enero 8, 2018
48 horas en Kansai
María Pellicer

Si visitasTokio y crees que no hay tiempo para conocer Kioto y Osaka, te equivocas. Dos días son más que suficientes.

 

Día 1

Hay que salir de Tokio temprano pero no demasiado; es mejor evitar el rush hour. Pasadas las nueve, la mayoría de los japoneses ya está en su trabajo y los viajeros pueden recorrer en paz los pasillos de la estación central. Hay que llegar con tiempo por dos razones: la primera es obvia, la puntualidad japonesa no perdona. La segunda es quizá más desconocida: en Japón es de muy mala educación hablar o hacer ruido en los trenes, pero en cambio esta bien visto (y es casi una tradición), comer durante el trayecto. La estación del tren está llena de boutiques que ofrecen cientos de bentos, cajitas que en su interior esconden un almuerzo preparado. Una vez equipados hay que esperar al tren, que no solamente llegará a tiempo, sino que saldrá de la plataforma en el minuto exacto que está marcado en el billete. Parece casi un acto de magia.

Tres horas y cuarenta minutos separan a Tokio de Osaka, la tercera ciudad de Japón e importante centro financiero y de negocios. De hecho, una de las paradas obligadas para los amantes de la arquitectura es el Umeda Sky Building, dos gigantescas torres de vidrio conectadas por unos puentes y unas escaleras en el centro. La obra de Hiroshi Hara no es especialmente bonita pero representa muy bien una escuela arquitectónica japonesa que le dio continuidad al movimiento metabólico que encabezó Kenzo Tange.

Después de visitar el castillo y de caminar por el centro de la ciudad sí o sí hay que hacer una escala para probar los takoyaki, una especie de croqueta de pulpo que puede comerse desde en un puesto callejero hasta en un restaurante.

En la noche, y antes de disfrutar de las amplísimas habitaciones con vistas de la ciudad del Ritz-Carlton (que además acaba de renovar todas sus habitaciones con motivo de su 20 aniversario) hay que apuntarse a una cena en Hanagatami, el restaurante japonés del chef Nobukazu Yoshida y donde, hasta el 15 de diciembre de 2017, se ofrece un menú Kappo, un estilo de cocina local muy refinado con una tradición de más de 100 años.

Día 2

Para la segunda jordana habrá que ir de nuevo a la estación del tren y dirigirse a Kioto, que se encuentra a poco más de una hora. Habrá que repetir el ritual y subirse al tren con un bento (o probar un delicioso sándwich japonés, que se ven hermosos y saben igual de bien).

Kioto es una ciudad con tantas cosas para ver que lo más probable es que ni siquiera un mes alcanzara para conocer sus “miles” de templos. Por eso, una buena estrategia es entender que uno no puede abarcarlo todo y hacer una ruta inteligente para ver la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo. Para dormir, lo mejor es instalarse en el Ritz-carlton Kioto, súper ubicado a un costado del río y muy cerca de Gion, Pontocho y el mercado Nishiki pero no solo eso. El hotel combina con mucha delicadeza un diseño moderno pero profundamente japonés que le da un indiscutible sense of place.

Fushimi Inari Taisha podría ser una buena manera de empezar el recorrido. El templo, que siempre esta a reventar de fieles y viajeros, ofrece una de las visiones más hermosas, con sus cientos de toris rojos (puertas o arcos que marcan la entrada a un sitio sagrado). Con el paso de los años, los fieles han ido donando estas puertas y así se creó este hermoso laberinto que se pierde en lo alto de la montaña. Solamente los que tienen tiempo y buena condición llegan al final.

Una segunda parad podría ser el templo dorado, posiblemente una de las imágenes más icónicas de la ciudad y el país pero una alternativa menos frecuentada (seguramente porque no se permiten las fotos en el interior y eso a limitado su difusión) es el templo budista de Sanjūsangen-dō donde se encuentra la estatua de Kannon y las mil replicas de la misma. Justo enfrente, el Museo Nacional de Kyoto guarda una importante colección de arte japonés y asiático. El ala más reciente, obra de Yoshio Taniguchi, dejara perplejos a los amantes de la arquitectura.

Para no quedarse con las ganas hay que anotarse a la experiencia kimono que ofrece el Ritz-Carlton a sus huéspedes, finalmente, ¿cuándo más y cómo podría uno enfundarse en uno? Toma por lo menos una hora y hay que entregarse a las manos de los expertos que saben cómo doblar, ajustar y envolver. Ya en carácter, será hora de bajar a cenar a Mizuki, cuya filosofía es “Go-mi, Go-Shoku, Go-ho” es decir, cinco sabores, cinco colores y cinco estilos de cocina y ordenar el menú kaiseki para disfrutar de todo el sabor y la belleza de cada plato.

De vuelta

Antes de tomar el tren de regreso, vale la pena madrugar y apuntarse al tour en bicicleta que se organiza todas las mañanas en el hotel. Kioto es una ciudad ideal para recorrer en bici y durante el recorrido se pueden visitar todavía un par de templos más antes de dirigirse a la estación y emprender el camino de vuelta a Tokio.

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