diciembre 6, 2017
Recorrimos Vail en pleno mes de agosto
María Pellicer

Aunque Vail es definitivamente un destino invernal, sus paisajes veraniegos son el escenario ideal para disfrutar la naturaleza.

 

Si se trata de cambios dramáticos en el paisaje, el trayecto entre Denver y Vail es perfecto; menos de dos horas de carretera separan la ciudad más grande de Colorado de este pequeño pueblito que sirve de base al resort de ski. Mientras la carretea serpentea entre las montañas cubiertas de verde, se suben unos 1500 metros. El camino es especialmente hermoso en verano, cuando de lado y lado pueden verse como pintados a mano los arboles.

Vail es un destino primordialmente invernal. De hecho, el pueblo se fundó en 1966, cuatro años después de la primera temporada de invierno. Tal vez por eso muchos viajeros no saben que el verano es tan buen momento para visitarlo como el invierno y tal vez, por eso también, cuando me despierto temprano en pleno agosto y salgo de mi cuarto en The Sebastian, cruzo Vail Road y me parece como que todo el pueblo estuviera dormido. En realidad, es que lo está (y sin duda hay mucha menos gente que en temporada invernal).

Camino hasta Gondola One, reconociendo las callecitas y las construcciones que claramente están inspiradas en algún resort de esquí alpino. Tiendas, restaurantes y hoteles se intercalan uno con otros. Me imagino el movimiento que habría si fuera invierno, y agradezco la tranquilidad del verano. Delante de la góndola, como si fuera un gigantesco río que hubiera quedado congelado, o detenido, aparece la pista, o lo que queda de ella: un gran tapete verde que baja desde lo alto de la montaña. Es un paisaje extraño y hermoso; miro a mi alrededor y no tardo en ubicar otras pistas, otras bajadas que de lejos parecen rayas perfectas que peinan el bosque.

Efectivamente, Vail es primordialmente un resort de esquí, pero hay tantas cosas para hacer en el verano como en el invierno, solo hace falta ver la cantidad de niños que van apareciendo, con sus bicicletas y equipos listos para subir a la góndola y aprovechar las pistas desde temprano. Sigo mi camino hasta llegar a Lionshead, del otro lado de Vail Village.

Al atardecer, niños y grandes bajan de la montaña —casi todos, necesitados de un baño— mientras que las calles empiezan a llenarse de curiosos que van de una boutique a otra. No hay grandes marcas, ni cadenas internacionales, más allá de las especialistas en deportes de invierno y por eso, si se trata de equiparse, definitivamente hacer compras en verano (con súper rebajas) es buena idea.

Vail en agosto

Para cenar la lista de recomendaciones alcanzaría para una semana completa: la primera noche nos decidimos por Sweet Basil. Platos contemporáneos, y muchísimo ambiente. De hecho nos toca esperar un buen rato en la barra, pero la plática y una copa de vino hace que el tiempo pase veloz. Si hubiéramos bajado en bicicleta por la montaña tal vez podríamos asomarnos a alguno de los locales clásicos que ofrecen delicias americanas: hamburguesas, alitas de pollo, etc. Pero, no hemos gastado millones de calorías bajando la montaña…

El segundo día, y ya más familiarizada con el territorio me decido a subir la montaña. Quién viene a Vail en verano viene a disfrutar de la naturaleza, y las actividades en lo alto de la montaña. Hay dos maneras de subir, por las góndolas —hay que revisar cuáles permanecen abiertas y a qué hora— o, desde luego a pie.

Salgo de la cama con los primeros rayos del sol, paso por un café y me encamino a Berrypicker, un trail intermedio pero que si se hace de abajo hacia arriba es más desafiante. Me toma dos horas llegar hasta la cima, pero podría haber caminado el día entero. Uno camina entre un bosque tupido y de pronto se abre paso una pista, desde donde el panorama es completo, y uno entiende dónde está y qué tan lejos ha llegado. Perfectamente delimitado pero al mismo tiempo natural, el camino es una verdadera delicia.

Cuando llego arriba estoy empapada y hambrienta. Estoy en Eagle Nest, 650 metros más arriba de donde empecé —y entonces sí, se vale regalarse una hamburguesa para almorzar—. Una vez arriba lo que sobran son las actividades, ideales para los que van con niños. Desde tubing hasta ziplines, pasando por tours en 4×4 y desde luego, trails para bicicleta, aquí uno puede pasarse el día entero.

Por la tarde y si hay suerte, un concierto en el anfiteatro Gerald Ford es la mejor manera de recibir la noche. Después, para cenar Mountain Standard donde la trucha, las chuletas de cerdo y el salmón, nunca fallan. Es apenas una probadita de lo que hay que hacer por aquí en verano, una temporada ideal para disfrutar al máxima de la naturaleza y la tranquilidad de las montañas de Colorado.

 

 

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