junio 6, 2014
En el fin del mundo habrá ballenas
Redacción Travesías

Todo ser humano tiene que ir a ver ballenas alguna vez en su vida. La Laguna San Ignacio, en Baja California Sur, es buena opción.

“No vas a poder dormir de la emoción”, me dice el lanchero, inmediatamente después de que una ballena se acercara a la panga, sacara su cabeza, y yo inclinada, casi a punto de caerme al agua, pudiera tocarla. Luego se volvió a sumergir, serena, inmensa, moviéndose en el agua como si no pesara 30 000 kilos y midiera 13 metros de largo, pasó por debajo de la panga y desapareció sin dejar mayor rastro que unas ondas en la superficie.

Pensando en la inmensidad, en la suavidad de botarga de semejante animal, en ese ojo tranquilo y enorme emergiendo del agua, esa noche, no pude dormir. Uno no toca ballenas todos los días.

Llegar a Laguna San Ignacio en Baja California Sur no es cosa fácil. Pero aquí se comprueba que las cosas difíciles siempre tienen su recompensa. Primero hay que volar a La Paz y desde ahí volar 2 horas en avioneta para aterrizar en una improvisada pista entre el desierto y el mar. De ahí a los campamentos hay un par de kilómetros de distancia. De ahí a las ballenas también.

Hacerlo por cuenta propia no es tan fácil, ya que hay que coordinar demasiados cabos sueltos. Lo más recomendable es hacerlo con una de las compañías que llevan trabajando años en la zona, como Baja Expeditions, del célebre Tim Means, que se encarga de todos los detalles: comida, traslados y ballenas incluidos.

En esta parte del mundo, aislada y casi deshabitada, no hay hoteles de lujo ni bares, la palabra tendencia no es parte del vocabulario corriente y las necesidades son otras.

En esta parte del mundo, árida y maravillosa, uno duerme en campamentos y cabañas de madera, va al baño en letrinas ecológicas y se puede bañar con agua caliente si hubo suficiente sol como para cargar los paneles solares. No hay internet ni teléfono, y la electricidad es un lujo que no siempre se puede disfrutar. No ha cambiado mucho en estos 20 años, asegura la bióloga marina Georgina Saad.

En Laguna San Ignacio, la vida es simple, tranquila, dura para los habitantes locales, pero naturalmente maravillosa. No hace falta más que el cielo que a veces parece estar a metros de la cabeza, el desierto de un lado y el agua verde e infinita. Ah, y el silencio, que sólo se ve alterado por los sonidos de los animales y los soplidos de las ballenas. La postal es desoladoramente hermosa, la paz es infinita.

Hombres al agua
Antonio Aguilar es un pescador que, durante la época de avistamiento, lleva visitantes en su panga a través de la laguna. Es experto en ballenas, aunque nunca haya estudiado al respecto. De diciembre a abril, las ve a diario, las escucha, las siente cuando levantan ligeramente su embarcación.

Antonio nos explica que la ballena gris es una especie sociable, quizá porque al vivir más cerca de la costa ha tenido mayor interacción con los humanos. De repente aparece una: es gris con manchas más claras y otras manchas gris plata, formadas por los parásitos que se le van pegando (entre 100 y 200 kilos) y por cicatrices. No tiene aleta dorsal como la ballena de aleta o la jorobada, sino una especie de joroba.

No es el mamífero más bonito, sin embargo, al tenerlo tan cerca se vuelve el más impresionante, el que nos deja a todos la cara deformada por una sonrisa inevitable y nos hace soltar un “wow” que se repite en cada panga cada vez que sale a la superficie, saca su cola o su cabeza, da un soplido y hasta un salto.

La laguna de San Ignacio es el paraíso para estas ballenas nórdicas que recorren cada invierno entre 8 000 y 10 000 kilómetros (durante alrededor de 170 a 180 días) para cortejarse, aparearse y tener a sus crías. Ellas también vienen por la paz de la Laguna de San Ignacio.

La gris es una de las ocho especies que se pueden encontrar  en México (en el mundo hay 14 en total) y fue durante muchos años la primera en estar en la trágica lista de animales en peligro de extinción: llegó hasta los 3 000 ejemplares en los años sesenta. Hoy son más de 22 000 en todo el mundo.

Desde el bote, en medio de la laguna de agua verde y oscura, sin fondo a la vista, me imagino que si en ese momento se evaporase toda el agua, las ballenas alrededor nuestro serían más de 100. Digo que lo imagino, porque es casi imposible saber con exactitud cuántas hay alrededor, pero deben ser muchas, porque en el horizonte se ven más de 15 colas y soplidos al mismo tiempo.

Locos por las ballenas
Entre los campamentos de la zona (todos están ubicados en la costa, tiendas y búngalos sencillos) hay uno que llama la atención: es Kuyimá, el campamento de investigación que trabaja con el apoyo de la Alianza wwf-Telcel. Allí cada año llegan científicos y estudiantes de maestría y doctorado a hacer sus tesis, así como algún amante más de los cetáceos, junto con el doctor Jorge Urbán, a trabajar con la ballena gris: hacen censos, foto-identificación, divulgación, tomas de acústica y catálogos anuales con fotos.

Digamos que llevan un control bastante estricto y exacto de los animales que anualmente visitan la zona. Ellos sí pueden decir que en lo que va del año hubo más de 330 ballenas. Es la temporada número 23 de Jorge y aún así dice que nunca lo deja de sorprender que la ballena se acerque a la panga, tanto que se pueda tocar.

Durante la época de avistamiento sólo se permiten 16 pangas al mismo tiempo en la laguna (y están controladas desde tierra), y sólo se les dan 27 permisos a los lancheros. Es un método que adoptaron los pescadores de la zona (lancheros durante la época de ballenas) y que les ha funcionado muy bien. Menos gente mejor repartida, más ballenas cada año, más dinero para ellos.

Desde hace unos años se dieron cuenta de que si cuidan su recurso, seguirán viniendo cada año las ballenas y los visitantes que quieren verlas. Ellos mismos se autorregulan, se organizan y controlan, no se acercan a las ballenas, dejan que ellas se acerquen (a diferencia de otros sitios donde las lanchas literalmente acosan a los animales), y no permiten que haya más de dos pangas cerca de un animal. Y quizás ese sea el éxito de la zona, la razón por la cual, cada año, la ballena gris migre desde las costas de Alaska hasta las lagunas de Baja California, como San Ignacio y Ojo de Liebre y Bahía Magdalena.

La migración es escalonada: las primeras que llegan son las hembras preñadas para tener a sus crías en las aguas más templadas, y luego las que van a aparearse, tanto hembras como machos. Las hembras con crías suelen acercarse más a los botes, y las crías son las más fáciles de tocar.

Cada año es igual, se acaba la temporada a fines de abril y carretean las últimas avionetas por esa pista improvisada. Los habitantes locales, todos pescadores, vuelven al mar, ya no a buscar ballenas, sino a pescar el sustento que les dará de comer durante el resto del año. Ya casi no hay visitantes, sólo unos pocos aventureros que buscan la calma del campamento, del sol, del desierto. Laguna San Ignacio despide a las ballenas, hasta su regreso, hasta diciembre.

El viaje valió la pena, tanto para las ballenas como para los visitantes. Laguna San Ignacio es un ejemplo mundial de cómo se tiene que hacer un avistamiento, un trabajo entre la comunidad local y los científicos, así como con los diferentes programas de conservación que se llevan a cabo en la zona, que hace suponer que se mantendrá igual, que nada va a ser afectado, ni las ballenas, ni los hábitats, al menos por cinco años.

Sin duda, por la cercanía con los animales, por el paisaje y por ese silencio absoluto, es uno de los mejores lugares de la lista para ponerle la palomita a “Ver ballenas una vez en la vida”.

Lo que debes saber acerca de la ballena gris

 La ballena gris no come mientras está en México. Pero cuando regresa al norte del continente se alimenta dando mordidas del fondo marino que luego filtra a través de sus barbas.

 El periodo de gestación de una ballena gris dura 13 meses. Sólo tiene una cría que mide 4.5 metros y pesa 500 kilos. Lacta durante 7 meses, 190 litros de leche al día.

 Tiene entre 100 y 200 kilos de parásitos adheridos a la piel.

• El soplo de la ballena puede medir de 3 a 4 metros y tiene forma de corazón.

 Durante el viaje desde Alaska, sale a la superficie a respirar cada 3 a 7 minutos. La velocidad es de 8 kilómetros por hora.

 Mide 13 metros de largo, y su cabeza mide una quinta parte del cuerpo. Se calcula que puede llegar a vivir hasta los 70 años.

• Su temperatura corporal es de 37°C.

Guía Práctica

Cómo llegar
Hay que volar hasta La Paz. Desde ahí hay dos opciones: ir por carretera, que toma alrededor de 8 horas, o la más recomendable, en avioneta. Hay que preguntar por los servicios privados de Aero Calafia. Conviene siempre ir en grupo.

Dónde quedarse
Hay varios campamentos. Nosotros recomendamos Cabañas San Ignacio, de Antonio Ecotours, que es el primero desde el camino de tierra que llega a la laguna. Tiene cabañas y tiendas de campaña, letrinas ecológicas y una cocina donde se toman todas las comidas. Tiene electricidad en el salón principal y en las cabañas por medio de paneles solares.

Para contratar todo el viaje

Baja Expeditions

T. +01 (612) 123 4900

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