junio 11, 2014
Así suena Chicago
Redacción Travesías

¿A qué suenan sus calles? ¿Qué se escucha en sus bares y restaurantes?

Ésta es la historia de una ciudad que, literalmente, se alzó entre las cenizas. Que se convirtió en un hito, en un símbolo, en un trendsetter, y en un sitio de oportunidades. Esta historia se puede contar desde muchos ángulos: sus personajes emblemáticos, sus edificios, su comida, pero nosotros decidimos contarla a través de su música, un movimiento que ha trascendido historia, leyendas y fronteras. Ésta es la historia de Chicago y, sobre todo, de su sonido.

Olvidemos por un momento lo que pensamos cuando nos hablan de Chicago: olvidemos la gastronomía y su impactante arquitectura. Olvidemos su lago, sus festivales de verano y enfoquémonos en el otro factor que hace grande esta ciudad. Eso que atrajo a leyendas y personajes, eso que la convirtió en escenario de incontables películas, en hogar de innumerables genios, eso que la dota de un magnetismo casi inigualable y de un halo de misterio que no logramos comprender. Enfoquémonos sólo en una cosa: cómo suena Chicago. A qué suenan sus calles, qué se oye dentro de sus restaurantes y qué se escucha en sus bares. La música, su música, es algo que hace que Chicago sea única. Excepcional. Legendaria.

 

Green Mill (o el jazz y la mafia) 

En una parte vieja de la ciudad, en medio de una tríada de antiguos teatros y justo frente a la famosa escuela de comedia Second City, se encuentra el Green Mill. Si uno pregunta, éste es al sitio al que lo enviarán a escuchar jazz, el ritmo que, por excelencia, define Chicago. Una enorme barra recibe al visitante, una luz tenue y ruido constante, ya sea de plática o de música, caracteriza a este local que, casi siempre, está abarrotado de gente. Un pequeño escenario al fondo es el protagonista, y todas las sillas, booths y mesas miran hacia allá, pues aquí no sólo se viene a pasar el rato: aquí se viene a escuchar jazz.

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Puede que hoy en día varias personas lo refieran como una trampa para turistas, pero la influencia y la historia del Green Mill hacen de éste una parada imprescindible para quien quiere entender la historia de la música en Chicago.

El Green Mill abrió en 1907 con el nombre de Pop Morse’s Roadhouse, pero fue en 1910 cuando el bar cambió su nombre a Green Mill –como un homenaje al Moulin Rouge de París– y se convirtió en un hito en el mundo del jazz. Cuando la Prohibición llegó a Chicago, en los años veinte, éste fue uno de los únicos lugares que hacía la vista gorda cuando los clientes sacaban sus anforitas (o donde sea que estuviesen transportando su alcohol), dándole la fama no sólo de un sitio de buena música, sino también de un aire de libertad en épocas donde ésta escaseaba. El Green Mill es responsable de lanzar al estrellato a nombres como Billie Holliday. El bar se volvió tan popular que entre sus regulares estaba Al Capone, pero fue su mano derecha, Jack McGurn, quien estuvo a cargo de manejar el lugar. El bar se volvió su lugar favorito, y fue él quien, durante varios años, buscó y escogió a varios de los músicos que tocaban ahí. Cuenta la leyenda que túneles subterráneos bajo la barra conectaban el bar con otro edificio cruzando la calle, para que los mafiosos pudieran escapar si llegaba a aparecerse la policía. Cuenta la leyenda que los túneles siguen ahí.

Lo que es cierto es que el Green Mill sigue ahí, como un recordatorio de por qué Chicago es tan rico en música y en historia, y sigue ahí, lanzando, promoviendo y agendando a los mejores jazzistas que existen a la redonda. Continúa siendo, aún hoy en día, uno de los sitios más importantes y más respetados en la industria del jazz. Se puede ir cualquier noche y esperar una sorpresa. Hay noches de swing donde la idea es “dance the night away”, hay días de soul, o de bebop. Los domingos en la noche, desde hace casi sesenta años, se presenta el Uptown Poetry Slam, que es poesía, mas no del tipo musical, en el que oradores compiten unos con otros (hay quien dice que el poetry slam del Green Mill es de los mejores de Estados Unidos). Cruzar las puertas del Green Mill es transportarse a otra época, y hay que dejarse llevar.

 

The Moody Blues

Fue con “La Gran Migración” que la escena de la música en Chicago se enriqueció como en pocos lugares de Estados Unidos. Con el prospecto de una vida con menos prejuicios y, sin embargo, aún cargados con una memoria histórica bastante dura y reciente, los negros del Delta (Mississippi, Tennessee y Memphis) que habían peregrinado a los estados del norte después de la Guerra Civil, llevaron consigo esa música que introdujo un nuevo ritmo a “the windy city”. Si bien sus bases se mantuvieron bastante parecidas, el blues de Chicago dejó atrás su ritmo lento y acústico al introducir guitarras eléctricas y más velocidad. El blues ya no era sólo un hombre, su guitarra y su historia, sino un ensamble de músicos que incluía batería, piano y bajo. Varios nombres que se convirtieron en leyenda, como el de Big Bill Broonzy, se construyeron y crecieron en esta época.

Fue el blues el ritmo que definió Chicago durante la segunda mitad del siglo xx. Después de la Segunda Guerra Mundial, varios de los soldados que volvían a Estados Unidos tomaron varios de los trabajos de  los negros, causando una nueva oleada de migrantes al norte del país. Una nueva migración. Ésa fue la segunda ola del blues de Chicago, ésa que lanzó al estrellato nombres como Muddy Waters y Buddy Guy (quien aún tiene su bar en The Loop).

El blues creció y Chicago se convirtió, oficialmente, en la ciudad que llevaba este ritmo en la sangre. Bares y clubs se abrieron por toda la ciudad, el género evolucionó y se popularizó, y el blues dejó de ser un tipo de música de los olvidados y marginados para convertirse en un creador de superestrellas, dejó de contar historias de plantíos, depresiones y campos de algodón para traspasar fronteras musicales y reales e influir en músicos como The Rolling Stones y Led Zeppelin, cuyo rock está fuertemente ligado al blues. Nacieron bares alrededor de toda la ciudad dedicados únicamente a escuchar blues, soul, funk, góspel, y se crearon disqueras que se convirtieron en leyendas musicales, como Chess Records.

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Algo pasó, sin embargo, a mediados de los años setenta y entrando los ochenta. Cambió la ciudad, se elevaron los impuestos a los bares de blues, haciéndolos insostenibles, y en la zona sur y oeste de la ciudad, donde se encontraban varios de éstos, hubo una temporada de enfrentamientos entre locales y policía. Varios de los lugares de blues cerraron. Poco después, varias disqueras quebraron. Y hoy, el blues en Chicago es más una leyenda que la banda sonora de la ciudad. O, siendo más correctos, ya no es la única banda sonora de la ciudad, pues ahora tiene que compartir cancha con muchos más géneros.

No hay que sentirse defraudado, sin embargo, si se llega a Chicago con la esperanza de escuchar buen blues. Su eco aún se escucha en callejones, en la memoria de los nostálgicos y los melancólicos, en bares perdidos aquí y allá, y sobrevive en algunos necios que se niegan a verlo desaparecer por completo y que continúan tocando, evolucionando este género. Chicago sabe que tiene algo valioso en su historia musical, y hay varios sitios donde el blues sigue siendo el alma del lugar, además de sitios donde buenos músicos continúan componiendo y tocando.

Sobre el Loop se pueden encontrar varios –como The House of Blues y Buddy Guy Legends–, sin embargo, es mejor alejarse de esos sitios e ir a donde los locales. Rosa’s Lounge, nombrado por The New York Times como el mejor bar de blues de Chicago, se encuentra en un barrio puertorriqueño. Por fuera, el área no promete mucho. Nada delata la entrada del lugar más que un pequeño letrero con el nombre del bar que cuelga de la puerta. Este joint lleva casi treinta años alimentando (figurativa y literalmente) a los amantes del blues por siete días a la semana. Fundado por un migrante italiano y su madre (quien es la Rosa original), hoy en día presenta en su pequeño escenario a músicos consagrados y a la nueva generación de blueseros que buscan un espacio en esta ciudad que generó clásicos. Comida, buenos tragos y un portero que solía tocar el saxofón invitan a quedarse un rato.

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Entre otras recomendaciones de los locales, si lo que se quiere es escuchar algo de blues, está Kingston Mines, que cuenta con dos escenarios y que tiene la fama de atraer a los músicos más emblemáticos del género. Sin embargo, Chicago tiene la oportunidad de escuchar música (aunque no sea siempre en vivo) en su infinidad de bares, restaurantes y venues, en donde la programación musical no es ninguna broma. Se puede ir a cenar a Tortoise, un enorme restaurante con espíritu de los años veinte (a pesar de que no tiene ni diez años) que tiene muy buen jazz en vivo junto a la barra; o darse una vuelta por Old Town Ale House, un pequeño bar famoso (además de por sus cervezas y por su carismático dueño, Bruce Elliott) por su rocola con una exquisita selección musical con clásicos de blues, soul, funk y ópera “para correr a los indeseables”, dice riéndose el dueño. Roger Ebert, crítico de bares, nombró a este bar como el mejor al que había ido en todo el mundo.

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The Glorious 80’s

Algo le ponen al agua de Chicago que hace melómanos a todos sus habitantes. No importa cuál sea el tipo de música, no importa de dónde venga o cómo se generó: habrá alguien a quien le guste, y alguien componiendo, produciendo, tocando. Casi ningún otro sitio tiene tantos venues para ver y escuchar música en vivo, cualquier día de la semana, y varios de estos sitios han visto o han lanzado a músicos y nombres que luego causarían eco a nivel mundial.

Probablemente el más legendario y el más importante de estos lugares sea Cabaret Metro. A finales de los setenta, Joe Shanahan, quien en ese entonces era un nombre desconocido, dejó Chicago por un tiempo y fue a sumergirse a la escena artística de Nueva York. A su regreso, al inicio de los ochenta, decidió que quería poner un lugar en su ciudad que emulara esa escena y esa energía de la que había sido testigo en la Gran Manzana. En el cuarto piso de un antiguo teatro originario de los años veinte, de esos que abundan en Chicago, Shanahan abrió un bar que se llamaría Smart Bar, un club de baile donde se programaba música de diferentes géneros, propuestas nuevas de la época, estilos que se consideraban como experimentales. Poco tiempo después, y dado el éxito de su bar, Shanahan tuvo la oportunidad de producir un show en vivo de una pequeña banda que había conocido en Nueva York, unos desconocidos originarios de Georgia. Una banda que se llamaba r.e.m..

El concierto fue un éxito, y a partir de entonces, los fines de semana se utilizaron para promover distintas bandas locales. Cabaret Metro aún no había cumplido un año cuando ya había tenido en su escenario a pequeñas bandas que crecerían hasta convertirse en pesos pesados de la música, como New Order y Billy Idol. Pasaron los años, Metro se convirtió en una institución de la música independiente, un sitio donde nuevas propuestas eran escuchadas, donde se brindaba un espacio no sólo a la música sino también al arte, a un género más experimental, donde lo único que se tenía que hacer para tener una oportunidad era enviar un demo. Su fama creció tanto que, según la historia, el vocalista de una banda en creces rogó durante largo tiempo a Shanahan que les permitieran presentarse en Metro.

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Después de mucho insistir, el joven Billy Corgan y su banda, The Smashing Pumpkins, tuvieron oportunidad de animar al público que llenaba el lugar cada fin de semana. Hoy en día, Corgan aún da crédito a Shanahan y su club de gran parte de su éxito. Momentos legendarios sucedieron sobre el escenario de Metro: la última presentación de Blind Melon, el único dvd en vivo que se grabó de Jeff Buckley antes de que muriera, Nirvana presentando algunas canciones del Nevermind. Hoy, Metro continúa siendo completamente independiente, continúa bookeando en su escenario a bandas que fluctúan entre Arcade Fire y Bob Dylan, y Shanahan continúa siendo una leyenda musical en una ciudad que abunda en ellas. Sus escenarios y sus escaleras huelen a cigarro, a fiesta, al concierto de la noche anterior, y sus empleados son dedicados fanáticos de la música, ellos que saben que trabajan no sólo en un venue más, sino en un emblema histórico, en uno de los sitios que lo comenzó todo.

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Sin embargo, el rock, y anterior a éste, el blues, no fueron los únicos géneros que se nutrieron de la ávida escena musical de Chicago. A finales de los años setenta, en un club llamado The Warehouse, el dj del lugar –Frankie Knuckles– mezclaba cada noche ritmos r&b, funk y disco, con nuevos sonidos más sintetizados provenientes de Europa, bandas como Kraftwerk y discursos de Martin Luther King Jr.. Cada noche, oleadas de personas que buscaban bailar hasta ver la pista relucir, llenaban The Warehouse. Un nuevo ritmo había nacido, y por el lugar donde se le vio nacer, se le nombró: house music. Puede ser que Knuckles no haya sido el único, y puede ser que para ese entonces alguien en Nueva York ya estuviese mezclando, pero Frankie y The Warehouse fueron los primeros en montarse, cual cura en su púlpito, ante una congregación que lo que demandaba era más música, más fiesta, más baile, hasta que el sol comenzara a asomarse.

 

Coming home, via Chicago

Quizás porque la cultura musical de Chicago ha crecido y se ha diversificado, se ha convertido en una capa que cubre toda la ciudad, que envuelve a todos sus habitantes, es que los sitios más emblemáticos no son los únicos para escuchar música. Lejos de ello. Dependiendo del día de la semana y de lo que se quiera escuchar, las opciones abundan. Alrededor de la ciudad, en varios de los barrios, pequeños bares cuya intención es programar bandas nuevas con propuestas interesantes nacen como hongos. La mayoría se arremolinan en Wicker Park, el barrio “cool” de Chicago, o en sus alrededores. Si uno pregunta, lo enviarán a Empty Bottle, en Ukranian Village. Este bar suele tener tres presentaciones por noche, dos teloneros y un estelar. Como suele ser la costumbre en Chicago desde hace varios años, se presentan bandas que tienen una propuesta innovadora, que se están haciendo de un nombre, que ya tienen una base de seguidores leal y creciente, aunque no apabullante. Géneros eclécticos, entre pop local, rock, punk e incluso propuestas más experimentales, han logrado colarse en este escenario. Empty Bottle es, además, uno de los sitios preferidos de los locales para pasar la noche si lo único que se quiere es una cerveza. A unos kilómetros de ahí está Hideout, otro favorito. Por fuera, es sólo una casa con una mesa y poco que lo haga resaltar. Por dentro, el bar se divide en la zona de la barra y en la zona del escenario. En éste se suelen presentar bandas locales independientes.

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Varias bandas que han logrado trascender la frontera de Illinois, no sólo a Estados Unidos, sino al resto del mundo, comenzaron en lugares como éstos (entre ellos Wilco, quienes en la portada de su disco debut, Yankee Hotel Foxtrot, retratan los edificios de Marina City Chicago; Urge Overkill y Andrew Bird). En Wicker Park, además, se encuentra una de las filiales de una de las tiendas de discos más importantes de la ciudad: Reckless Records, quienes además de vender discos vinil, compran discos usados, venden revistas, juegos de video y, además, se pueden conseguir flyers con información de próximos conciertos de disqueras locales y/o independientes. Además del Empty Bottle y Hideout, donde bandas se presentan en vivo, las calles de Wicker Park y sus alrededores están llenas de sitios donde se puede escuchar buena música (si bien no siempre en vivo) o, simplemente, a los que se va a tomarse un trago. Lauren Viera, periodista especializada en tragos y residente de Chicago, recomienda: “Danny’s en Bucktown, muy cool, old-school, con muy buena música en un viejo departamento. Rainbo en Wicker Park, con mucho carácter y lleno de locales. Longman&Eagle, en Logan Sq., que en realidad es un restaurante con estrella Michelin, pero tiene gran atmósfera y mejores tragos. Y por último, Billy Goat Tavern, en Michigan Ave. ¡todo un clásico!”.

 

Música para principiantes

La vida musical de Chicago no se vive únicamente en los bares y teatros. La música para los oriundos es algo con lo que se nace y con lo que se crece, es parte de su cultura, es el pan de cada día. Una prueba de esto es el Old Town School of Folk. Esta escuela pública de música tiene alrededor de 70 mil estudiantes al año, que fluctúan entre diez años y noventa y nueve, por decir algo. Ésta es la escuela comunitaria de arte más grande de todo el país, y tiene tres sedes distintas, ya que en una sola no se da abasto. Tiene clases de música, de distintos tipos de instrumentos, clases comunitarias o individuales, de baile, biblioteca y espacios para conciertos y espectáculos. Old Town School of Folk (que no necesariamente da sólo clases de folk) organiza alrededor de 350 conciertos al año, y tiene convenios con otros países para lograrlo.

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Esto quiere decir que los conciertos que aquí se realizan no son (únicamente) de sus alumnos, sino que llevan a músicos de México, Brasil, Colombia, Turquía, y la comunidad musulmana, entre otros, a presentarse cada fin de semana en su escenario de Lincoln Park. No sólo se presenta música sobre el escenario, sino distintos tipos de danza con un público que llega leal cada viernes a aprender nuevos pasos de baile. Los conciertos no tendrán grandes nombres en sus carteles, no tendrán una dirección “cool” o no vendrán acompañados de una cerveza, sin embargo, agotan los boletos y llenan las butacas. Para un lugar como éste, que depende del dinero público, esto es un gran logro. Chicago y su música, para todos. Más democrático no se puede.

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¿Por qué Chicago trae dentro esta cosquilla? ¿Qué hay en la ciudad que históricamente la ha hecho tan prolífica musicalmente? No son sólo los venues, sino los festivales en el verano, los músicos en las calles, las tiendas de discos y las bandas que aquí encontraron un lugar para crecer. No es sólo el presente de Chicago que vibra musicalmente, sino su historia que hace pensar en diversión y en música. Puede que sea lo ecléctico de su población, puede que sea una ciudad que siempre ha estado abierta al cambio, a lo distinto, que experimenta, o puede ser que nunca se sepa bien a bien. Lo cierto es que Chicago se mueve, baila, produce, escucha, innova. Chicago es inherente a su música, tanto como ésta es inherente a su ciudad. No son una sin la otra.  t

 

Viviendo de noche por Liz Garibay

Historiadora y amante de la cerveza

Twin Anchors 

Fue construido en 1873 como una carnicería, pero para 1890 ya era una taberna que, durante la Prohibición, se llamó el Tantee Lee Soft Drinks Company, un conocido speakeasy. Twin Anchors abrió en 1932, justo antes de que terminara la Prohibición. Continúa siendo un favorito de varios residentes del área.

Green Door Tavern

Se construyó en 1872 y es el edificio de madera más antiguo que hay en Chicago. Su sótano fue uno de los primeros speakeasies que se abrieron en Chicago, y el nombre actual del bar se ganó porque se decía que “la gente correcta” sabía que tenía que buscar una puerta verde para entrar a éste. El speakeasy, aún abierto, tiene la barra, el escenario y las escaleras originales de los años veinte.

Schaller’s Pump (3714 S. Halsted St.).

Es el saloon más antiguo de Chicago aún en funcionamiento. Abrió como un bar en 1881 y sobrevivió a la Prohibición como un speakeasy. Se dice que la Cervecería Ambrosia estaba justo al lado y que bombeaba su cerveza directamente al bar. Durante estos años, se ha convertido en el lugar perfecto para hacer una parada antes de ir a un juego de los White Sox.

Coq d’Or 

El 6 de diciembre de 1933, justo un día después que terminó la Prohibición, abrió el Coq d’Or en The Drake Hotel, sirviendo cocteles a ansiosos, emocionados y sedientos huéspedes. Hoy en día, el bar continúa siendo de los más queridos de Chicago.”

Únanse a los recorridos de historia de Chicago a través de sus bares con Liz.

en talestavernsandtowns.com

@HistoryOnTap

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