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Impresiones locales: revalorar los espacios (naturales) de siempre

Mientras la Ciudad de México va retomando el ritmo de a poco, cuatro colaboradores nos comparten sus vivencias pandémicas desde distintos ángulos.

Por Anais Martínez
Fotografía de Diego Berruecos
julio 2021

Guías de México
en Travesías

Está claro que cada quien vivió el inicio de la pandemia de manera diferente, pero, sin duda alguna, todos nos alejamos de la rutina que llevábamos y entramos en una nueva era que poco se parecía a nuestra vida anterior.

Hace apenas un año, nuestro día a día transcurría entre las mismas cuatro paredes. Pasábamos la mayoría de nuestro tiempo mirando fijamente pantallas de distintos tamaños, el alcohol y la comida chatarra eran de consumo libre, el uso de pantalones era por completo opcional y vivíamos con cierto temor a ese viaje semanal al exterior (que era únicamente para obtener más provisiones).

Con el tiempo, las salidas al parque y las caminatas alrededor de la cuadra se volvieron momentos de autocuidado y desestrés. Quizá sea por eso que, cuando terminó la cuarentena estricta, el sentimiento de apreciación profunda por la ciudad y sus múltiples espacios abiertos fue algo generalizado.

Poco a poco, el deseo de respirar aire puro y dejarse envolver por los rayos del sol se convirtió en una necesidad de reconectarse con el lugar que habitamos y su gran diversidad. A la par se dio un gran interés respecto al origen y la calidad de nuestros alimentos y nuestras raíces culinarias. Fue entonces que actividades como ver el amanecer desde una trajinera, caminar en medio de un campo repleto de nopales o recorrer un bosque se convirtieron en los planes más anhelados para el fin de semana.

Quién iba a imaginar que aquel plan adolescente en Xochimilco —cartón de cervezas, fritanga, cantar las canciones más mexicanas del repertorio y, posteriormente, jurar que jamás se iba a volver a tomar— se convertiría en una visita para aprender más acerca de sus canales, las chinampas, la calidad del agua y los productos de temporada. Todo con su respectiva comilona, protagonizada por ingredientes recién cosechados. Más fresco, imposible.

Ocurrió lo mismo con las zonas de bosque. De repente sobraron las ganas de desempolvar la ropa más abrigadora y pasar un día entero casi en total silencio, como si fuera un acto meditativo, en busca de diferentes hierbas comestibles, moras silvestres y, en temporada de lluvias, los codiciados hongos.

Este tipo de experiencias no nació durante la pandemia. Sin embargo, muchas eran actividades que los residentes locales pasaban por alto y eran aprovechadas, en su mayoría, por visitantes extranjeros.

Ahora que esta ciudad pospandémica no sólo es habitada por gente que nació aquí, sino que es una mezcla heterogénea de chilangos por adopción (que han migrado tanto de países vecinos como de algunos más lejanos), la importancia de este tipo de visitas y recorridos adquiere una nueva dimensión. Se trata de priorizar todo lo que está “al aire libre” como medida de seguridad y de apoyar distintos proyectos con un impacto social y ambiental en los pulmones de la ciudad.

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Anais Martínez es gastrónoma y comedora profesional de tacos. Tiene una empresa de tours culinarios y se encarga de acercar a un sinfín de viajeros a los mejores mercados, bares y experiencias gastronómicas de la ciudad.

En el último año y medio, la pandemia sacudió el pulso de la Ciudad de México. Sin embargo, la nostalgia provocada por lo que cambió (o se perdió) con el tiempo se compensó con todo tipo de nuevas propuestas —desde espacios culturales emergentes hasta taquerías que promueven la vida de banqueta— y esos lugares de siempre que, irónicamente, apenas aprendimos a valorar. Mientras la ciudad va retomando el ritmo de a poco, cuatro colaboradores nos comparten sus vivencias pandémicas desde distintos ángulos.


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