abril 15, 2018
La misteriosa Petra: crónica de la ciudad perdida
Redacción Travesías

Los beduinos, herederos de la antigua Petra, nos cuentan lo que no aparece en las guías.

La Ciudad Perdida fue descubierta para Occidente por el suizo J.L. Burckhardt en 1812. Dos siglos después, el famoso Tesoro, su obra más colosal, es el mejor reclamo de Petra, pero también están sus teatros, fortalezas, tumbas, canales y un paisaje lunar.

Paul Theroux, escritor y viajero eterno, confiesa que hubo un tiempo en que le apesadumbraban los lugares de los que se había escrito demasiado, pero cuando comenzó a frecuentarlos tuvo la impresión de descubrir siempre algo nuevo en ellos. De sus viajes, Theroux dice también que suele evitar el camino fácil porque “no hay nada como los inconvenientes o una larga espera para ponerse a hablar con un desconocido”.

Como sucede con algunos libros o películas, Petra se reduce a veces a un único aspecto que puede resultar tan fuerte en términos de promoción como pobre por un encasillamiento rápido. Para comprender y disfrutar a fondo un lugar así hay que buscar siempre más allá de la foto, convertirlo en nuestro viaje y dejar que el azar tenga su espacio.

Templo, excavado, Jordania, roca. La imagen es fácilmente instagrameable. Su fachada, que no necesita presentación, comparte la lista de las siete maravillas del mundo moderno. Pero resulta que detrás —y no dentro de ella— hay una ciudad. Petra se extiende por un valle gigantesco a espaldas del Tesoro, el mausoleo que surge al cabo de una grieta y por el que se coló frenético el actor de Indiana Jones, y es interesante recordar los tres pensamientos de Theroux para rebasar esa Petra icónica.

Lo primero que resulta imposible transmitir en una imagen son sus dimensiones. No sólo las del Tesoro —nada menos que 40 metros de alto esculpidos en una pared de 300—, sino las de todo el sistema de monumentos y cuevas cincelados en las grietas de una serranía de arenisca que emerge en el desierto. Sólo atravesar de punta a punta la parte acondicionada al público llevaría unas tres horas sin detenerse a contemplar ninguno de los monumentos nabateos y romanos.

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Tierra de beduinos

En Petra no hay casas, pero sí hay beduinos. Son nómadas árabes, por lo general pastores, que se alimentan básicamente de leche de camello y carne de oveja. Los que uno encuentra en los senderos de Petra ofrecen té y café, venden bisutería o cerámica nabateas u ofrecen paseos en burro o en camello.

A eso de las siete, mientras desmontan sus puestos, los últimos visitantes enfilan en sentido opuesto al Siq —la gran grieta que lleva directamente al Tesoro—, o bien suben en dirección al poblado beduino por donde acceden los coches de servicio, los únicos que son permitidos en el área. Pero esos descendientes de los nabateos, que como todo pueblo árabe fueron también nómadas antes de dar con este valle, habitaron las cuevas de Petra por milenios hasta que, en 1986, pensando en el interés turístico, el gobierno jordano creó la aldea y convenció a casi todos de ponerse bajo techo.

Sin embargo, más allá de las siete de la noche, algunos de los supuestos habitantes del pueblo permanecen en Petra para dormir encaramados en sus rocas, bajo las estrellas, igual que lo hicieron siempre. Como Theroux, que encuentra pasajeros siguiendo su entusiasmo por los trenes, a Petra uno puede llegar buscando piedras y lo que encuentra son beduinos.petra

El primero que topamos estaba rodeado de grandes rocas y sentado en una silla sobre la arena. Tocaba las cuerdas de un ud al resplandor de un sinfín de velas y bajo un telón de estrellas. Dimos con él 45 minutos después de dejar atrás las luces del último edificio y sumergirnos solitarios en la negrura, descendiendo levemente sólo en pos de una estela de veladoras y escuchando el eco de nuestros propios pasos a través del Siq, una antigua falla tectónica que, al abrirse, dejó una grieta constante y transitable de más de 100 metros de profundidad con el aspecto de un torrente seco.

Al abrirse el Siq frente al Tesoro, el sonido proveniente del ud se expandía hasta rebotar contra la piedra, pero el beduino que tocaba seguía viéndose diminuto: encima de él y teñida la roca del naranja de las velas, teníamos en toda su inmensidad, ahora sí, la eterna postal de Petra.

Petra es espectacular de noche, al amanecer y al atardecer, y la luz solar la viste de humores tan diferentes como los de la catedral de Ruan y los pinceles de Monet. Así que, en el grupo, hubo de conjurarse para comenzar con el primer sol y, a pesar del sueño y las temperaturas bajas del amanecer, ser los primeros en entrar de día. A esas horas, el enorme teatro romano, que aparece después del Tesoro, estaba labrado en rosa pálido y aparecía frío como el beduino que, como si fuera un sacrificio humano, había pasado la noche entre mantas, boca arriba, en lo alto de una roca.

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El Monasterio: riqueza arquitectónica 

Para alcanzar el Monasterio debe ascenderse un cañón por un sendero escalonado que ha sido excavado en la roca. Tiene amplitud, no es muy cansado y, por si acaso, donde acecha el barranco se ha construido un pequeño parapeto de piedra, pero igual que todo lo que queda más allá de la zona de restaurantes, el sendero sirve de criba para los grandes grupos de turistas, y permite al caminante una experiencia muy genuina. Es frecuente encontrar visitantes que prefieren subir en burro.

Si se trata de una señora local o una extranjera con pañuelo a la cabeza, al verla sobre el asno y con un beduino que tira de él, uno pensará en José y María camino de Belén. Belén, de hecho, queda a sólo unos 200 kilómetros de allí, pero la tumba del profeta Aarón, sin ir más lejos, corona de blanco una de las montañas de Petra y se ve perfectamente desde el mismo Monasterio.

El Monasterio surge a la vuelta de otra montaña rocosa. Es parte de un descomunal monolito —otra talla en la roca original— que va creciendo a medida que uno se acerca a sus pies, y su principal diferencia con el Tesoro a primera vista es, quizá, que a su alrededor queda el azul del cielo. Ante el Monasterio uno siente que lo que ve es un premio. Está en un rincón más solitario y además se puede entrar en él. Sus columnas cinceladas en la piedra son un enorme altorrelieve, tan anchas que aun así resultarían inabarcables para cinco personas juntas.

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A los pies del “Fin del Mundo”

En 15 minutos más de caminata pedregosa llegamos a un lugar graciosamente anunciado en unos carteles como “Fin del mundo”. En el borde del acantilado había un puesto con artesanías hecho de palos y lonas, y visto el cartel, tuve el mal pensamiento de que quizá me pedían algo a cambio de la foto. Nada más lejos de la realidad. Allí no había visitantes, absolutamente nadie, ni siquiera alguien para cuidar del puesto. Una cosa es que los vendedores vivan ahora del turismo, pero a los beduinos las posesiones no parecen atormentarles demasiado.

La montaña se acaba abruptamente y el desierto de Araba lo abarca todo. Era hora de emular al alemán. Pero de manera no tan drástica, claro. Partiendo de la zona de comidas, se puede alcanzar el mirador del Sacrificio, el punto más alto de Petra. Ahí es donde me perdí y se desplegó entera Petra. Porque lo bueno y lo malo de la ciudad es que no hay mapas ni flechas. Fuera de la ruta principal, los carteles se acaban y sólo quedan los cairns, los universales montoncitos de piedras que, en cualquier latitud del mundo, indican que aquello se parece a un camino.

Una buena manera de concebir Petra es la de un vastísimo parque temático donde, por un boleto general, se puede terminar en muchos sitios siguiendo uno de esos rastros que siempre llevan a algún lado. Eso significa enormes posibilidades de explorar un paisaje milenario y de toparse con un beduino casi en igualdad de condiciones.

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El valle desde la cima  

Pronto sentí que estaba muy alto. Veía las montañas de Petra brillantes bajo el cielo azul. Era un paisaje de caricaturas. Frente a mí había una casa ovalada, más bien una roca que alguien hubiera dibujado allá, ahuecada como la de los Picapiedra. Afuera, en silencio, Fawaz vestía una túnica larga y cepillaba con cariño a su burra. Abed tocaba elud, cruzado de piernas frente a la casa, sobre un patio de alfombras. Esta vez fue un té. Me contaron que tenían siete años allí, que bajaban cada par de días a aprovisionarse en la aldea, y que no hacía falta más. Leche de camello y cordero. Y un celular por el que un amigo les llamaba cuando tenía trabajo de guía o para escalar con algún grupo de visitantes extranjeros.

Algunos jordanos me habían dicho que aún viven siete familias en Petra. Otros me habían negado de manera tajante que allí quedara nadie, que todos vivían en el poblado beduino. Pero beduino significa nómada, y eso difícilmente tiene sentido. Amad, un local, sin dudarlo, había dicho que las familias de Petra siguen siendo 25. Casi todos se apellidan Albidur. Son los genuinos habitantes y, quizá por ello, nadie insiste demasiado seriamente en que salgan de allí. Se hacen respetar y algunas historias que escucho contribuyen a ello. Un anciano, me contaron varias fuentes, tiene 125 años. Es pastor, y con su dieta mágica sigue subiendo con las cabras a buscar briznas al monte.petra

 

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