Tres obras imprescindibles de Juan O’Gorman en CDMX
octubre 9, 2021
Tres obras imprescindibles de Juan O’Gorman en CDMX
Diego ÁvilaCortesía: Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman.

Heredero de la Bauhaus y de la arquitectura orgánica, Juan O’Gorman formó parte esencial de la modernidad en México.

Pintor, arquitecto, y hasta padre de la arquitectura moderna en México, los títulos para referirse a Juan O’Gorman, sobran. Y si bien su papel como creador de la primera casa moderna en México ha sido cuestionado recientemente (aparentemente ese honor corresponde a una vivienda diseñada por los suizos Paul Artaria y Hans Schmidt y que fue edificada en la colonia del Valle en 1929), la relevancia que O’Gorman tuvo dentro del panorama arquitectónico del siglo XX en el país es indiscutible. 

Desde casas-habitación hasta murales, escuelas y recintos culturales, la obra de Juan O’Gorman (1905-1982) se extiende por todo lo ancho de la Ciudad de México. Y aunque bien se necesitaría de un libro entero para poder cubrirla, basta una ruta por el sur de la urbe para recorrer algunos de sus edificios más emblemáticos. 

O’Gorman en su casa estudio. Foto: Fundación Espacio Nacarrow O’Gorman.

Lejos del bullicio del centro histórico y de las nuevas colonias que comenzaban a marcar el rumbo de la expansión urbana en torno al Paseo de la Reforma, O’Gorman escogió el (entonces pequeño y alejado) poblado de San Ángel para desarrollar sus primeros edificios funcionalistas. Así, hacia finales de 1929 los vecinos de la calle Palmas comenzaron a ver extrañados la construcción de una curiosa casa de cemento y cristal, que resaltaba entre las calles empedradas y edificios coloniales de la zona.

Menos es más: de Suiza a San Ángel

Casa Estudio de Diego y Frida. Foto de Camilo Christen.

Entusiasta de los preceptos de Le Corbusier, Juan O’Gorman estaba decidido a ponerlos en práctica en suelo mexicano. Un par de años antes, el arquitecto suizo había publicado una serie de cinco puntos en los que planteaba cómo debía de ser la arquitectura moderna y racional. Más aún, los había puesto ya en práctica con la edificación de la legendaria Villa Savoye a las afueras de París en 1929. 

De este lado del Atlántico, O’Gorman estaba convencido de que esos mismos lineamientos podían ser muy útiles para el México posrevolucionario y en plena búsqueda de justicia social. Así, y alejándose radicalmente tanto de los adornos como del estilo que caracterizaban a la arquitectura neocolonial que tanto le gustaba a José Vasconcelos, O’Gorman diseñó una casa-habitación que, parcialmente montada sobre pilotes y con una fachada compuesta por ventanales, hacía varios guiños a Villa Savoye.

“La casa que construí causó sensación porque jamás se había visto en México una construcción en la que la forma fuera completamente derivada de la función utilitaria”, llegó a decir O’Gorman sobre la casa que edificó en el número 81 de la calle de Palmas. Y aunque la residencia nunca llegó a ser habitada por el padre del arquitecto (para quien se supone que la había diseñado), sí logró interesar a alguien más: Diego Rivera.

Museo Casa Estudio Frida Kahlo – Diego Rivera

Fascinado por las modernas líneas funcionalistas de la casa de Palmas 81, Rivera se acercó a O’Gorman y le propuso construir dos casas-estudio en el terreno contiguo. En una viviría y trabajaría él, y en la otra, Frida. Las obras comenzaron en 1931 y terminaron al año siguiente, pero la pareja no viviría en ellas sino hasta 1934, cuando regresaron a México tras el enfrentamiento que el muralista tuvo con el magnate estadounidense Nelson Rockefeller. Ambas casas compartían varios de los elementos que O’Gorman ya había usado en su primera casa, como fachadas de cristal, escaleras voladas, pilotes, y acabados de concreto (o ladrillo) aparente. Y aunque cada residencia era totalmente independiente, ambas estaban conectadas por un puente que unía sus respectivas terrazas.

Los amplios ventanales proporcionaban una buena fuente de luz natural que permitía tanto a Diego como a Frida pintar cómodamente; de hecho, el muralista realizó unas tres mil pinturas de caballete en su estudio de San Ángel. Además, fue su lugar predilecto para resguardar sus colecciones de Judas, arte popular y objetos prehispánicos, lo cual hizo que el espacio, que había sido diseñado según los preceptos de la Bauhaus, adquiriese un ecléctico y llamativo carácter mexicano.

Estas tres primeras construcciones marcaron un parteaguas en la arquitectura mexicana, y no pasó mucho, para que edificios modernos que resonaban los preceptos lecorbusianos comenzaran a levantarse por todo lo ancho de la Ciudad de México y el resto del país. Sin embargo, y con el pasar de los años, O’Gorman fue desencantándose de las promesas de la modernidad que tanto lo habían ilusionado.

La casa cueva 

O’Gorman pintando en su casa-estudio.

Uno de los principales supuestos de la arquitectura funcionalista había sido el de deshacerse de todos los elementos ornamentales (y superfluos) de los edificios, para entonces optimizar recursos y crear viviendas de calidad para las masas. Sin embargo, y conforme avanzaba el siglo, la arquitectura moderna fue poco a poco adquiriendo un carácter cada vez más burgués. Ante esta situación, e inspirado en Frank Lloyd Wright, O’Gorman se volcó hacia el estilo orgánico.

Por otro lado, influenciado por Rivera y por su amigo Max Cetto, O’Gorman había comenzado a explorar el potencial estético y creativo del paisaje rocoso del Pedregal de San Ángel desde mediados de los años 40, así que no es de sorprender que, cuando llegó la hora de escoger un sitio para edificar una casa para él y su familia, escogiera esta zona.

No muy lejos de las casas funcionalistas que hizo para Diego y Frida en el número 162 de la avenida de San Jerónimo, el arquitecto encontró un terreno donde la piedra volcánica había formado una especie de cueva natural, y en torno a ella construyó la que muchos (Lloyd Wright incluido) considerarían su obra maestra: la casa-cueva. O’Gorman utilizó las formas naturales de la lava para crear las habitaciones de la vivienda, y decoró los muros con mosaicos de piedras naturales que recordaban motivos prehispánicos. La construcción se llevó a cabo de 1948 a 1952, y los O’Gorman la habitaron por 16 años, hasta que el arquitecto se vio obligado a venderla por presiones económicas.

Trágicamente, la casa fue destruida por su compradora, la escultora Helen Escobedo. Y aunque esto supuso un golpe atroz para la arquitectura moderna mexicana, muchas de las otras construcciones del arquitecto aún se conservan. Así, y ya sea desde las vallas de cactus que rodean las casas-estudio de Diego y Frida en San Ángel, o frente a los mosaicos prehispanistas que adornan los muros de la Biblioteca Central de CU, los techos del Anahuacalli o la entrada de su antigua casa de San Jerónimo, la obra de este arquitecto es una excusa perfecta para recorrer un poco del sur de la ciudad y los diferentes sueños de modernidad que, entre pueblos virreinales y parajes volcánicos, se construyeron ahí. 

En los debates del 33, Juan O’Gorman expresó: “A la arquitectura que unos llaman funcional o racional y otros alemana, sueca, internacional o moderna, la llamaremos arquitectura técnica. […] La diferencia entre un arquitecto técnico y un arquitecto académico o artístico, será perfectamente clara. El técnico es útil a la mayoría, y el académico, útil a la minoría”.

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