico espíritu japonés— se esconde en la última planta. Un hermoso onsen, mitad interior y mitad al aire libre, permite a los viajeros experimentar una de las tradiciones que mejor representan al país. Como cualquier onsen está dividido en hombres y mujeres. Hay que quitarse toda la ropa y pasar a los baños, donde sin prisa pero con mucho esmero, hay que lavarse todo el cuerpo a conciencia. Una vez que el cuerpo esté inmaculado, entonces será hora de sumergirse en las aguas termales. Tiene algo de purificación y algo de relajación. En la parte exterior uno puede sentir la ciudad y escucharla desde un cubo que permite mirar el cielo.

El desayuno se sirve en las habitaciones, así que el único espacio “público” es el restaurante, en el sótano. Con un menú de nueve tiempos, los platos son una versión contemporánea de clásicos japoneses. Desde luego, la experiencia va más allá de los sabores, y cada uno es un espectáculo visual y de texturas.

Dormir aquí es entender Japón y sentirlo. Y enamorarse de esa manera única nipona de comprender la estética, el placer e incluso el esparcimiento. 

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