junio 20, 2017
La Patagonia chilena por aire, tierra y mar
Redacción Travesías

Descubrir Patagonia a bordo de un barco que recuerda más a un hotel de lujo que a una rústica embarcación de exploradores.

Importa decir que fue en un barco. Importa decir que fue en enero. Importa decir que fue en el sur de Chile. Importa decir que era un día de un azul sedoso y que, desde la Marina del Sur, en Chinquihue, cerca de Puerto Montt, el barco, ya anclado en el muelle, no se veía y, por tanto, era difícil comprobar si ese animal llamado Atmosphere, con un costo de 20 millones de dólares —y equipado con un helicóptero para seis pasajeros, un Zodiac para 16 con dos motores de 250 caballos de fuerza cada uno, sies jet boats, seis Zodiacs, varios kayaks, dos cabinas de lujo con cama king, 10 cabinas de lujo con cama twin, dos cabinas prémium, spa, sauna y restaurante a cargo de uno de los mejores chefs chilenos— era todo lo que decían que iba a ser.

Atmosphere, una bestia capaz de recorrer los mares del sur llevando a bordo, a cambio de 25 000 o de 50 000 dólares por cabeza, a un máximo de 28 pasajeros para practicar pesca con mosca y navegar, cabalgar, trepar o bucear en sitios intactos, en los que la empresa propietaria del barco, Nomads of the Seas, ha montado una logística de viaje de aventuras que la ha llevado a figurar entre las 10 mejores operaciones de fly fishing del mundo.

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Era domingo y, todavía en tierra, en el primer piso de la marina exclusiva de Nomads of the Seas, un grupo de gringos —un padre y su hijo, un proveedor de insumos para plataformas de petróleo que invitaba a seis de sus mejores clientes (invitaba: multipliquen), etcétera— aprovechaba sus últimos minutos de conexión Wi-Fi porque, entre otras delicias prometidas por “la operación”, se cuenta la de la desconexión total: siete días con sus noches lejos de todo lo que puede llamarse urbano, flotando en sitios con altos niveles de remoto salvajismo a los que no llegan la televisión, ni las señales de teléfono ni, mucho menos, internet.

Era domingo y, en la marina, los gringos firmaban, obedientes, formularios en los cuales, en caso de perder la vida, las piernas o la salud, los propietarios de la vida, las piernas y la salud desligaban de toda responsabilidad a la empresa. Apenas más tarde contemplaban, respetuosos, un video en el que Andrés Ergas, el magnate chileno dueño de todo eso, hablaba de su megabote millonario y, después de varias imágenes en las que podía empezar a sospecharse el confort demencial del barco y la lejanía pavorosa de los mares del sur, decía: “Be a nomad”. Podría pensarse que, de haber sido el nomadismo así de cómodo, todavía estaríamos en la etapa de la caza y la recolección.

Subir al barco es una ceremonia aparatosa: los miembros de la tripulación esperan, formados, con uniformes de marino u overoles de trabajo, en el muelle. Dan la mano, dan la bienvenida. Pocos minutos después, el barco zarpa, y hay que decir que es un barco impresionante.

El Atmosphere, advierten, se moverá de madrugada. Así, durante los siguientes siete días, en medio de la noche oscura, el barco avanzará hacia el sur con su carga dormida, larvas envueltas en sábanas de 800 hilos en habitaciones donde todo es blanco y beige —blancos los edredones, beige la alfombra, blancas las paredes, beige la cómoda tapizada en cuero— y donde cada vez, cuando termine el día, en coquetas bolsitas de tela, alguien dejará, sobre las camas, bombones, caramelos, chucherías.

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Lo impresionante no es que sea impresionante —hay restaurantes y hoteles tanto más lujosos—, sino que esté ahí, flotando en medio de la nada, proa al sur, entre humildes catafalcos de pescadores tripulados por una persona.

La cubierta principal está recorrida por enormes ventanales, a lo largo, a lo alto, a lo ancho. En el centro hay una barra circular, con bebidas de los cuatro rincones del planeta disponibles a toda hora. A un lado, sobre una alfombra de pelos largos, hay sofás y mesas bajas, bibliotecas, refrigeradores para vinos. Afuera, en un espacio para fumar, rodeado de paneles de vidrio, hay butacas de cuerina blanca y un canasto con mantas.

A espaldas de ese espacio empieza el armamento: encadenada al piso, una flota de seis jet boats, un Zodiac Hurricane 920 de última generación, drifts, catarafts, zodiacs, kayaks, balsas de rafting y 12 jet skiffs, los botes de aluminio que se usan para internarse en los ríos y pescar.

Dos cubiertas más arriba, amarrado a su pista, el helicóptero Bell 407, una libélula roja que cuesta casi tres millones de dólares, que gasta 2 000 dólares por hora de vuelo, y que los pasajeros del Atmosphere usarán con la indiferencia natural con que se toma el metro. Nomads of the Seas opera desde 2006 pero, en verdad, existe desde mucho antes.

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Si uno se duerme frente a una bahía, se despierta en un archipiélago. Si uno se duerme en un archipiélago, se despierta frente a una ladera envuelta en bruma. Si uno se duerme frente a una ladera envuelta en bruma, se despierta con vista a un risco cubierto de verde.

El Atmosphere cubre un recorrido de 925 kilómetros desde Puerto Montt, y no va más allá de la península Taitao, pero el itinerario es incierto: depende del viento, del mar, de las lluvias, de modo que las actividades de cada día se deciden la noche anterior y se confirman un par de horas antes del desayuno. Suele haber más de una —kayaking, trekking—, pero la pesca con mosca, que es la estrella, siempre está allí.

El barco amanece anclado frente a una bahía, y el helicóptero, con sus seis pasajeros, vuela hasta una planicie cubierta de líquenes que termina en una quebrada de cuyos bordes caen, con gran vértigo, hilos de agua.

Donde termina la quebrada hay un glaciar, el Melimoyu, de un azul adictivo, artificioso, una torre de hielo sobre una laguna oscura, repleta de témpanos. La siguiente hora y media es así: unos miran desde la orilla y otros se acercan en kayak hasta el glaciar, se detienen, contemplan, escuchan crujir, regresan.

—Está peligroso —dice uno de los guías—. Se está rompiendo. Vayan y vuelvan rápido, y no se acerquen mucho. Queda la sospecha de que no lo dice en serio. De que quienes pagan 25 000 o 50 000 dólares por estar aquí quieren, también, jugar al riesgo.

La terma, a la que se llega después de un viaje en helicóptero y una caminata no muy larga, es un rectángulo chico y, en verdad, no dice mucho, pero aquí, en medio de la nada, el pequeño trozo de agua hirviente es el pago al precio de ser únicos.

Alrededor hay árboles altísimos repletos de lianas, y el cielo permanece inalcanzable al otro lado de las copas. Los guías disponen una mesa con mantel en la que distribuyen una tabla de quesos, embutidos, champaña, cerveza, vinos. Y todo eso —la mesa, la tabla, las sillas, los quesos, los embutidos, el champaña, la cerveza, los vinos y hasta el mantel— lo han cargado, hasta aquí, en las espaldas.

Un día, camino a una playa sobre un lago llamado El Trébol, el piloto del helicóptero desciende casi a ras de la tierra y sigue, con gran júbilo, las vueltas del lecho de un río seco.

La playa, quieta, sola, es la contracara de esa euforia guerrera: no hay nada, excepto un bosque de cañas, y hace un calor inmenso. Uno de los guías rastrea los tambores ocultos y vuelve con sillas, mesas, tienda. Es raro estar en el fin de la Tierra comiendo salmón y tarta de moras. De regreso, desde el aire, el Atmosphere empieza a parecerse, peligrosamente, a eso que llamamos “casa”.

Bajo la cubierta principal está el cuarto húmedo, un sitio donde se deja la ropa que se ha usado durante el día: overoles hipertecnológicos para temperaturas bajo cero, guantes y pantalones térmicos, chaquetas megaimpermeables, trajes de neopreno para bucear en aguas gélidas.

Y la comida: atún rojo, magret de pato, arroz a la valenciana con pinzas de jaiba, crema de zapallo con centolla, suspiro de murtillas maceradas en pisco, tartar de ostiones con manzana y aceitunas negras, tostadas de maíz con queso azul y damascos turcos, mousse de camarones, cordero, pulpo con garbanzos a la oriental, foie gras, confit de pato, filete de mero a la cancha, salsa de cítricos y puré de arvejitas nuevas, centolla magallánica servida con salsas (pebre de palta, pebre de tomate), crema de camarones a la ciboulette, chupe de locos con su pil pil, caldero de jaibas y camarones en mantequilla a las hierbas. Y eso que llaman “detalles”: si alguien bebe agua mineral con gas, nadie le ofrecerá nunca sin gas. Si alguien no come ajo ni picantes, ningún plato llegará a su mesa con una sola pizca de esos ingredientes.

Mientras uno de los guías intenta hacer fuego con un equipo de supervivencia, los demás armamos una pared de kayaks para protegernos del viento. Clavamos los remos en la arena, encajamos los kayaks entre los remos, extendemos entre la pared de kayaks y la tienda una tela metálica.

El efecto es muy pop, muy Priscilla, la reina del desierto, pero da un poco de piedad ver lo que un poco de viento y lluvia pueden hacerle al lujo: bajo la tienda, los platos están cubiertos de ceniza, los tenedores por el piso, los vasos de champaña enchastrados con grasa, y todo el mundo tiene las manos llenas de astillas y carbón.

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