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Impresiones locales: deveras que todo sigue igual…

Mientras la Ciudad de México va retomando el ritmo de a poco, cuatro colaboradores nos comparten sus vivencias pandémicas desde distintos ángulos.

Por Diego Cera
julio 2021

Guías de México
en Travesías

A un tío y a un amigo que ya no alcanzaron a leerme

Sólo bastó una pandemia para darnos cuenta de que nos hacían falta ventanas. Ninguna de las cosas que pasaron al activarse el confinamiento ocurrió en Neza. Aquí no cantamos “Cielito lindo” desde nuestros balcones ni arrancamos proyectos ecológicos en nuestras azoteas por dos simples razones: primero, no tenemos balcones, y segundo, es probable que nuestra azotea sea la sala del vecino.

En realidad, no importa la colonia o la delegación, en el imaginario colectivo de la Ciudad de México el paisaje del área metropolitana se basa en las viviendas de interés social. Esas que donde quiera que se levanten le dan a la zona el mote de “ciudad dormitorio”, y con toda razón. Hasta hace poco más de un año, la colonia sólo cobraba vida durante la noche y un poco en las mañanas. El resto del día se respiraba esa paz seca que emanan las casas vacías.

Quizá aquella fue la razón por la que nos tardamos tanto en notar la falta de luz en nuestras casas. En lo que antes llamábamos un día normal, la única función del sol era la de marcar el inicio y el fin de la jornada. Lo cierto es que muy tarde nos vinimos a dar cuenta de lo importantes que son las ventanas, las luces y los espacios abiertos para cualquier ciudad y sus colonias.

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Si hace unos meses me hubieran preguntado qué tanto cambió Neza después de la pandemia, ni siquiera habría contestado. Quizá habría dicho que “nada” para zafarme de la conversación, pero es que verdaderamente no me había dado a la tarea de pensar ni en los cambios de mi cuadra.

Volviendo al tema de las ventanas, la mía da al mismo prado donde lo único que cambian son los perros que van ahí a hacer del baño. Desde aquí, una actividad tan vital para los barrios como lo es el chisme simplemente no ocurre. Si uno quería enterarse de algo, tenía que esperar a que se acabaran el huevo o las tortillas para salir a la tienda y explorar las calles de reojo.

De lo único que me mantenía más o menos enterado era de la vida del vecino de abajo, que aprovechó la ley seca para vender caguamas. Antes de eso había intentado venderles comida a los vecinos, pero dejó de hacerlo porque, al igual que él y su familia, todos la estaban viendo difícil. Igual lo siguió intentando.

Unas semanas después, desde la ventana, noté que su Stratus color vino había desaparecido y en su lugar estaba una moto con la que engrosaría —todavía más— las filas de los repartidores que todos los días llevaban comida a las colonias centrales de la ciudad. “Ahorita ahí está la lana”, lo escuché decirle a uno de sus amigos, y hasta cierto punto parecía que era cierto. Apenas pasados unos meses tenía una moto nueva, aun cuando una de las aplicaciones en que se había contratado le congeló el pago sin razón aparente.

La del vecino es una de las muchas realidades que ocurren en la zona conurbada, ésas a quienes la cuarentena pasó de largo. Entre ellas están las vidas de albañiles, comerciantes y obreros que no pudieron hacer home office, para quienes el “quédate en casa” era más una broma de mal gusto que una recomendación oportuna.

Todos los días, el Metro estaba repleto de esas realidades. Lo que no sabían es que, mientras ellos luchaban por un lugar en el convoy naranja para no atrasarse en el trabajo, había algunas personas en Twitter “dándoles una voz” que ni siquiera habían pedido, y otro tanto compitiendo por ver quién era más marginal y quién tenía la casa más periférica de internet. Para ellos, la colonia ni siquiera tuvo tiempo de cambiar.

*  *  *

Con el semáforo amarillo, dijeron, era más seguro salir y reactivar la economía. Acá eso significó un sinfín de negocios improvisados en cocheras y zaguanes; de repente, Neza se convirtió en el paraíso del antojo. Cada tres o cuatro casas hay un puesto de chicharrones, dorilocos, papas, micheladas o azulitos, y la historia siempre es la misma: “Es que está cabrón y de algo hay que salir”.

En esa misma temporada, los regresos escalonados a las oficinas comenzaron a asomarse. No fueron pocas las casas que volvieron a quedar vacías durante el día y las ventanas —o la escasez de ellas— volvieron a pasar a segundo plano. La cartera indica que ya es hora de salir a “echarle ganas”. Porque ni cayéndose el Metro se detiene esta monstruosa joya que llamamos capital.

Pronto será viernes y el vecino se plantará en el prado invadido de hormigas acompañado de sus amigos, platicarán de sus días y, mientras beben un par de tragos, encenderán su bocina para quedarse allí hasta bien entrada la noche. Yo los veré desde mi ventana, así como lo he hecho desde hace más de un año, y escucharé, casi como un profético rumor, a los Cadetes de Linares cantando que aquí todo sigue igual.

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Diego Cera es un literato no autorizado, músico y creador toluqueño adoptado en Nezahualcóyotl. También come, camina, siembra y toma fotos en la Ciudad de México.

En el último año y medio, la pandemia sacudió el pulso de la Ciudad de México. Sin embargo, la nostalgia provocada por lo que cambió (o se perdió) con el tiempo se compensó con todo tipo de nuevas propuestas —desde espacios culturales emergentes hasta taquerías que promueven la vida de banqueta— y esos lugares de siempre que, irónicamente, apenas aprendimos a valorar. Mientras la ciudad va retomando el ritmo de a poco, cuatro colaboradores nos comparten sus vivencias pandémicas desde distintos ángulos.


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