junio 14, 2017
La Catedral Metropolitana desde abajo (y hasta el cielo)
Redacción Travesías

Desde sus fachadas hasta sus entrañas, un recorrido por uno de los edificios más importantes del país.

Los socios de Club Travesías conocieron, de la mano de la investigadora e historiadora del arte Nuria Salazar, los rincones secretos de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, así como los más espectaculares.

La importancia nacional de este edificio es innegable, no sólo por lo que representa en términos religiosos, sino también porque es una muestra de los muchos estilos arquitectónicos que conviven en los edificios de nuestra ciudad y que cuentan su historia.

La cita fue en el número 8 de la calle República de Guatemala. Nuria y los 20 socios de Club Travesías estaban listos —y visiblemente emocionados— para la experiencia histórica y artística que los esperaba en las entrañas del edificio.

El recorrido comenzó en los cimientos de la catedral, en el Sagrario Metropolitano: hay que bajar unos cinco metros para llegar a los vestigios prehispánicos descubiertos durante las acciones de rescate de la catedral: se trata de un muro perteneciente al templo del sol, y del glifo Chalchíhuitl, lápida que representa a Tonatiuh, dios del sol.

De regreso a la superficie, Nuria llevó a los socios a conocer las cuatro fachadas de la catedral y las siete puertas. Todas reflejan un estilo arquitectónico distinto: barroco, gótico y hasta de abstracción constructiva: sí, la catedral —cuya construcción tomó casi tres siglos — ostenta el trabajo hasta de Mathias Goeritz.

Nuria contó detalles de las capillas, los altares, la sacristía y el coro. Sentados los socios a las faldas del Órgano del Evangelio, nuestra experta hizo una demostración de la acústica del edificio, haciendo que su voz retumbara en las estatuas de ángeles que simulan una orquesta celestial.

La siguiente parada fueron las criptas —ubicadas al lado de la capilla que resguarda el trono de la coronación de Iturbide—, que ocupan todo el perímetro del edificio en el subsuelo; sus pasillos laberínticos, decorados con las palabras de los dolientes, resultan tan impresionantes como nostálgicos.

Desde las entrañas, el grupo se dirigió directamente a lo más alto de la catedral. Para llegar al campanario hay que sobrevivir las vueltas de las escaleras de piedra, pero es un ascenso cuya cima trae una certeza: todo valió la pena.

La vista de la ciudad desde lo alto es inolvidable, la emoción de Nuria es contagiosa y es fácil comprender cuando dice: “Que un escalón de esa torre se rompa, es como si me rompieran un brazo”. A ella le entusiasma la visita de los socios, con quienes comparte lo que le apasiona y aquello a lo que ha dedicado muchos años. Guillermo, oficial de la catedral e investigador de la época virreinal, cuenta que, en el futuro, quiere integrar sus investigaciones en un archivo digital como legado de este fascinante edificio.

Al final del recorrido, con decenas de fotos del Zócalo y de toda la ciudad para Instagram, los socios, Guillermo y Nuria descendieron hasta la puerta principal; una misa estaba por celebrarse.

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