abril 17, 2019
Baja California Sur sin huella (cómo hacer turismo sustentable)
Redacción TravesíasTexto: Mael Vallejo Fotos: Camilo Christren

La zona a la que Jacques Cousteau llamó “el acuario del mundo” está en un momento complicado a nivel ecológico

Un ojo enorme, negrísimo, me ve directamente mientras yo río. La boca, en la que podría caber mi torso entero, está abierta y tiene una mueca que bien podría ser una sonrisa. Con ella empuja la lancha en la que estamos. Su cuerpo se extiende bajo el agua por varios metros —¿10?, ¿15? No tengo forma de saberlo—. Detiene su avance unos segundos solamente para respirar. Al exhalar nos llena de agua y vapor, y después sigue empujando. Extiendo mi brazo y la acaricio: es como tocar un pimiento, pero lleno de pequeñas rocas.

El ojo sigue viéndome mientras sigo acariciándola y hablándole como si fuera un perro monumental. Se aburre de nosotros y busca otra embarcación. Subo la vista y alrededor, a no más de un centenar de metros de distancia, se ven seis pequeñas nubes de vapor en forma de corazón. Estamos rodeados de ballenas y tuvimos la suerte de que una de ellas viniera a jugar con nosotros. No puedo parar de reír.

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Un campamento distinto

La lancha nos deja al costado de una duna de arena que da a la bahía de Magdalena. A lo lejos veo también seis tiendas de campaña de dos metros de altura por unos tres de largo con vista al mar. Subimos a ella por un camino marcado por pequeños trozos de madera pintados de blanco.

Sebastián, el guía principal de RED Travel, da la regla número uno del campamento: nadie camina fuera de las zonas marcadas. Las maderitas resguardan plantas y dunas. La idea es que, cuando este campamento se levante, lo único que dejemos aquí los humanos sean nuestras pisadas.

Cuando nos dijeron que íbamos a acampar de forma ecológica no era esto lo que imaginaba. Mi experiencia de ese tipo de camping siempre había sido tener arena en lugares innombrables, intentar dormir esperando no asfixiarme y rogar porque los baños no fueran una pesadilla. Esto es totalmente distinto.

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Al interior de las casas de campaña hay camas cómodas, tapones para los oídos y una escobilla para limpiar los zapatos. Todos los días el equipo del campamento, conformado por pescadores de la zona que ganan ahí más de lo que harían aventando redes, limpian la arena de la casa. Parecen cosas menores, pero al estar ahí no lo son.

Los baños son escusados normales, pero todos los deshechos se hacen composta. Usarlos es tan fácil como colocar aserrín en el bote que los contiene. El equipo los limpia varias veces al día. En la casa de campaña que se utiliza como ducha —baño ranchero pero con agua caliente— hay shampoo y jabón biodegradable, y toallas limpias. El agua que se utiliza en los lavabos se recolecta y después se trata. Las tres comidas del día son deliciosas y hay un menú para escoger. Se utilizan productos locales y frescos. En resumen: se trata de acampar, pero con todas las comodidades de un hotel.

Pancha, la tortuga

La tortuga se llama Pancha, pesa 113 kilos y mide más de metro y medio de largo. Eso lo sabremos después, por el momento sólo es la tortuga más grande que haya visto en mi vida. Don Chuy la saca del mar y le quita la red especial —que no la lastima—que colocó hace unas horas para capturarla. En el fondo de la lancha ya hay otras dos, más pequeñas, que también fueron capturadas hace minutos.

Jesús Lucero, don Chuy, es un experto en tortugas y coordinador de Grupo Tortuguero de las Californias, un grupo especializado en la conservación de las cinco especies que se pueden encontrar en la región: prieta, amarilla o caguama, golfina, carey y laúd. Pancha es una prieta, aunque en realidad es totalmente verde.

Él ha convivido con ellas desde hace casi 50 años. Nació a unos cientos de metros de donde está colocada la red. Fue pescador, de padre y abuelo pescadores, y llegó a capturar tortugas para venderlas o comerlas.“No sabía nada de ellas, sólo eran unos animales más que podía agarrar para sobrevivir”, dice. Mientras trabajaba en Cabo Pulmo, a varios kilómetros de esta zona, acompañó a un grupo de expertos a ver cómo salían las tortugas de sus huevos y se arrastraban al mar. Decidió protegerlas. Lleva más de 25 años intentándolo. “Hoy sé que he salvado muchas más de las que capturé”.

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Un ecosistema (y una población) cerca del colapso

Esta historia, la de Baja California Sur, es como todas: puede tener un final feliz o uno terrible. Cancún y Tulum son ejemplos de lo segundo en nuestro país, con decenas de hectáreas de manglar destruido y un ecosistema cerca del colapso. No existen ejemplos claros del primero, pero grupos ecologistas e investigadores creen que este estado puede serlo.

Jacques Cousteau le llamó, hace más de tres décadas, el acuario del mundo. La bahía de Magdalena, donde estamos, no sólo es eso: es un área natural protegida por el gobierno federal desde 2016 y un paraíso para decenas de especies de todo tipo: aves, mamíferos, fauna marina, todo tiene lugar aquí.

Una de las razones es que ahí se encuentra el bosque de manglar con mayor superficie en la península de Baja California: 24 000 hectáreas. Estos manglares no sólo son el hábitat de estas especies, sino también absorben dióxido de carbono.

El problema es que el turismo aquí ha crecido como en la mayor parte de México: un depredador que acaba con todo, desde las plantas y animales hasta el agua y la forma de vida de quienes ahí viven. Como en Los Cabos, a donde llegan cada año miles de turistas a bañarse en sus playas, convivir de forma descontrolada con la fauna y gastar el agua que no existe.

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Baja California es un estado semidesértico y el agua sólo alcanza para cubrir las necesidades básicas de su pequeña población. Sólo se concentra en lugares muy específicos, como la Reserva de la Biosfera Sierra de la Laguna, en donde se ha intentado abrir una mina para obtener oro, la cual contaminaría toda la región.

Wolfram Heise, experto en conservación y desarrollo sustentable, señala que debido al turismo cada vez se extrae más agua del subsuelo. Esta es de menor calidad y cada vez llega a menos personas. Muchas de las colonias populares de La Paz, la capital del estado, reciben agua por tandeo: un día sí y otro no. En sequía, esos plazos se alargan.

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La diferencia entre hacerlo bien y mal

La pesca indiscriminada también ha causado muchos problemas. La vaquita marina, de la cual sólo se registraron 22 ejemplares en 2018, no es la única especie afectada. Los pescadores de la región cuentan que hasta hace un par de décadas siempre había pescado en sus redes a pocas decenas de metros de dejar la costa. Hoy deben hacerlo más lejos y a mayor profundidad. Wolfram Heise dice que los peces de esas zonas profundas no se reproducen tan rápido, lo cual ha provocado la escasez: “No le estamos dando tiempo al mar de que pueda regenerar lo que estamos extrayendo de él”.

Cecilia Brasco, asesora de RED Travel, dice que hay otra forma de actuar: turismo sustentable que no deprede, sino que cree conciencia, que busque dejar la menor huella en el ecosistema y logre que la comunidad trabaje también por ello. Es decir, turismo mejor enfocado: “Los pescadores, la comunidad en general, ya sabe en algunas zonas que es mejor proteger que destruir. Eso es mucho mejor a largo plazo, porque si no en pocos años no habrá nada que ver aquí y, por lo mismo, tampoco habrá turismo”.

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Un ejemplo de cómo hacer bien —y también mal— las cosas es Cabo Pulmo. En 1995  se declaró zona protegida: en 71 kilómetros de mar se prohibió la pesca y en sus playas se contuvo el turismo invasivo ante el declive de una de las áreas de arrecife más importantes de México y el mundo. Durante estos años, pese a la pesca clandestina, el área se ha regenerado, sobre todo, gracias a que la comunidad ha apoyado y entendido los beneficios de ello. Los grandes peces que se han ido perdiendo en el resto de la península, ahí han vuelto a nadar. Las tortugas han vuelto a anidar y los sitios turísticos buscan ser más sustentables.

Pero a finales de 2018, la organización Cabo Pulmo Vivo denunció que el proyecto Hotel Bahía El Rincón, que se construiría a un par de kilómetros de ahí, prevé al menos 29 edificios con 235 habitaciones y 75 villas, además de restaurantes, club de playa y vialidades pavimentadas. Además, no se considera el tratamiento de aguas residuales, lo cual afectaría el arrecife de coral.

Pasos con cautela y un cementerio

La caminata frente a la bahía es la única ocasión en que salimos de los límites del campamento. Andamos en fila india para minimizar el impacto de nuestras pisadas. Apenas a un centenar de metros nos sorprende un cementerio: decenas de conchas, caracoles y sand dollars están tirados en el camino, como si alguien los hubiera olvidado ahí. La instrucción es verlos, fotografiarlos, pero no llevarse nada.

Con cada paso el paisaje se vuelve más extraño, más único. Las dunas dejan su habitual tono arena y comienzan a atigrarse, y las plantas a escasear. A nuestro alrededor sólo hay un mar de dunas de color indefinible que serpentean sin fin. A lo largo del trayecto vemos un hueso de ballena, un cadáver de tortuga, cientos de conchas, huellas de animales que no alcanzo a imaginar. Camilo, el fotógrafo que me acompaña, dice que estamos en Tatooine, el planeta de Luke Skywalker en Star Wars. Y sí, lo estamos.

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Al final todo cambia

El trayecto en kayak inicia en el manglar, acompañado de aves, y termina con las dunas del desierto. No son más de 500 metros, pero todo aquí, como el viento, cambia constantemente. Los paisajes evolucionan más rápido de lo que uno espera.

Por ejemplo, la marea: en unas horas el mar sube o baja un par de metros. A veces las dunas en donde está el campamento están muy cerca del agua, otras parecen estar en un precipicio. Eso tampoco es una queja, pues permite hacer cosas como caminar en los bancos de arena. Con la marea baja, el agua deja al descubierto el fondo del manglar.

La caminata ahí es como una búsqueda de tesoros. Nos van mostrando joyas normalmente escondidas: huevos de caracol, estrellas de mar, conchas de caracol chino, almejas, anémonas. A unos metros, las aves están en plena comilona. En unos minutos la marea comienza a subir. “Súbanse rápido, que aquí uno no sabe cuándo va a llegar el agua. La bahía está cambiando siempre”, nos dicen mientras se enciende el motor de la lancha.

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La lancha avanza en medio de soplidos de vapor con forma de corazón que se escuchan como la respiración de un gigante. “Una a las 11 en punto”, dice uno de mis compañeros de campamento. “Otra a las cuatro”, dice otro. Después de un tiempo, dejamos de avisarnos. Avanzamos en silencio hasta llegar a la zona de dunas. Ahí un león marino está descansando o tomando el sol (o lo que sea que hagan los leones marinos) con la cabeza en alto, seguro de sí mismo. Ve que lo observamos y se da la vuelta. Es el mejor desplante que me han hecho en años.

La versión completa de este reportaje se puede leer en el número 195 ‘Sustentable’ de la revista Travesías

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