La primera vez que viajé a Italia lo hice con poco. Poco equipaje, poca experiencia, poco tiempo y, sobre todo, poco dinero. Esos días los pasé durmiendo en hostales y tugurios que rozaban el margen de la legalidad y desafiaban los límites de la sanidad. Caminaba a diario lo que el cuerpo aguantaba, para ahorrar en transporte, pero sin dejar de conocer lo que se suponía que debía conocer. Llevaba el hambre hasta niveles poco tolerables, para gastar sólo lo estrictamente necesario en comida, aunque, aun con mi apretado presupuesto, tuve algunas de las mejores cenas de mi vida.
Unos años después de esa paupérrima pero entrañable vacación regresé a Italia. Fue distinto. De hecho, fue todo lo opuesto en muchos sentidos. Pude hacerlo con un poco más de tiempo, experiencia y sin dormir en una habitación llena de literas con otras 10 personas. Los alojamientos de mala muerte cambiaron por hoteles de proporciones palaciegas, y comí y bebí como nunca. Viví por unos días la más grandiosa de las invenciones italianas: la dolce vita.

No es una exageración ni un eslogan que suena convincente. Simplemente es verdad; en Italia se está más cerca de los grandes placeres de la vida: abunda la buena comida, el vino y el café, los paisajes de ensueño y las ciudades entrañables, la cultura, el arte, los artistas, los artesanos y el buen gusto. La dolce vita es precisamente la forma en que los italianos han aprendido a vivir entre todo eso. A hacerse una cotidianidad en medio de la belleza que paraliza a los visitantes, invita a disfrutar lo mundano y ceder al capricho sin reproches. Es una lección italiana para aprender a vivir mejor; el resto del mundo debería tomar nota.
Aunque Fellini prácticamente dijo todo lo que hay que decir sobre este estilo de vida (en realidad, dijo todo lo que hay que decir sobre la cultura italiana), ahora que volví a Italia descubrí que la dolce vita se extiende a los aspectos más triviales de la vida, incluso hasta al sueño. Lo cual, aunque podría parecerlo, no es algo que necesariamente se limite al lujo y la riqueza, y mucho menos se trata de tan sólo vivir con excesos. Ahí tienen el espresso, que se toma de un sorbo y cabe en una taza de apenas 30 mililitros. Justo por ahí empieza este instructivo detallado para disfrutar la dolce vita.
Buen café (mejores conversaciones)
Los italianos son gente muy expresiva. Lo que no manifiestan con palabras, lo revelan con gestos inevitables y semblantes traicioneros. Por eso, desde mi primera mañana en Roma sospeché que estaba haciendo algo terriblemente mal con mi café. La mirada inquisidora de meseros y baristas advertía un error en mi elección: un simple café americano.
Sucede que en estas barras el café es todo menos simple. Es un arte perfeccionado con el tiempo. La invención del espresso precisamente resultó de una búsqueda incansable por un sabor más contundente y una forma más pura del café. Con ese líquido espeso y profundamente oscuro, los italianos alcanzaron el punto justo de robustez y aromaticidad. Después surgió una infinidad de variables que vuelven eternos los menús de las cafeterías, como el ristretto, el lungo o el latte.
Pedir un café americano en barettos tradicionales del tipo del Caffè Perú sólo delata a los foráneos que no soportan las notas intensas del café italiano y prefieren diluirlo. Esta pequeña cafetería se esconde entre los circuitos turísticos de Roma, apenas a unos metros del Campo de’ Fiori. Quizá pasa inadvertida para la mayoría de los visitantes, pero provee un vistazo auténtico a uno de los rituales esenciales de la cultura italiana.

Entré justo después del mediodía y ninguno de los parroquianos, ni el personal, se molestó en registrar mi presencia. Era una hora lenta, sólo una mesa del local estaba ocupada y el barista estaba enfrascado en una conversación con otro cliente, parado en la barra frente a su taza vacía. Tuve que interrumpirlos para ordenar algo y fue como sacarlos de un trance. Sólo entonces el cliente pareció percatarse de que se había terminado su café y se despidió confundido, como quien no da crédito al paso del tiempo.
Evité pedir un americano, pero aun así mi inocencia encontró la forma de conspirar en mi contra y cometí el error de ordenar un latte –después supe que una de las reglas no escritas, pero muy estrictas, del café italiano implica no tomar café con leche pasadas las 11:00 de la mañana–. Afortunadamente me salvé de la mirada acusatoria del barista porque justo entró alguien más y se llevó su atención con un saludo. Mientras bebía mi inoportuno latte, el nuevo cliente pidió un más apropiado espresso y se lo tomó en dos tiempos, sin dejar de comentar con su interlocutor algo que sonaba como de la más extrema importancia. Cuando me marché, ambos seguían sumidos en su plática sin fijarse en la taza, que llevaba vacía un buen rato.
Vestir mejor
Soy un neófito absoluto en todo lo referente a la alta costura. Sin embargo, debo de estar vistiendo el antepenúltimo grito de la moda –o, al menos, un susurro muy leve–. Eso se hizo muy evidente en las calles de Italia, donde parece que todos, desde los niños hasta los viejos, visten mejor que uno. Quizá esa sea otra buena forma de distinguir a los turistas, además del café americano.
En mi defensa, estas personas tienen todo a su disposición para hacerlo. Hasta yo sé que los mejores diseñadores de la historia han sido italianos. En el centro de Roma, por ejemplo, se puede encontrar una de las concentraciones más grandes de buen gusto que haya visto nunca. Via Condotti, la calle que comienza en la famosa Piazza di Spagna, tiene boutiques de diseñadores y firmas como Valentino, Prada, Ferragamo, Fendi o Hermès, entre muchas (muchas) otras.

Ha sido uno de los grandes centros de la moda mundial desde que Bvlgari abrió ahí su primer taller romano, hace más de cien años. El número 10 de Via Condotti se convirtió en la tienda insignia de la joyería y empezó a conquistar Italia, particularmente en la década de los cincuenta, cuando vistió con sus creaciones a algunas de las celebridades más grandes de la época dorada del cine italiano, precisamente durante la cúspide de la dolce vita.
La boutique de Bvlgari aún es el núcleo de la Via Condotti, que mantiene su esencia predominantemente italiana a pesar de los retos de un mundo globalizado. En los ochenta, cuando se anunció que McDonald’s aterrizaría en Roma con una primera sucursal en la Piazza di Spagna, justo al final de la calle de la moda, unos aguerridos diseñadores, entre los que se contaba nada más que Valentino Garavani, fueron los primeros en protestar. El esfuerzo fue en vano, el restaurante abrió y hasta la fecha sigue ahí. Sin embargo, las boutiques locales siguen predominando en Via Condotti y han expandido su impulso a calles vecinas, como del Corso, Frattina y del Babuino.
También es justo decir que los italianos tienen mucho de su propio mérito para vestir mejor. Procuran verse bien y, quizá aún más importante, saben cómo hacerlo. En lugar de recurrir a las marcas internacionales de fast fashion –que, por supuesto, ya llegaron a Roma, pero en general son procuradas más que nada por foráneos–, los locales recurren a algunas marcas romanas de toda la vida, como Grilli, una longeva zapatería de Via del Corso, o Battistoni, una boutique privada que, mediante cita, fabrica ropa de hombre a la medida desde 1946.
Los tarjetahabientes Centurion de American Express tienen acceso a personal shopping guides en destinos como Roma. Estos recorridos pasan por los mejores spots de compras en la ciudad, acompañados de guías expertos que no sólo tienen recomendaciones precisas, sino que aportan datos históricos y culturales.
Buenas historias
Roma es un caos. Cuando aterricé en la ciudad en este segundo viaje, fue todo un reto llegar hasta mi hotel porque una gran manifestación había paralizado las principales arterias viales y transformó un trayecto que normalmente hubiera tomado no más de 20 minutos en uno que duró casi hora y media. El chofer no parecía demasiado sorprendido y tampoco me supo decir si los manifestantes eran transportistas en paro, maestros o grupos pro Palestina. “Tratándose de Roma –me dijo–, podrían ser los tres al mismo tiempo”.
Luego nos olvidamos de que así se tiene que ver una ciudad. No como esos simulacros de perfección, orden, limpieza y altos rascacielos que se han convertido en el ideal moderno. El desorden urbano sólo es un efecto natural de la vida en cualquier ciudad vigorosa. En todo caso, y en una mediad razonable, debería ser un indicio positivo. Si fuera así, Roma estaría en el primer lugar de cualquier lista de los mejores destinos del mundo.
No es que ahora no lo esté, pero la crítica común sobre la suciedad, el caos y la decadencia general la demeritan injustamente. A pesar de todas esas cosas –me atrevería a decir que justamente por esas razones–, Roma todavía es una ciudad entrañable a la que hay que volver cuantas veces sea posible. Ningún otro destino en el mundo se conserva tan bien a pesar del tiempo, precisamente porque, al contrario de cualquier otra ciudad, Roma no busca ocultar el paso evidente de este, sino que prácticamente lo glorifica.

La gente ha vivido aquí desde el año 753 a.C. y en todos esos siglos la ciudad no ha parado de crecer. Ha amansado récords, como el de reunir más iglesias que cualquier otro lugar en el mundo, al igual que más embajadas. Y, sobre todo, se ha hecho de una historia fascinante. Una de las guías con las que coincidí en este viaje dijo que Roma era como una lasaña, que a lo largo de los siglos se ha ido edificando por capas, modernizándose, pero dejando el pasado enterrado debajo de las nuevas estructuras. Justo por eso ha sido difícil construir un sistema de metro con las proporciones de otras ciudades europeas. En la capital italiana se han tenido que conformar con apenas tres líneas, porque muchos de los intentos por expandir la red se han ido topando con intocables ruinas romanas durante las excavaciones.
Literalmente hay ciudades enteras que descansan debajo de sitios romanos tan icónicos como la Fontana di Trevi. Enterrada nueve metros bajo la famosa fuente hay toda una zona arqueológica con vestigios que se remontan al siglo VII. Relativamente desconocida por la mayoría de los visitantes que se amansan en la superficie para recrear la fantasía fellinesca, este es uno de los secretos mejor guardados de Roma, pues está abierto al público, pero hay que saber bien por dónde llegar. Las ruinas se conocen como Vicus Caparius y fueron descubiertas apenas en la década de los ochenta, durante las obras de expansión del extinto Cine Trevi. El edificio ahora es un hotel, apenas a unos metros de la Fontana, que también funciona como entrada a las ruinas subterráneas.
Este tipo de encuentros cotidianos entre el pasado y el presente son más que comunes en Roma y el resto de Italia. Los residentes del centro de la ciudad tienen que limitar al máximo cualquier obra en sus propios hogares, debido a las estrictas normas de conservación del gobierno local. Pero, gracias a esas medidas, la zona es considerada patrimonio cultural por la unesco y resguarda auténticos testimonios históricos, como el Palazzo Salviati Cesi Mellini, que ahora se ha transformado en el recién inaugurado Six Senses.
Aunque es uno de los hoteles más novedosos de la ciudad, Six Senses Roma conserva casi intacto un legado de más de seis siglos, gracias a una extraordinaria labor de restauración y el trabajo de la diseñadora española Patricia Urquiola, quien supo combinar el estilo rococó del edificio histórico con un interiorismo actual y urbano. La fachada del siglo XV permanece intacta y no previene a los huéspedes sobre lo que los espera dentro: un diseño sobrio, rodeado de espacios verdes y donde predominan materiales locales como el travertino. No es casualidad que el hotel se haya convertido en un hot spot, incluso para los propios romanos, que lo frecuentan para un trago por la noche, un café por la mañana e incluso una rebanada de su famosa pizza, que ya se ha hecho un lugar entre las favoritas de la ciudad.
Dormir bien
Desde luego que la master class de diseño de Patricia Urquiola se extiende a las habitaciones del Six Senses. Aunque el verdadero logro en esta parte del hotel fue haber creado las condiciones necesarias para dejar atrás el ritmo, los sonidos y la vida entera de una ciudad como Roma. Tan pronto como subes por los elevadores, el sonido de los autos, las conversaciones y la música se apagan, como preámbulo para una de las mejores noches de sueño que cualquier huésped tendrá en su vida.
Todas las habitaciones están específicamente dispuestas para dormir mejor. No sólo como si fueran un búnker contra el ruido –que ya es mucho decir, tomando en cuenta que el hotel está justo en el centro de una ciudad frenética–, también con cortinas que evitan la entrada de cualquier tipo de luz y sumergen el cuarto en una oscuridad total, además de camas y almohadas súper cómodas. En el hotel incluso hay un “doctor del sueño”, que les ayuda a los huéspedes interesados con un programa de monitoreo, evaluación y tratamientos para eliminar el insomnio y las malas noches.

En realidad, en este viaje el buen sueño empezó desde el avión, en la cabina business del 787-8 de Aeroméxico que vuela sin escalas desde Ciudad de México hasta el aeropuerto Fiumicino de Roma. Los asientos son espaciosos y completamente reclinables, de manera que se transforman en una especie de cama en la que los viajeros pueden dormir durante las casi 12 horas que dura el vuelo.
Pero una vez en tierra, me di cuenta de que el bienestar parece ser una nueva e inesperada faceta de Roma. Una ciudad conocida por sus lujos y estilo de vida desenfrenado ahora se ha convertido en un lugar donde los viajeros pueden relajarse y desconectarse. La última transformación de la dolce vita incluso pasa por los hoteles de mayor tradición de la ciudad, como el legendario Hassler, que de hecho fue la residencia romana de Audrey Hepburn durante la filmación de Roman Holiday.
Se trata de una institución de la dolce vita que mantiene todo el encanto clásico, con las mejores vistas de Roma, desde una ubicación inmejorable, justo arriba de las escleras de la Piazza di Spagna. Las suites tamaño departamento, cargadas de decoración, buen gusto y detalles de mármol y caoba, aún son un testimonio de la época dorada que la ciudad vivió a mediados del siglo XX. El piano bar del lobby no se queda atrás: un salón alfombrado, lleno de estatuas y luces tenues que todas las noches es animado por el amplio repertorio de unos pianistas que pueden complacer incluso a los huéspedes mexicanos que pidan algo de José José o Armando Manzanero. Hasta un hotel con la historia del Hassler se ha reinventado para ofrecer un programa de bienestar a sus huéspedes, empezando por Amorvero, el spa de la propiedad.
El recién inaugurado Bvlgari Hotel también les ofrece a los viajeros un refugio de tranquilidad y relajación en la capital italiana. Su spa se inspira en la antigua tradición de los baños romanos. Se encuentra en los pisos inferiores de la propiedad y tiene una de las albercas más espectaculares de la ciudad, decorada con azulejos de cristal de Murano y unas columnas de mármol que emergen del agua. Ese esfuerzo artesanal marca la pauta y recorre el resto del hotel, no sólo en el diseño de las 110 habitaciones, incluyendo los 300 metros cuadrados de la Bvlgari Suite, también en el menú de bares y restaurantes que surgen de colaboraciones con talentos como el chef Niko Romito.
Despertar mejor
La dolce vita pasa por la Toscana. El lujo, la calma y la desconexión que en otras regiones de Italia buscan los agobiados aquí ocurren naturalmente. Son la norma en la campiña, donde el estilo de vida tranquilo de la cultura local y el paisaje boscoso han atraído a millonarios del resto de Italia y otras partes del mundo para construir enormes propiedades y vivir un poco del sueño en esta región. Es el caso de Ferruccio Ferragamo, segunda generación del imperio textil formado por su padre Salvatore, quien, mientras cazaba en los bosques entre Siena y Florencia, encontró un pintoresco pueblo abandonado y lo compró entero para vivir ahí y después convertirlo en un hotel.
Durante más de mil años, Il Borro fue una comunidad toscana como cualquier otra. Un pueblo pequeño de pocas decenas de casas, donde todos los vecinos se conocían por su nombre y tenían un papel específico y fundamental para el funcionamiento de la vida colectiva: doctor, carpintero, poeta. La vida siguió así hasta mediados del siglo XX, cuando la falta de oportunidades en el campo y la migración hacia grandes ciudades comenzaron a vaciar el pueblo poco a poco. Sin sus habitantes, las calles y los edificios se congelaron en el tiempo, en una fotografía perfecta de la Toscana.
Despertar en el Il Borro es como hacerlo en plena Edad Media. El rumbo de los caminos empedrados se ha formado con el bosque alrededor y las antiguas casas se han mantenido intactas para alojar a los huéspedes del hotel. De hecho, en lugar de identificar las habitaciones por número, reciben el nombre del oficio que desempeñaban sus antiguos residentes. Yo, por ejemplo, me quedé en la Casa de la Maestra, que en su versión renovada tiene todos los lujos de un hotel de cinco estrellas.

La propiedad se extiende por más de mil hectáreas, de las que la aldea medieval en realidad ocupa sólo una parte muy pequeña. Incluso hay una flota de carritos de golf disponibles para los huéspedes que quieran moverse a otras partes, pero no puedo negar que mantengo algunas costumbres de mis primeros viajes, como las infatigables caminatas, y preferí conocerlo todo a pie. El esfuerzo tiene su recompensa en los recorridos de las primeras horas del día, cuando la neblina se asienta sobre el bosque, y al regresar a la habitación por la noche, cuando salen las estrellas sin la obstrucción de ningún tipo de luz artificial.
Además del antiguo pueblo, el resto de la propiedad se completa con restaurantes –incluyendo uno reconocido por la Guía Michelin–, albercas, campos hípicos, viñedos, huertos y otras villas históricas, como una mansión del siglo XIX que está disponible para recibir hasta 20 huéspedes en 10 habitaciones decoradas con el clásico estilo toscano.
Buenos artigianis
El mapa italiano presenta muchas formas de disposición. Algunas tienen validez política, como las demarcaciones administrativas que aparecen en cualquier mapamundi. Otras se deben a consideraciones culturales, como las regiones históricas y la eterna división norte-sur, que se remontan a mucho antes de que todo esto fuera un país. Pero también es posible trazar un mapa artesanal de Italia, y seguramente tienen más sentido que cualquiera de los anteriores.
Quien recorra estos pueblos y ciudades rápidamente se dará cuenta de que cada uno tiene su producto insignia, desde regiones marcadas por su queso, por un tipo de uva, por algún mineral o vidrio de precios exorbitantes. Son tradiciones afincadas en el tiempo y la reiteración de varias generaciones, pero también en el perfeccionamiento y la apreciación artesanal que les dan su valor. Los artigianis o artesanos siempre han tenido un lugar preponderante en las sociedades italianas y precisamente eso ha provocado la excelencia.
Por siglos, los artesanos toscanos han adquirido una fama particular por oficios tan diversos como la fabricación de productos de piel o papel, desde luego por su vino y, sobre todo, por sus codiciadas trufas. No es una labor sencilla, la trufa sólo se da en condiciones muy específicas, que combinan una medida exacta de sol, agua y un suelo cargado de los minerales precisos. Es prácticamente imposible cultivarlas y tampoco suelen encontrarse por coincidencia. Hace falta alguien experto, como Paolo, quien pertenece a la quinta generación de su familia dedicada a la caza de trufas en esta región.

Por años ha criado una impresionante camada de lagottos, unos perros peludos y de trompa larga, precisamente la fisonomía ideal para escarbar en la tierra. Paolo se encarga de entrenar su olfato para que puedan encontrar trufas. Desde que son cachorros los somete a experimentos casi pavlovianos y que provocan en ellos una dependencia al olor del hongo, como impregnar a la madre de la camada con aceite de trufa. Así, sus perros localizan y desentierran el preciado tesoro, que puede llegar a valuarse hasta en 3,000 euros por kilo. “Mis perros sólo tienen olfato para dos cosas –dice Paolo–, para mí y para las trufas”.
Comer mejor
Probablemente no hay un ejemplo que refleje mejor la excelencia artesanal italiana que la gastronomía. La buena comida abunda en las calles de ciudades como Florencia. No hay que esforzarse demasiado para encontrar opciones buenas y auténticas, aun en un lugar como este, que a lo largo del tiempo se ha ido moldeando según la complacencia de turistas. Hay que salir de los circuitos habituales y caminar un poco, eso sí.
Aunque la ciudad está llena de opciones con estrellas Michelin y reputación internacional, el Mercado Central de Florencia quizá sea el mejor lugar para comer y llevarse un souvenir gastronómico. Está conformado por varios locales donde se consiguen delicadezas locales, como pasta fresca, vino, queso y, desde luego, trufa en todas sus presentaciones, a un precio más que justo. Pero también hay algunos puestos de comida, por ejemplo el clásico Da Nerbone, que ha servido recetas toscanas clásicas, como el lampredotto, desde 1872.
Entre puestos de pescado y carnicerías, quizá no se compara con los lugares más sofisticados de Florencia, como el Caffè dell’Oro del hotel Portrait o el 701 Rooftop Bar, pero son los sitios que conservan la esencia italiana, lo cual, como bien me dijo Federico Caligaris, director de ventas de Il Borro, “no tiene que ser perfecto, porque es italiano”.
