marzo 1, 2018
El Amazonas en un crucero cinco estrellas
Rosa Chavez YacilaFotos de Ramiro Chaves

El río más grande del mundo es un destino codiciado. En su sección peruana, un navío de lujo ofrece la calidez de un hotel boutique.

1.

Embarcamos un viernes por la noche y está tan oscuro que sólo podemos distinguir algunos puntos de luz, como perlas brillosas a la distancia. Podría ser cualquier río y no el Amazonas en Loreto, en la selva del Perú. La lancha que nos lleva al crucero avanza lento en medio de la oscuridad y es difícil creer que el agua a nuestro alrededor nace en los Andes y se extiende por casi siete mil kilómetros a lo largo del Perú, Colombia y Brasil, alimentada por más de mil afluentes. Podría ser una piscina o un estanque, y no el río más largo y más caudaloso de todos que contiene el 15% del agua dulce del planeta, y cuyo curso se remonta a unos siete billones de años. El conductor del bote está de pie, inexpresivo. Por unos segundos imagino que en realidad no se trata del Amazonas, sino del Estigia, y que el hombre sin expresión es una suerte de Caronte local que nos lleva hacia un destino horrible y sin retorno.

 

Este viaje, sin embargo, durará sólo siete días y se supone que será lo opuesto a lo espantoso. Eso ha prometido Aqua Expeditions, la empresa de cruceros de lujo que navega por el Amazonas y también por el río Mekong, entre Vietnam y Camboya. Esta noche calurosa empieza nuestra expedición a bordo de su Aria Amazon, un crucero-hotel boutique que recorre desde 2011 este larguísimo río. Un barco de 45 metros de largo, nueve de ancho, tres pisos de alto y el peso de 200 elefantes.

Desde hace años esta nave valorizada en ocho millones de dólares llama la atención de la prensa de viajes. Sólo en 2017, el Aria Amazon ha recibido reconocimientos de múltiples publicaciones de lujo en Estados Unidos, Nueva Zelanda, Japón, Australia, Filipinas y el Reino Unido. Y es que dentro de las diversas clases que existen, el Aria Amazon es un crucero de río, que también es de lujo, que también es de expedición: tres categorías al mismo tiempo. Y opera en uno de los parajes más prodigiosos y a la vez inaccesibles del planeta. He ahí su charm, su mérito.

No sé si tenga que ver con su valor monetario y su prestigio o con mi miedo al destino, pero incluso a la distancia el Aria Amazon se ve impecable, seguro, soñado. La iluminación amarilla tenue, el casco de colores marrón y plomo, las enormes ventanas de las habitaciones, el techo blanco. Parece un chalecito acogedor levitando sobre el agua. También parece la única certeza en la negra vastedad que nos rodea.

2.
Apenas pisamos el Aria Amazon —“un sueño hecho realidad”, según un video promocional de Aqua Expeditions—, el capitán, el director de crucero y otros miembros de la tripulación nos reciben con sonrisas y apretones de mano. “Bienvenidos”, nos dicen, como si nos estuviéramos reencontrando. Estamos partiendo de Iquitos, el puerto fluvial más grande del Perú. Iquitos queda en Loreto. Desde Loreto se entra al Amazonas. La selva del Amazonas abarca alrededor de 6.7 millones de kilómetros cuadrados en nueve países de Sudamérica y allí se descubre una nueva especie de planta o animal cada dos días, según el último informe de la World Wildlife Fund. Eso quiere decir que para cuando haya terminado el viaje unas tres especies habrán sido descubiertas. Somos poca cosa, pienso mientras subo a mi habitación y me preparo para ir al comedor, un grano inocuo en la espesura.

 

La habitación que me han asignado es la 202, al inicio del pasillo del segundo piso. Miro detenidamente su interior, sigo creyendo que no estoy en la selva. Cada una de las 16 suites del crucero miden 23 metros cuadrados, y podría dormir media docena de personas. Cama king size cubierta de sábanas y cobertores hechos con el mejor algodón del Perú. Clóset de madera con una caja fuerte en el interior. Baño con accesorios de Italia. El papel decorativo de las paredes, de Malasia. Las lámparas y las luces, de España. Es un barco lujoso, pero su lujo no es rimbombante, no intimida. Si no estás acostumbrado a él, pronto se te hace familiar.

Durante el viaje, también te acostumbras a las “atenciones de lujo”. Beber mimosas because you’re the best, brindará uno de los guías—, luego de una excursión agotadora. Tener carta libre para beber vino y cerveza y agua y limonada y jugos de fruta exótica —camu camu, guaba, aguaje, maracuyá— a bordo. Encontrar cada mañana, sobre la cama, una toalla con forma de flor o pájaro o serpiente o tortuga u oso hormiguero. Confiar en la armonía geométrica que los cabinistas imponen en la suite: la ropa sucia acomodada en un rincón, las zapatillas en fila india, los artículos personales formando sobre el tocador un cuadrado perfecto.

Ninguno de estos detalles, sin embargo, llegará a compararse con lo que ocurrirá frente a mi cama. Una ventana que abarca toda la pared, de esquina a esquina, y por la que ahora sólo se ve oscuridad, en cuanto haya luz me proveerá de amaneceres y panorámicas de la selva y radiantes vistas del río con todo lo que ocurre sobre sus aguas. Cine 3D de la Amazonía, en vivo y en directo.

Son las nueve y media de la noche. El crucero ha comenzado a moverse. Me despido de algunos amigos por el chat, no tendré señal telefónica ni Internet durante el viaje. Siento que cada vez me importa menos.

3.
El Amazonas no parece un río, sino el mar. Lo pienso durante nuestra primera excursión. Vamos en cuatro lanchas de aluminio, nos deslizamos por las aguas a pescar pirañas. Los datos que sé de memoria sobre este río, los que me enseñaron en la escuela o leí en algún artículo, empiezan a cobrar sentido, se vuelven creíbles: sólo dos horas del caudal del Amazonas son capaces de satisfacer por un año las necesidades fluviales de toda Nueva York. Por momentos podemos ver una de sus orillas, pero no la otra, hay que imaginarla: su ancho relativo es de hasta cinco kilómetros, pero en época de creciente, cuando hay inundaciones, se extiende hasta 50 kilómetros más allá de ambas riberas. A veces sólo está nuestra lancha y la inmensidad de las aguas color café con leche.

 

Pero las aguas a veces no separan tanto las orillas. Hay lugares “normales”, y allí vemos de cerca a los vecinos fuera de sus cabañas, haciéndonos adiós con la mano. O a los pescadores en sus canoas cargadas de peces gato. O nos topamos con un agricultor cuidando de sus sembradíos de yuca. O con un niño en la ribera, cargando un capibara, un roedor del tamaño de un gato.

En las partes mucho más estrechas y escondidas el agua cambia de color, se pone negra. No oscura: negra. Esto pasa, nos explica uno de nuestros guías, porque las hojas y plantas que caen se descomponen y liberan ácido tanino, que les da esa coloración. El color negro del agua nos impresionará a lo largo de la semana.

Un día, mientras buscamos monos nocturnos, una pasajera canadiense de cabello rubísimo y sonrisa inagotable me muestra asombrada una de las fotos que ha tomado: cuesta unos segundos reconocer cuál es la superficie de la tierra sobre la cual estamos parados y cuál es el río, que refleja perfectamente todo, como si se tratara de una materia sólida. “I don´t know how to differentiate them”, dice. El agua es un espejo negro.

4.
Los delfines son sagrados en el Amazonas. Los vemos desde el primer día de las excursiones, nadando en grupos por el río café con leche —no entran a las aguas negras—. Las personas no los cazan, los respetan. Uno de los guías cuenta que el delfín rosado es un animal mítico. Que en las noches se convierte en un muchacho rubio que pasea por los pueblos buscando novia. Me refresco el rostro con una toallita húmeda con olor a menta y pienso en la posibilidad del cetáceo galán.

“Gris” y “rosado” son dos palabras que oiremos mucho durante el viaje. Porque en el Amazonas además del rosado, existe el delfín gris. Pero los delfines rosados no son siempre de color rosado. Son rosas los machos adultos. Los demás tienen la piel gris claro. Gracias a la paciencia de los guías —que en el Aria Amazon son realmente encantadores— aprendo a diferenciar una especie de otra por sus lomos. Casi sin equivocarme, lo cual me hace sentir entre orgullosa y aventurera. Los grises tienen una aleta y los rosados, una joroba. El crucero también funciona como una clase exprés de zoología amazónica y coaching personal.

El viaje, además, nos sirve como un desengaño. Las pirañas no son asesinas. Esos pececitos, que en el Amazonas tienen la panza roja, no van tras de ti como fieras hambrientas. Lo comprobamos durante los dos días en los que practicamos la pesca de piraña, una de las actividades de las excursiones por las orillas del Marañón y del Ucayali. Las pirañas muerden, pero si estás en su territorio. Sangrando bajo el agua. El guía dice que podemos llevar las que atrapemos al crucero, para que las cocinen. Del Amazonas al plato.

Nuestras armas son cañas delgadas y carnadas. Primero debemos agitar el agua con la punta de la caña, luego lanzar el anzuelo con la carnada. Apenas sentimos el tirón, jalamos hacia arriba con fuerza. El guía hace una demostración y atrapa una piraña sin mucho esfuerzo. Los pasajeros somos menos habilidosos, sólo algunos consiguen pescar. Las pirañas, rápidas y hábiles, comen la carnada sin morder al anzuelo. Una agente de viajes italiana sólo logra sacar una lechuga acuática a la superficie. Una fotógrafa china atasca el anzuelo en una rama. Un joven inversionista de Estados Unidos, cansado de no pescar nada, se sienta a beber una cerveza de trigo que sacó de la hielera cargada de bebidas que tenemos a disposición. Yo pesqué dos pirañas, pero luego tuve remordimientos. No soy una cazadora, soy una comensal.

5.
Las pirañas que pescamos las preparan para la cena: fritas y servidas sobre hojas de bijao, pero deliciosas y espinosísimas. Éstas son sólo un detalle extra del menú habitual del crucero. La comida que sirven en el Aria Amazon está hecha en un 70% a base de productos de la selva. El menú fue diseñado por Pedro Miguel Schiaffino, reconocido chef peruano, investigador y difusor de los insumos amazónicos. Un cocinero distinguido por The Diners Club World’s 50 Best Restaurant Academy. Un rockstar por estas tierras.

Hay caldo de carachama ahumada con cecina y sacha culantro, cremoso de guanábana con banana yogurt y quinoa crujiente, chorizo regional y calabresa de ají verde, pollo al ají negro con arroz con achiote y farofa, soufflé de plátanos con salsa de tumbo, cebiche de paiche a la grilla, tocino y cecina frita con salsa de cocona. Hay panes recién horneados, jamones, quesos, jugos, yogures. Cada día se prepara un tipo de comida diferente: oriental, criolla, campestre, burguer, a la brasa. Todos al estilo de la Amazonía. La comida es copiosa, los mozos son simpáticos y te tratan con familiaridad, el comedor es cálido como un nido. Y es una trampa. Los pasajeros disfrutan y hablan sobre los kilos que de seguro han ganado. Un día vemos un colibrí. El guía comenta que es un animal capaz de comer hasta tres veces su peso. “Yo siento que hago lo mismo en el crucero”, dice una señora francesa.

6.
Vemos colibríes nuquiblanca y también mariposas azules, iguanas apashira, monos fraile, ranitas venenosas. Avistar animales es lo que más hacemos durante las excursiones, nunca nos cansamos. Y podemos hacerlo gracias a los guías naturalistas Roger, Juan Luis, Neycer y Luis Miguel. Vamos surcando el Marañón o el Ucayali en las lanchas, cuando de repente uno de ellos levanta los brazos con las palmas bien abiertas y lanza un gritito extático —“aaaah”, “uuuuh”, “ooooh”—, que indica que acaban de encontrar algún animal entre la vegetación, allí donde los habitantes de la urbe sólo vemos una maraña de troncos, hojas y ramas.

“¿Cómo lo hacen?”, no dejamos de preguntarles, como reclamándoles por qué ellos pueden y nosotros no. Todos tienen años, décadas de experiencia. Han nacido en las comunidades de Loreto, están familiarizados con el entorno. Diferencian el canto del loro, el del guacamayo, el del tucán. Están al tanto de qué ave encontrarán al lado de un nido de termitas. Pueden distinguir un ficus sano de uno enfermo. Detectan en la oscuridad el reflejo de los ojos de un caimán bebé. Saben que en un solo árbol de la selva amazónica peruana hay más especies de hormigas que en todo Inglaterra.

Nosotros tardamos varios segundos en reconocer cuál es el árbol que debemos mirar y otros segundos más en encontrar a la criatura que los guías han visto hace rato, a metros de distancia. Tardamos incluso si vamos armados de celulares, cámaras fotográficas con lentes que parecen bazucas, binoculares. Hasta que por fin aparece el tuqui tuqui, la boa cola rola, el mono pichico, la golondrina aliblanca, la mama vieja, el pelejo. Hay ocasiones en las que no llego a distinguir al animal en cuestión, pero no digo nada, por pudor.

Tras un par de horas metidos en la selva, algunos cogen confianza, creen haber adquirido “la habilidad”. “Ahí está, ahí está”, dice un empresario australiano que vive en Dubái. Ha visto la serpiente que buscamos. La lancha se acerca hacia donde él señala. Cuando alcanzamos el lugar, vemos que sólo se trata de un tronco seco sobre la hierba.

7.
En el Aria Amazon se practica el soft adventure. Hace calor, los mosquitos comen nuestras carnes extrañas. Al final de un día de excursión terminamos terrosos, transpirados. Hay acción, hay esfuerzo y cansancio. Pero luego, al regresar al barco, te esperan los engreimientos de un hotel boutique: el barman te recibe con vasos de jugo de alguna fruta “exótica”: camu camu, guaba, aguaje, maracuyá. Sonrisas por aquí y por allá.

Puede que un día agitado y caluroso termine contigo flotando panza arriba en el Amazonas. Te lo mereces: has visitado una comunidad, has practicado canotaje y kayak. Parece poco, pero ha sido intenso, por el calor sobre todo. Esos días de excursión, en los que se hacen tres o cuatro actividades, son particularmente agotadores. Pero terminan bien, con chapuzones revitalizantes. Duchazos ecofriendly.

Antes de que se lance al río, el guía le pide a un empresario retirado estadounidense que por favor no olvide mirar a la cámara —este guía lleva una cámara fotográfica a todas partes—. El empresario retirado se prepara y da un salto envidiable. Otros pasajeros, un poco más corpulentos, entran discretamente al agua bajando por una escalerita que para la ocasión se ha adaptado en cada lancha. Para quienes estén inseguros o no sepan nadar hay flotadores y chalecos. El Amazonas es uno de los pocos lugares en donde todos los pasajeros del crucero se ven más o menos iguales. Con la piel expuesta, con los peinados lamidos, sonrientes. 

Los pasajeros de este crucero también se parecen en que están en medio de trayectos largos: vienen de Galápagos o del lago Titicaca, luego van al carnaval de Brasil o a Machu Picchu. Un estudio de la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros dice que, a diferencia de los pasajeros de los cruceros de mar, los de cruceros de río están mucho más dispuestos a ver y hacer cosas nuevas. Sólo el 19% de los cruisers de río toman el crucero para relajarse. Aunque nadando en estas aguas, la verdad es que se ven muy relajados.

Un par de amigas de China merodean cerca a los bañistas, en un kayak. Como no querían bañarse, prefirieron remar a sus anchas. Mueven sus remos al compás. Adelante atrás, adelante atrás, en una coreografía perfecta sólo de la cintura para arriba.

Los kayaks son del crucero, pero las canoas son de las comunidades. Canotaje y kayak se practican al mismo tiempo. Yo prefiero las canoas, los kayak van muy pegados al agua y me producen inseguridad. Subo entonces a una canoa, conducida por un niño de unos ocho años. Volteo para preguntarle si estoy remando correctamente, pero no me contesta. Está bromeando con un amigo de más o menos su misma edad, a cargo de la canoa de otros viajeros. Juegan entre ellos, hacen la finta de querer estrellar las canoas unas contra otras. Como los carritos chocones en versión “selva peruana”.

En las visitas a las comunidades hay menos adrenalina, pero a cambio hay más ternura. Interactuamos con los niños pequeños que nos dicen tímidos sus nombres: Erika, Max, Omar, John, Priscila, Harry, Ruth. Aqua Expeditions trabaja con alrededor de 22 comunidades nativas. La idea es que los viajeros conozcan no sólo la flora y la fauna de la Amazonía, sino también a su gente. Cómo viven, de qué viven, qué les gusta comer. Y es una oportunidad de llevarles donaciones, las necesitan. Después de despedirnos pasamos por una “miniferia” que los vecinos han montado, para ofrecernos sus artesanías. Ramiro, el fotógrafo que me acompañó en este viaje, me muestra lo que ha comprado: un delfín rosado tallado en madera de color rojizo.

8.
A veces provoca no ir a las excursiones sólo para quedarte dentro del crucero. Provoca pedir alguna deliciosa bebida al barman       Robinson, que parece hablar siempre con dulzura, y luego recostarse en uno de los salones del bar-lounge, en el tercer piso. Vienen unas ganas de echarse en la cama de la suite y mirar a través de la pared-ventana lo que sea que pase por delante: el sol, un ferry, las cabañas ribereñas.

Hay quienes prefieren, de hecho, no ir a las excursiones y quedarse en el jacuzzi, que está en la parte de la proa, elevado a unos centímetros del piso como un altar de aguas burbujeantes. Hay otros que se quedan porque están leyendo un libro policial muy interesante, recostados en las camillas del lounge exterior. Están también los que alargan la siesta hasta la hora de la cena o los que se quedan tomando un masaje. Hay de todo.

Además, hay ganas de quedarse en el barco porque sabes cómo son los tripulantes. Cordiales y eficaces de una forma que no parece impostada. Si tienes picaduras de mosquitos, le piden al paramédico una crema para ti. Aprenden rápido si prefieres el sauvignon o el chardonnay. Si estás de aniversario de bodas —como lo estuvo una pareja canadiense— te sorprenderán en la cena, cantándoles a ti y a tu pareja “Bésame mucho”. Y repartirán el pastel de aniversario para todos. 

9.
El último día de enero vamos en busca de una anaconda. Falta poco para finalizar el crucero, salimos de excursión nocturna para ver si nos encontramos por fin con la serpiente estrella de la Amazonía. Estamos a punto de atraparla, pero al final no lo logramos. El animal es escurridizo y se escapa de las manos de uno de los guías, que no la atrapa apenas por unos centímetros. La serpiente más grande de la selva, para algunos encarnación de la amenaza y la monstruosidad, huye de nosotros como un roedor acechado.

Más tarde encontramos un caimán. Más bien, los guías lo encuentran y lo atrapan para nosotros. La gente se alegra. Un caimán no es tan impresionante como una anaconda, pero también cuenta como un hallazgo importante. Los pasajeros más valientes lo cogen entre sus manos, tomándolo del cuello y la panza. Es un animal pequeño, del tamaño de un hurón. Fotos van y vienen. No lo lastiman, sólo lo sostienen para observarlo. Me acerco y toco su lomo, está frío y húmedo. Siento una especie de culpa que me entristece. Está quieto, indefenso. Sus ojos relumbran, parecen dos canicas a punto de estallar.

De regreso al crucero aparece la luna llena, como un plato enorme sin quiñaduras. Nunca la había visto tan grande y brillante. Ni tan cerca. Intento tomar alguna foto buena con el celular, pero ninguna le hace justicia y la luna se ve como un círculo ridículo allá arriba.

Agradecemos a Francesco Galli Zugaro y Aqua Expeditions por todas las facilidades brindadas para que se llevara a cabo esta cobertura.

 

Más Leídas

Ver Más