mayo 21, 2018
Explorando Dalmacia
María Pellicer

Una ruta entre Croacia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro.

No es exageración, Dubrovnik parece como salida de un cuento. La ciudad, totalmente amurallada y de construcciones en piedra, está llena de callejones y pequeñas calles empinadas que conducen hacia Stradun, la avenida principal que funciona como plaza central y punto de reunión.

Terremotos, fuegos y guerras han arrasado Ragusa, como también se le conoce a esta ciudad de la costa Dálmata, una y otra vez reconstruida y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Después de perderse entre sus callejones, hay que buscar refugio en alguna de sus calas ocultas: Buza Bar o Bard Mala Buza, donde uno puede sentarse a tomar una cerveza junto al mar.

Al día siguiente

Usando Dubrovnik como base, se puede hacer una expedición a Mostar, una de las ciudades más importantes de Bosnia-Herzegovina, una especie de Estambul miniatura que representa la unión de Oriente con Occidente y el encuentro de dos culturas: la cristiana y la árabe. Stari Most, el puente que cruza el río Neretva, es su indiscutible símbolo, bombardeado durante la guerra y hoy reconstruido.

La pequeña ciudad medieval es perfecta para caminar, visitar la mezquita Cejvan Cehaj —edificada en 1552— y luego asomarse a la Koski Mehmed Paša, que está abierta al público y donde es posible tomar alguna foto. Después hay que visitar la casa Biscevica y la casa Kajtazova, antiguas casas otomanas que han sido convertidas en museos.

Para la segunda expedición hay que desplazarse al sur, apenas 100 kilómetros siguiendo la costa. Poco después de cruzar la frontera con Montenegro y de adentrarse en una bahía, aparece Kotor. También amurallada, la ciudad medieval parece como vivir detenida en el tiempo.

Y no hay mejor manera de disfrutarla y aprovechar sus vistas que subiendo a pie hasta el Castillo de San Juan. Es un camino empinado y toma un par de horas llegar a la cima, pero el esfuerzo bien vale la pena. Después hay que asomarse al Museo Marítimo y, finalmente, sentarse a comer en alguno de los restaurantes de la plaza central.

La última parada de la ruta

Cavtat, una pequeña ciudad fundada por los griegos en el siglo IV a. C. aunque luego fue romana. Cuando los eslavos y los ávaros la saquearon, sus habitantes se refugiaron en una isla cercana (que luego se convertiría en Dubrovnik), y desde entonces quedó bajo su protección.

Durante el verano aquí llegan los veleros y los yates, y por eso la oferta para comer y beber es tan buena. Tiene, además, unas aguas tranquilas y varios hoteles de lujo donde uno puede disfrutar del sol y el mar. Cierre ideal de este recorrido por los paisajes dálmatas y su historia.

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