mayo 2, 2017
Côte d’Azur: la más azul de todas
Redacción Travesías

Nada se compara a aterrizar en el aeropuerto de Niza al atardecer, con los Alpes de un lado y el azul del mar del otro. Bienvenidos a la costa más hermosa del Mediterráneo.

El punto de partida suele ser Niza, la ciudad más grande de la región y la que tiene el aeropuerto que conecta a esta famosa zona costera con el resto de Europa. Pero todo esta cerca en esta costa que se extiende desde Saint Tropez hasta Mónaco, casi llegando a la frontera con Italia. Moverse de un punto a otro toma poco tiempo (ya sea por tren, en coche o incluso en helicóptero).

Cannes es una de sus localidades celebres, en parte por el festival de cine que se celebra en mayo, en parte por sus lujosos hoteles como el Carlton, el Majestic y el Martinez, que miran hacia la hermosa playa de La Croisette pero Cannes no es un destino exclusivamente cinematográfico, de hecho, visitarlo fuera de temporada, durante la primavera, el otoño o incluso el invierno (aquí casi nunca hace frío y el invierno casi no se siente) es una gran alternativa pues los precios son más accesibles y el ritmo de la ciudad es más relajado.

A la hora de comer, lo mejor es alejarse de la playa y adentrarse por la Rue de Antibes al centro de la ciudad. En los callejones, arriba del viejo puerto, se esconden animados restaurantes y bares que cobran vida por las noches pero nada supera a Astoux et Brun, donde las ostras son fresquísimas, el Muscadet siempre esta frío y el ambiente es animado y bullicioso.

La excursión imperdible en la zona es subir a Saint Paul de Vence, un hermoso pueblo medieval que se esconde en las colinas, justo arriba de Cagnes-sur-Mer. Se puede ir en tren y luego subir en autobús, disfrutando el paisaje. Ya arriba primero hay que recorrer el pueblo, que se hizo famoso por ser refugio de grandes artistas, desde el pintor Marc Chagall hasta el cantante Yves Montand. Se puede comer ahí mismo, en una terraza, mientras en la plaza de enfrente los locales juegan petanque.

Después hay que dirigirse a la Fundación Maeght, una de las colecciones de arte moderno más importantes de Europa. Ya el edificio, obra del arquitecto Josep Lluís Sert, vale la pena por sí solo, con sus bóbedas y sus paredes de ladrillos. Los jardines exteriores muestran esculturas de grandes maestros como Miró y Calder mientras que en el interior los visitantes encontrarán piezas de Braque, Matisse, Kandinsky o Lèger. Por si fuera poco, ofrecen exposiciones temporales, como la de Eduardo Arroyo o la de Penck, que se extenderán hasta otoño de este año. Pero eso no es todo, antes de volver a la costa hay que asomarse también a la Chapelle du Rosaire, una pequeña capillita que en su interior guarda unos espectaculares vitrales de Matisse.

Pero como no todo puede ser contemplación ni buen comer, hay que guardar tiempo para asomarse a Grasse, literalmente, la capital mundial de la perfumería. Muchas de las más famosas narices del mundo se han entrenado aquí, y los viajeros pueden hacerlo lo mismo visitando alguna de las famosas casas de perfumería, como Molinard, en donde se ofrecen recorridos guiados y talleres de perfumería para poder crear una fragancia propia.

No es todo lo que hay que ver en la Riviera Francesa. Habría que asomarse a Antibes, o recorrer Mónaco y Niza pero por eso, siempre hay que aprovechar la oportunidad de volver a esta zona, no por nada, tantos viajeros lo hacen cada año.

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