agosto 9, 2017
Holbox, el último refugio
María Pellicer

La historia de cómo Holbox, uno de los último rincones vírgenes de la Riviera Maya, intenta sobrevivir ante el turismo a gran escala.

Holbox no está lejos de Cancún pero no está bien conectada, lo que hace que el camino sea “tedioso”. Si uno tiene la fortuna de volar, cruzando la reserva de Yum Balam, el trayecto toma uno 20 minutos, pero en coche hay que bajar hasta Nuevo Valladolid y luego subir de nuevo, rodeando la reserva hasta llegar a Chiquilá, desde donde sale el ferry que conecta con la isla. Las dos horas de trayecto, más el recorrido en ferry, han ayudado a que la isla se mantenga fuera del radar del turismo a gran escala pero más todavía, ha sido la limitada oferta de hospedaje y la falta de infraestructura lo que ha hecho que el crecimiento del turismo no haya escalado. Pero, mantener a la isla como hasta ahora se ha convertido, cada año, en un reto mayor: el secreto de que todavía existe un rincón del paraíso, en la punto de la península de Yucatán, es cada vez más difícil de guardar.

Hace falta poner el problema en perspectiva. Desde Punta Nizuc hasta Puerto Cancún, la zona más desarrollada de la Rivera Maya, hay más o menos 21 kilómetros, sin duda uno de los corredores turísticos más importantes del país. Holbox por su parte tiene una costa de 40 kilómetros, es decir, dos veces mayor. Hoy, el pueblito y los hoteles de la isla ocupan apenas cuatro kilómetros. Los números (y los signos de $ detrás de ellos) deberían explicar dónde está el problema. Con apenas 1500 habitantes, que hasta hace pocos años se dedicaban exclusivamente a la pesca, las fuentes de ingresos hoy dependen dramáticamente del turismo. Hacia finales del año pasado, la noticia del fuego en Holbox llegó a todos los periódicos del país. En total se perdieron 87 hectáreas por los incendios (que muchos locales aseguran fueron provocados para facilitar la venta de las áreas protegidas).

Holbox el último refugio

Hasta el día de hoy, el desarrollo turístico en Holbox ha sido una labor artesanal. Casa Sandra, el hotel donde nos hospedamos, es ejemplo de ese espíritu. La evolución del espacio (de casa a hotel) fue un trabajo que la misma Sandra fue haciendo, literalmente, con sus propias manos. Cada habitación, cada detalle e incluso las obras que cuelgan de las paredes tienen el sello de la dueña del hotel, quién además vive también en Holbox y esta perfectamente enterada de todo lo que sucede en la isla.

Holbox no tiene calles pavimentadas, lo que equivale a decir que no tiene tampoco coches. El transporte aquí son carritos de golf aunque cada vez son más grandes y ruidosos pues el tráfico y la cantidad de visitantes sigue incrementando. Aún así, en Casa Sandra, uno puede salir descalzo del cuarto, cruzar la calle de arena y continuar hasta el mar sin tocar nunca el pavimento. La playa es corta pero muy extendida, la marea casi inexistente. Aunque en esta parte el Caribe no es el de las aguas turquesas de Tulum y Playa del Carmen, son los colores del cielo y el mar son los que ganan el protagonismo, cambiando dramáticamente a lo largo del día.

Para hacer no hay mucho, más allá de estar en la playa o en el mar, tal vez salir en barquito a darle la vuelta a la isla: snorkelear, bucear, ver los manglares, asomarse a una isla desierta. Lo que la isla ofrece es la paz que regala la naturaleza que la rodea. Tal vez por eso mi plan favorito sea salir en barco al amanecer, disfrutando de los dramáticos tonos de naranja y morado del cielo, para llegar a una pequeña islita deshabitada donde hacemos yoga al borde de un manglar. Una de esas experiencias que uno siente que le regresan a uno dos o tres meses de vida en transcurso de una mañana.

En una isla donde el “lujo” es el paisaje y la naturaleza resultaría necio y buscar otra forma de lujo, por eso el hotel, construido en madera y palma, apela a la simplicidad de sus elementos y pone el foco en el entorno. Lo mismo sucede con la comida, una gastronomía basada en la calidad de los pescados y mariscos (frescos, asados, a la parilla, al carbón o incluso crudos en ceviches o sashimis). Eso sí, algunos platillos de la carta en Casa Sandra, le recuerdan a los huéspedes del origen cubano de su dueña, quien viene de aquella isla (donde en unos años Sandra planea abrir otro hotel con una filosofía muy similar en pleno barrio negro de La Habana).

Hoy Holbox ofrece a los viajeros una sola cosa: naturaleza. Irónicamente, si el destino continua con el desarrollo hacia el turismo en grande escala ira perdiendo poco a poco lo que hoy es su único (y más que suficiente) atractivo. En esta porción de tierra que se extiende entre el Golfo de México y el Caribe, mientras unos luchan por la conservación otros apuestan todo al desarrollo en gran escala. A nosotros, como viajeros que buscamos una experiencia auténtica y natural, tal vez lo único que nos queda es valorar a quién sabe salvaguardar un espacio como este, y apoyar a quienes luchan por frenar el cambio.

Guía práctica

¿Cómo llegar?
El hotel puede areglar el transporte, aéreo o terrestre, desde el Aeropuerto de Cancún. Se puede también llegar en coche hasta Chiquilá y tomar de ahí el ferry hasta la isla

¿Cuándo ir?
Es ideal ir cuando es temporada baja y uno puede disfrutar de la tranquilidad de la isla pero, para los que quieren ver el famoso tiburón ballena, entre mayo y septiembre.

¿Dónde domir?
Casa Sandra
Isla Holbox
+(52) 1 984 875 2171
casasandra.com

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