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Tejiendo México: los telares de San Mateo del Mar y las grecas de Mitla

De la mano de Lincoln, recorrimos el estado de Oaxaca para conocer las historias detrás de sus maestros artesanos textiles.

Por Marcella Echavarria
noviembre 2013

Guías de México
en Travesías

Viajar por México y adentrarnos en sus secretos mejor guardados nos lleva a entender la nueva definición de lujo: apreciación por lo local, lo hecho a mano, el talento de nuestros artesanos, la belleza del paisaje, los sabores locales, las texturas de los textiles y la calidez de la gente.

De la mano de Lincoln, la serie Tejiendo México propone un recorrido por el estado de Oaxaca y su riqueza artesanal a bordo de la nueva SUV Aviator Grand Touring Híbrida Conectable, que inicia el camino hacia la nueva era de electrificación y abraza la sustentabilidad en todos los aspectos. 

Foto: Frank Coronado.

Las tramas del Mar

Famoso por ser la tierra del maestro Francisco Toledo y del traje de tehuana, el istmo de Tehuantepec también resguarda a San Mateo del Mar. La zona es habitada por indígenas huaves (también conocidos como mareños o ikoots), cuya lengua tiene influencias del español y del zapoteco. Además, en San Mateo del Mar también vivió Doña Justina Oviedo Rangel.

Foto: Abisai Navarro.

Convencida de que para seguir adelante es necesario mirar atrás, Doña Justina pasó su vida entera frente al telar, tejiendo historias tradicionales del Istmo. En el proceso, reinventó el tejido redondo en el telar de cintura y recuperó una complicada técnica inédita de brocado. Y aunque falleció en el 2014, su trabajo continúa de la mano de sus descendientes y del grupo de artesanos que lleva su nombre, en el cual once miembros y varias niñas aprenden las técnicas textiles que les enseñan sus mayores.

Foto: Abisai Navarro.

Gran parte de los tejidos que hacía Doña Justina eran para el traje tradicional de las mujeres de San Mateo del Mar, el cual tiene dos funciones: lujo y mortaja, y sólo puede ser portado por las solteras. Este huipil tradicional se elabora utilizando algodón sembrado, cosechado e hilado por las propias mujeres, y es teñido con grana cochinilla, caracol púrpura o añil.

Para tejerlo se utiliza la técnica de la trama suplementaria (o brocado), y su decoración consiste en motivos que recuperan la flora, la fauna, la cotidianidad y la cosmovisión de la región: pájaros, barquitos con pescadores, tortugas y, por supuesto, el mar. Todo el proceso de elaboración toma aproximadamente un mes de trabajo y, una vez listo, se lleva sobre un deslumbrante enredo en rojo o morado adornado con líneas amarillas y tejido también en telar de cintura.

Foto: Abisai Navarro.

Uno de los colores más apreciados por Doña Justina fue el púrpura, que se obtiene del caracol Tixinda. El auge de este tinte alcanzó su máximo esplendor durante el período virreinal, cuando el alcalde mayor de Nicoya, Costa Rica, controlaba la extracción y el comercio del hilo de algodón teñido con Púrpura desde Acapulco hasta el norte del Perú.

En San Mateo del Mar, este colorante suele usarse en hilos de algodón coyuchi, una variedad americana de esta planta que actualmente se cultiva en muy pocos lugares y cuyo nombre significa “algodón de [color de] coyote” en nahuatl. El capullo de esta variedad es tan pequeño que es imposible hilarlo industrialmente. Por ende, todos los textiles fabricados con algodón coyuchi son elaborados a mano de principio a fin.

Foto: Marcella Echavarria.

Así, y de la misma manera en que los hombres de San Meto tejen sus redes y atarrayas para salir a pescar todos los días, las mujeres hilan las historias de su comunidad. Los textiles tradicionales contienen códigos y signos que hablan del arraigo, la continuidad y la fortaleza de un pueblo, manifiestan la riqueza cultural y recrean la manera de ver el mundo. Como alguna vez dijo la antropóloga Ruth Lechuga: “la indumentaria es un síntoma; es decir, el signo extremo de la cultura de un pueblo”.

Foto: Marcella Echavarria.

Grecas Tejidas

Primero mixteca, y luego zapoteca, Mitla es famosa por su zona arqueológica. No obstante, este poblado localizado en el Valle de Tlacolula, es también uno de los pocos lugares donde los hombres trabajan el telar de cintura, y el único donde lo hacen estando de pie. 

Foto: Abisai Navarro.

“Plasmamos en nuestras telas las grecas de la zona arqueológica de Mitla, además tejemos nuestra vestimenta tradicional que le llamamos tela de maíz porque tiene figuras que simbolizan los granos de maíz”, afirma Rodrigo Hernández Quero, líder del Taller Cocijo, un taller familiar que por casi medio siglo ha enseñado las tradiciones textiles de la zona de generación en generación.

Según narra Rodrigo, en el Valle de Oaxaca, pero particularmente en Mitla, fue donde los españoles introdujeron el paquete tecnológico mas avanzado del siglo XVI: la rueca para hilar, el urdidor vertical rotatorio y el telar de marco fijo y pedales, con el cual se pueden tejer cobijas y mantas con un ancho de hasta 2.50 metros, y que también es conocido como telar colonial (como referencia, el telar de cintura únicamente permite tejidos de hasta 60 centímetros). 

Foto: Abisai Navarro.

Sin embargo, la llegada de estos instrumentos no implicó la desaparición de las técnicas prehispánicas, sino que más bien las complementaron.

“Utilizamos hilos de lana que vienen de Puebla y los teñimos con colorantes naturales como la gran cochinilla, el palo de Brasil, la cáscara de coco, el pericón, el huizache, la granada y el encino, entre otros. Nuestra técnica se llama labrado de urdimbre y técnica de sarga. Cuando hacemos cobijas o rebozos los empuntamos con flecos enrollados y terminado anudado. Las grecas se elaboran directamente en el telar contando los hilos con gran precisión”, afirma Rodrigo mientras compartimos un mezcal en el patio de su casa una tarde de clima templado.

Foto: Abisai Navarro.

Más allá de las grecas que caracterizan a su zona arqueológica, Mitla también cuenta con una serie de espacios subterráneos cruciformes que en su época sirvieron como sepulcros y recintos para el ejercicio de ritos que aún se desconocen. Es por esto que —según el Instituto Nacional de Antropología— los mexicas bautizaron al sitio dieron el nombre de Mitla o Mictlan, que en náhuatl significa “lugar de los muertos”. Asimismo, su nombre en zapoteco es Lyobáa, que puede interpretarse como “lugar de descanso”, “sepultura”, “tumba”, “lugar abundante en cadáveres” o “cementerio”. 

Foto: Marcella Echavarria.

Las tradiciones de Mitla no sólo se encuentran plasmadas en las piedras. Sus danzas (como el Fandango Mitleño o las Bodas de Mitla) y su gastronomía, entre la que sobresalen los panes que hornean para Día de Muertos y el chocolate espumoso que hacen con el agua que proviene de los manantiales locales, son testigos de la urdimbre que caracteriza a esta antiquísima población.

De este modo, la tradición textil de Mitla refleja el sincretismo entre las culturas mixteca, zapoteca, europea y la modernidad misma.

Foto: Marcella Echavarria.

Foto: Frank Coronado.

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