junio 1, 2017
Viaje por la España secreta
Debbie Pappyn

Un recorrido de Aragón a Extremadura para descubrir lugares perfectos para los aficionados a los viajes lentos e intensos.

Comenzamos esta larga travesía española arriba en las montañas, lejos del calor abrasador de las atestadas costas. Andorra (al norte de España) es el ave rara de la Unión Europea: pequeña, algo extraña y libre de impuestos. La mayoría de los viajeros vienen a Andorra en los meses de invierno para esquiar, otros para comprar cigarros, alcohol y otros regalitos del duty free. Nosotros estamos aquí principalmente para evitar las saturadas carreteras de la costa, tanto en la parte española como en la francesa, donde se avanza a vuelta de rueda durante los meses de verano. En el fresco aire de la montaña también podemos cargar gasolina por mucho menos   dinero y hospedarnos en el adorable hotel Grau Roig, una joya escondida en medio de Andorra. Su dueña española, Eva de Aurora, tuvo una visión clara: transformar el clásico hotel que alguna vez perteneció a sus padres en un alojamiento más moderno por arriba de los dos mil metros de altura, justo al lado de las laderas de esquí. Ahora no se ve nada de nieve, sólo vacas pastando junto al hotel y uno que otro huésped aventurándose a excursionar en el verde escenario andorrano. El hotel Grau Roig solía ser el típico hotel de montaña, pero ahora es un sitio nuevo, original. Casi todas las habitaciones fueron transformadas en acogedores nidos de madera con un diseño inteligente y atemporal y materiales de alta calidad (televisiones B&O y muebles contemporáneos de diseñadores españoles). El desayuno es un asunto saludable y montañoso: un festín de jamones pata negra, chorizos y quesos locales, toneladas de platillos sabrosos y calientes seguidos de panes y dulces hechos en casa para culminar. El Grau Roig también tiene un spa y una pequeña alberca, un restaurante bueno y una agradable terraza para disfrutar el maravilloso sol de la montaña. Pregunto de nuevo: ¿por qué alguien preferiría quedar atrapado en el tráfico de la costa si es posible relajarse en uno de los países más pequeños y estrafalarios del mundo?

Aragón

Hoteles españoles con estilo, del diseño al clásico chic
¿Listos para el viaje de Andorra a Aragón? Prepárense para casi 300 kilómetros a través del fantástico interior de España, lejos de la costa y el ajetreo de la temporada alta. El primer tramo de la bella carretera N-211, justo después de la ciudad de Lleida, pasa por los huertos del país: no se ve nada sino árboles frutales a ambos lados del camino (hay que detenerse con alguno de los agricultores a comprar un kilo de duraznos, perfecto para botanear en el coche). Pasamos el pintoresco pueblo de Mequinenza donde los ríos Ebro y Segre fluyen juntos y donde se construye un enorme dique. La carretera por la que vamos va a través de un paisaje tranquilo y casi lunar, sin muchos poblados o casas. El escenario cambia constantemente de apariencia y de carácter. Desde Alcañiz, regresamos al mundo y nos dirigimos hacia Monroyo, donde se localiza nuestra primera parada: el hotel Consolación, con vista a las verdes colinas de Aragón. Justo pasando una fábrica donde el jamón ibérico se seca lentamente, giramos para hallar, escondido entre el bosque, este pequeño design hotel, bien resguardado detrás de una pequeña capilla restaurada. El hotel Consolación ha sido muy elogiado por su particular arquitectura moderna que resalta en medio de la naturaleza salvaje de Aragón. Nos acostamos no en habitaciones ordinarias, sino en cubos individuales, todos con vistas naturales. En el cubo hay una estufa de leña para las noches más frías (incluso puede llegar a nevar en invierno), una cama tipo futón con vista al paisaje gracias a los altos ventanales y una bañera construida dentro del suelo. El hotel está lleno de huéspedes hip entre los treinta y tantos y los cuarenta y tantos, a los que claramente no les gustan los hospedajes más tradicionales y clásicos. Algunos están relajándose junto a la alberca, leyendo un libro, mientras beben una botella de vino en la terraza, disfrutando especialmente el hecho de que Aragón es una  región tranquila en donde no da la más mínima culpa no hacer nada.

Clásico chic
Es un hecho interesante, y no tan conocido, que el área alrededor de la capital de Teruel es bastante reconocida por el famoso jamón español.No es el legendario “jamón de bellota” (de puerco alimentado con este fruto), pero sí un producto con denominación de origen, lo que asegura que se trata de uno de los mejores de España. En la plaza de Monroyo hay un modesto bar en donde hay que pedir un sencillo pero exquisito “bocadillo de jamón”. A cambio de poco dinero se recibe un sándwich con el más auténtico jamón ibérico. Tanto en el hotel Consolación como en nuestra segunda parada, el hotel Torre del Visco, la selección de jamones para el desayuno es fuera de este mundo. En el segundo hotel, el álter ego más clásico pero también más sexy del Consolación, impregnado de diseño, incluso nos toca una amigable mujer que corta constantemente rebanadas de jamón fresco para nosotros. Increíble para acompañar el pan tumaca y el queso fresco y buena competencia de la fuerte sobrasada (embutido untable típico de Mallorca) que se encuentra sobre la mesa comunal donde todos los huéspedes desayunan junto a la cocina abierta. El hotel Torre del Visco es un sitio remoto por lo que hay que esforzarse un poco para encontrarlo. Un camino serpenteante de cinco kilómetros y medio conduce de la carretera principal hasta un lugar lejos de todo y de todos. La antigua torre que data del siglo xv aún se encuentra ahí, incluso tiene una habitación dentro y en los demás edificios se esconden más suites, rincones acogedores con chimeneas y un hermoso restaurante. La decoración es clásica; la atmósfera relajada. Por la noche, la inventiva cena se sirve en la terraza con vista a las 89 hectáreas privadas con el río Tastavins a la distancia. Es evidente por qué vienen tantos huéspedes hasta aquí: muchos barceloneses (los separan apenas 220 km) reservan una habitación para pasar un fin de semana, para no hacer nada y descansar en el enorme jardín lleno de romeros y olivos. Después de dos noches en Aragón, es obvio también porque todos los amantes del slow travel deberían pasar por esta parte del mundo: hoteles asombrosos, el fabuloso jamón de Teruel y la carretera N-211, una delicia para quienes viajan en auto.

A través de La Mancha
La mañana siguiente viajamos como Don Quijote a través de La Mancha, sin pelear contra los molinos de viento, pero sí resistiéndonos al deseo constante de detenernos en cualquier parte. El trayecto va hacia Granada, vía La Mancha, en una carretera vacía, sin más turistas a la vista. La Mancha es la región vinícola más grande de España, del mundo entero para ser precisos. Avanzamos un par de horas hacia el sur, entre viñedos, donde las uvas tempranillo se regocijan bajo el sol brillante. Como debe ser durante cualquier viaje por carretera, viramos en alguna parte para cargar gasolina en un poblado bastante ordinario. Un verdadero viajero nunca debe detenerse en la carretera, siempre hay que hacerlo en un poblado y explorar el área. En San Clemente, justo frente a la carretera A-43, al lado de una gasolinera, nos topamos con uno de los mejores restaurantes que descubrimos en este largo viaje. Casa Campos está lleno de lugareños amistosos que disfrutan de grandes cantidades del vino local (la cooperativa vinícola de esta región se localiza junto al restaurante) y buena comida en una tarde floja de sábado. Rara vez ven a un turista aquí, según nos dice el amable mesero cuando nos recita las opciones del económico plato del día. Un aperitivo, un platillo principal, postre, café, agua y vino por 10 euros. La decoración del sencillo restaurante Casa Campos es justo lo que más nos gusta. Una barra larga típica, paneles de madera en las paredes con fotografías de los viejos tiempos (escenas con molinos de viento, pizcadores de uva, paisajes interminables y los encantadores pueblos de esta región de Cuenca). Por un precio módico, nos devoramos un delicioso plato del día que nos dio suficiente energía para continuar el largo trayecto hasta Andalucía.

La Mancha

Raíces holandesas
Finalmente, entramos al patio trasero de Andalucía, muy lejos de la costa, lo suficientemente cerca de Granada para visitar la ciudad si queremos, pero a una buena distancia que nos permite disfrutar de la calma andaluza. Nuestro hospedaje favorito es el remoto Cortijo del Marqués. Un viejo cortijo adquirido y restaurado en 2010 por los Roth-Bruggers, una pareja austriaco-holandesa. Luego de un viaje por Hong Kong, Londres y Madrid, este elegante dúo decidió abandonar sus puestos de alto perfil en el mundo de la banca para vivir aquí con toda su familia. Ahora administran este tesoro de cortijo con 13 habitaciones diferentes

asentadas en una inmensa granja con una capilla. Se puede pasar la noche aquí con desayuno para dos por 110 euros, lo que es una ganga si se toma en cuenta la fantástica ubicación, oculta entre mares interminables de olivos, y el nivel de hospedaje y servicio. Silvia, la señora de la casa, siempre está presente y lista para ayudar a sus huéspedes. A uno de sus clientes le consigue una vespa para ir hasta Granada, cinco minutos después está arreglando una suite para hacerla más romántica, pues una pareja viene de luna de miel… nada es suficiente. Me muestra sus habitaciones más bellas: El Mirador, con una vista completa de los infinitos olivares; y La Terraza, con una enorme terraza que da a uno de los patios interiores del cortijo. En los viejos tiempos, en el siglo xix, más de 30 familias de agricultores vivían juntas aquí, y el cortijo era una especie de pequeño poblado con sus propios servicios. Ahora son principalmente viajeros internacionales los que vienen a relajarse junto a la pequeña pero encantadora piscina, a refugiarse en los rincones blancos y a la sombra de los limoneros. “Nos toca conocer a gente muy interesante, de diferentes orígenes y países”, sonríe Silvia. “Quizá nuestra vida cosmopolita se haya terminado, pero ahora el mundo viene aquí a relajarse y tomarse unas vacaciones como debe ser”.

El verdadero sur
Andalucía es vasta y diversa. Hay cordilleras de montañas y trechos de costa interminables. Puntos neurálgicos como Málaga, Marbella y los famosos pueblos blancos están totalmente atascados durante la temporada alta del verano. El truco es salirse de esos centros internacionales y encontrar lugares que aún están por debajo del radar. Por ejemplo, el pueblo costero de Chipiona, en la región de Cádiz. Un pueblo costero español con todas las de la ley, pero sin grandes hoteles internacionales y una enorme playa para disfrutar del Atlántico (¡no el Mediterráneo!). Otra pareja que cambió su vida normal por una bajo el sol son Miriam y Jan. Hace unos cuantos años dejaron Bélgica para vivir en el sur de España. Especialmente, Jan no quería vivir en un solitario cortijo lejos de todo, prefería un pueblo con atmósfera, vecinos, tiendas, bares y restaurantes. Chipibeach es su B&B con un puñado de habitaciones en un tranquilo barrio de Chipiona. Renovaron la casona con patio interior y una fantástica terraza en la azotea donde uno puede pasar el rato, leer y desayunar. Jan, como verdadero anfitrión, nos lleva a descubrir el pueblo. En la tarde, la rambla sin autos a lo largo de la playa está llena de gente local que disfruta de una vida sencilla. Amamos el ambiente vibrante que hay aquí, sobre todo en los cafés donde se puede comprar una copa de manzanilla por 70 centavos de euro y pedir fantásticas tapas de mariscos. En el pueblo hay algunas bodegas únicas, productoras de manzanilla y moscatel. Una de ellas es la Bodega Cooperativa Católico Agrícola. Una botella de manzanilla cuesta dos euros y comer algo sentado en una de las mesas del gran patio no costará más de siete euros por persona. En las largas mesas de madera vemos a las familias españolas esperando a que los llamen por su nombre para ir a recoger su exquisita carne a la parrilla. En el polvoriento piso hay tierra esparcida, un poco como en un circo y en las paredes encaladas se ven geranios rosas por todas partes. Se escucha flamenco en el sedoso y cálido aire. Éste es el verdadero sur de    España: sencillo, encantador y muy seductor.

Mar y sal
Hace algunos años, descubrimos Sanlúcar de Barrameda, a corta distancia de Chipiona, junto a la boca del río Guadalquivir y justo antes de llegar al Parque Nacional Doñana. Ahora hemos regresado, con una sola misión: comer de nuevo en Casa Bigote, una institución en Sanlúcar e incluso en España. El restaurante se encuentra en Bajo de Guía con vistas al agua. Si hay un poco más de presupuesto y tiempo está el restaurante; si se prefiere algo más casual, la barra de tapas de Casa Bigote. Una típica tarde de martes este bar está lleno de españoles (no extranjeros) que piden una tapa tras otra y se las pasan con botellas de manzanilla (un vino de Jerez que se elabora aquí en la costa con un sabor más salado gracias al aire salino de mar que sella el vino en las barricas). Este establecimiento existe desde 1951 cuando el padre de los dueños actuales, Fernando y Paco Bigote, comenzó el negocio como un simple bar de manzanilla, y ahora es uno de los comedores más famosos del sur. De mar y tierra, este sitio está a sólo un salto del lugar más bello para hospedarse en este rincón de Andalucía: Hacienda San Rafael, anidada entre Jerez y Sevilla. Esta hacienda soñada es propiedad de la carismática familia Reid, que la convirtió en un pequeño refugio envuelto en un mar de buganvilia y rodeado de campos de girasoles y árboles de olivo. El aroma del sur siempre está en el aire, y el encanto de la hacienda elegantemente restaurada por la familia se siente de muchas formas. En las antigüedades, en los interesantes libros, en los artefactos de viajes por el mundo y hasta en la pintura de nuestra habitación, al parecer de los noventa y probablemente donada por el artista luego de haber pasado unas vacaciones inolvidables aquí. Las cómodas casitas en la parte trasera, repartidas en torno a una de las tres albercas, son el escondite perfecto e incluyen un tranquilo desayuno servido bajo su propia pérgola, donde también se puede tomar un aperitivo por la tarde. Quizás una copa de jerez, después de todo estamos tan cerca de la ciudad del mismo nombre.

Todo sobre el jamón
Al día siguiente, conducimos hasta Jerez para reunirnos con Loreto Martín Villar del negocio familiar Montesierra. Loreto es la cuarta generación de productores de jamón y nos lleva a recorrer la compañía. “Cuidado, hay cerdos que no son 100% ibéricos y tienen las patas negras, así que no siempre puedes estar seguro de estar comiendo ‘lo auténtico’”, explica Loreto mientras caminamos por largos corredores en pantuflas plásticas porque el suelo está cubierto de grasa por los jamones que se están secando. El verdadero buen -—y a veces caro— jamón que sólo se hace aquí en España es de cerdos 100% ibéricos —una raza de cerdos— que corren libres durante los últimos meses de sus vidas y se alimentan mayormente de bellotas, de ahí su nombre. La carne de las patas traseras es el jamón, y a las de las delanteras se le llama “paleta”. Debido a que el cerdo ibérico es muy grasoso, a veces se cruza con otros tipos de puercos que son magros y tienen más carne que grasa (sin embargo, el verdadero sabor de la bellota está en la grasa, de manera que hacer esto se considera un pecado grave). Esos cerdos ibéricos libres se encuentran usualmente en las regiones de Extremadura y el Alentejo en Portugal. El pueblo en donde los grandes nombres del negocio de la pata negra tienen una sucursal es Jabugo, a unas dos horas de Sevilla. Quien tenga un buen olfato podrá oler los jamones en proceso de secarse al entrar al pueblo. Edificios blancos y altos albergan cientos de miles de jamones. Jabugo tiene el clima perfecto para secar un jamón pata negra: viento seco, poca humedad, aire limpio. En Montesierra se secan casi 240 mil jamones. Un proceso natural: el jamón se pone primero en algo de sal para extraer la humedad, luego se enjuaga completamente para que no quede nada de sal y se pone a secar por años. Listo.

Dormir en el convento
Al día siguiente, hacemos un corto recorrido hasta una de las áreas más secretas de España. Extremadura es una de esas zonas en España que la mayoría de los viajeros pasan por alto. La región es una joya secreta cerca de la frontera con Portugal y juega a las escondidillas con el impresionante Alentejo. Extremadura es una región tranquila, llena de olivares y árboles de corcho rodeados de dehesa, donde los cerdos ibéricos comen sus bellotas en el otoño (normalmente sólo debe haber un animal por hectárea de tierra para poder usar el sello distintivo de “bellota”). Cruzamos por campos ondulados pasando ocasionalmemte por algún plácido poblado o una ciudad histórica. Nuestro hotel para esta noche es el Convento de la Parra, justo a 20 minutos de Badajoz. En un tranquilo pueblo con tres bares y nada más, un viejo monasterio fue transformado en un pequeño hotel. Cuando se inauguró, el convento recibió mucha atención de la prensa internacional y elogios por parte de revistas porque al fin se había abierto el primer hotel boutique en Extremadura. Paredes encaladas, una diminuta fuente en el patio con mesas de hierro forjado y una pequeña alberca escondida entre los muros del convento. Desde entonces, el bullicio de los medios se ha ido y el convento es un sitio muy tranquilo con muchos huéspedes que vienen a explorar esta región desconocida y usan el convento como base. Descansamos muy bien, ya que al día siguiente empezaremos a trasladarnos en dirección al norte de nuevo, evitando la atareada Madrid, rumbo a Navarra. El círculo de nuestro viaje por la península ibérica está casi cerrado.

Navarra

La magia del viaje
A veces se viaja a un destino cuidadosamente seleccionado y con grandes expectativas, pero resulta ser una decepción. O al revés, se elige algo sin pensarlo mucho y resulta increíble. Un ejemplo es nuestra última parada en España: dos noches en el hotel de diseño hotel Aire de Bardenas en Navarra. Las principales revistas de estilo de vida, diseño y viajes internacionales escribieron que este maravilloso hotel está perdido en el desierto, en la remota e inhóspita Bardenas, un impresionante parque nacional de Navarra. La idea de hospedarse en una habitación en forma de cubo con vista al desierto en alguna parte de la desconocida Navarra nos parecía excelente. El Parque Nacional de Bardenas de hecho no está lejos, pero el hotel dista mucho de estar en el desierto. A un lado vemos un granjero con un ruidoso tractor; en el otro, el pueblo de Tudela, la carretera principal es aún visible y hay una serie de molinos de viento en la montaña. Qué mal, adiós a nuestras expectativas, pero así son los viajes. Por suerte, la gran sorpresa llega cuando nos subimos al coche para comer algo en la cercana y sencilla Arguedas. Nada especial, si no fuera porque casi la población entera está vestida de blanco y rojo, y las calles todas cercadas. Unas agradables chicas enfundadas en skinny jeans blancos y camisetas rojas nos cuentan que se llevan a cabo las Fiestas de San Esteban de Arguedas, que duran toda la semana e incluyen varias festividades. Se realizan procesiones, lanzan vino en las calles, se hacen cenas comunales en la plaza con música y se torean vaquillas, conduciendo a los animales por las calles del pueblo en una improvisada arena construida especialmente para la ocasión. No es una sangrienta corrida de toros, pero algo similar: los hombres dentro de la arena tratan de ponerle un aro en los cuernos al animal sin salir heridos. El festival atrae españoles de todas partes. La gente local, todos en blanco y rojo, incluso nos invitan al balcón de una casa para que podamos tomar buenas fotos de las fiestas. Nos tomamos una Estrella fría, o dos, platicamos, nos reímos y disfrutamos la tarde. Brindamos por nuestros nuevos amigos y por nuestro viaje de 2 500 kilómetros que ya termina. ¡Salud!, fue muy bueno, perfecto, y sin duda volveremos a la mágica España.

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