junio 19, 2017
Los esteros del Iberá
Redacción Travesías

Una región marcada a fuego por el agua, una flora insolente y una fauna desmesurada.

Doña Tomasa tiene 106 años y es más vieja que el pueblo en el que vive. Nació en Ibira Pitá, pero desde niña vive en Colonia Carlos Pellegrini, un paraje de 900 habitantes fundado en 1927. Está tomando aire en la puerta de su casa, poco después del mediodía, cuando todo el mundo duerme la siesta en este rincón tórrido del interior de la provincia de Corrientes, en el noreste de Argentina.

Sentada en silla de ruedas, tiene la cara surcada por arrugas, la piel cortada, y sus ojos, profundamente celestes, revelan una mirada serena, como quien aceptó el ciclo natural de la vida, un ciclo que aquí, en estas tierras salvajes, está a flor de piel y se revela a cada paso: animales, crías, una vegetación que parece no agotarse jamás, que crece a la vera de los caminos, que flota en los espejos de agua; una vegetación tan potente que simula la firmeza de la tierra, formando embalsados, como se llama a las islas flotantes que permiten que grandes herbívoros como los ciervos de los pantanos los adopten como hábitat.

A doña Tomasa le cuesta hablar, pero con ayuda de la mujer que la cuida, que mira con desconfianza a los forasteros, cuenta que tiene cinco hijas y recuerda que el 7 de marzo pasado festejó sus 106. Y sonríe. En cada silencio, Tomasa sonríe. A pesar de la sordera que no le permite oír el canto de las miles de aves que revolotean el pueblo, un sitio de entrada a la gigantesca Reserva Provincial Iberá, el segundo humedal más grande de Latinoamérica después del Pantanal, en Brasil. Una zona de lagunas, esteros, bañados, embalsados, arenales que se alimentan exclusivamente de las lluvias. Una región marcada a fuego por el agua, una flora insolente y una fauna desmesurada. Una tierra profundamente religiosa, atravesada por mitos y leyendas. Santas patronas y santos gauchos. Duendes como el Pombero, que se lleva a los niños a la hora de la siesta y que preña a las mujeres casadas.

Al Iberá, que en lengua guaraní significa “aguas que brillan”, el turismo empezó a llegar recién en la década de los noventa, y para descifrar la zona hay que tener un buen mapa a mano y una guía de aves y mamíferos. Esta reserva provincial fue creada en 1983, y tiene varios portales de acceso. El más conocido es el Portal Laguna Iberá, en el pueblo de Colonia Carlos Pellegrini, sobre la margen este del gran bañado, por donde antes sólo andaban cazadores y lugareños, y que hoy es el corazón turístico de la zona.

Hay que darse tiempo para conversar con sus pobladores, escuchar a sus guardaparques y guías, conocer a los científicos que llegan de todo el mundo atraídos por este misterioso vergel de una biodiversidad apabullante, con 1 300 000 hectáreas de tierras sumergidas en el agua. Un bocado exquisito para los fotógrafos de naturaleza. Un festín para los avistadores de aves. Un gigantesco parque de diversiones para investigadores y ecologistas, que ahora pelean por el uso sustentable de la tierra contra los ganaderos, amos y señores de esta provincia litoraleña, quienes marcaron el pulso y las tradiciones de esta tierra histórica y políticamente dividida entre los autonomistas —que se identifican con el color rojo— y los liberales —que se identifican con el celeste—. Los mismos colores que identifican a la Virgen de Itatí, santa patrona de estos pagos, y al Gauchito Gil, una suerte de Robin Hood vernáculo, ultimado por la policía hacia fines del siglo xix, el santo popular que más adeptos ha cosechado en la Argentina de las últimas décadas, atrayendo cientos de miles de fieles a su santuario en la ciudad de Mercedes.

Para viajar por el Iberá se necesita tiempo y paciencia: su geografía húmeda está surcada por caminos de ripio que suelen anegarse cuando llueve. Por eso, y para no atropellar a los cientos de carpinchos que, impávidos, se recuestan en el camino, hay que andar lento. Pero los traslados son parte esencial del ecotrip: cualquier animal, hasta los más esquivos como los armadillos o las corzuelas, puede aparecer en el momento menos esperado.

Desde hace algunos años, el nombre del Iberá, tan argentino, está asociado al nombre de un norteamericano, el magnate conservacionista Douglas Tompkins. Tompkins comenzó a comprar tierras en la zona a principios de este siglo —lo mismo hizo en la Patagonia y en Chile— y fue muy resistido. La población del Iberá, como la de gran parte del país, desconfiaba de sus intenciones. El comentario extendido era que venía por el agua. El Iberá forma parte de uno de los reservorios de agua dulce más importantes del continente y del planeta: por aquí pasa el acuífero guaraní, que también se extiende por Brasil, Paraguay y Uruguay.

Pero hoy, a más de una década de su desembarco y un año y medio de su muerte accidental mientras practicaba kayakismo en un gélido lago patagónico, es venerado por buena parte de la población local por generar fuentes de trabajo y por su inagotable labor al frente de la ong Conservation Land Trust Fund (CLT), que fue, es y será fundamental para el desarrollo sustentable del Iberá, el próximo gran parque nacional argentino.

La gran laguna

Colonia Carlos Pellegrini fue el punto de partida para el desarrollo del turismo en la región. Quizás el mayor atractivo de este pueblo con calles de tierra sea su cementerio, con tumbas pintadas de colores vibrantes. Hay una plaza que es el centro neurálgico, unas 20 posadas y dos campings que en temporada alta desbordan. Sin embargo, faltan restaurantes: sólo hay un comedor y nadie se arriesga a montar otro porque los visitantes tienen todas las comidas incluidas en sus alojamientos. Para llegar a Pellegrini hay que viajar 12 horas desde Buenos Aires hasta la localidad de Mercedes, la ciudad más importante de la zona. Y desde ahí recorrer 120 kilómetros por la Ruta Provincial 40, asfaltada hasta la entrada a la Reserva Provincial Iberá. El resto, es puro ripio. Otra alternativa es tomar un avión hasta la ciudad de Corrientes, dar la vuelta por la Ruta Nacional 12, y luego la 123 hasta Mercedes por camino pavimentado, y de ahí a Pellegrini.

 

La laguna Iberá es el imán de esta localidad. Con 14 kilómetros de largo, es uno de los mejores lugares para avistar fauna, literalmente al alcance de la mano. Reptiles milenarios como el yacaré; anfibios gigantes como el cururú o “sapo rey”; roedores de gran porte como los carpinchos; preciosos herbívoros como el ciervo de los pantanos y las corzuelas; monos bulliciosos como los carayá; víboras venenosas, culebras y la temible boa curiyú, que mata a sus presas por estrangulamiento. El cánido más grande de América del Sur también se encuentra por aquí, se llama aguará guazú, es una mezcla de zorro y perro con patas largas. El ecosistema del Iberá es atractivo para aves de toda clase y tamaño: las hay señoriales como las garzas y la cigüeña americana, guardianas como el chajá y majestuosas como el jabirú. También hay cientos de pajaritos menos vistosos pero emblemáticos como el Martín Pescador, el ipacáa o el yetapá. Sesenta especies de mamíferos y 40 de anfibios, 25 clases de mariposas y 1 250 de peces, 350 variedades de aves y 60 de reptiles, además de las 1 400 de plantas. En definitiva: un descomunal reservorio de vida silvestre. Para navegar hay que contratar la excursión, que en general viene con la posada incluida. Los guías sacan turno, que se debe solicitar con anticipación, como parte de una medida para reducir el impacto ambiental. Sólo se permiten seis lanchas navegando a la vez, en turnos de dos horas, por cada uno de los tres circuitos que existen. Los mejores horarios son el alba y el atardecer, cuando no hace tanto calor y los animales salen de sus escondrijos.

 

Ahora son cerca de las 11 de la mañana, un poco tarde para la salida matinal. Está nublado, y las aguas que brillan no resplandecen en esta mañana plomiza. Rolo, nacido y criado en Pellegrini, es uno de los guías baqueanos, aquellos que conocen el territorio, la flora y la fauna por haber crecido entre estas matas. Sugiere que es mejor salir ya, porque en la tarde va a llover.

A pesar del horario, a instantes de haber salido y gracias a la destreza que tiene Rolo para manejar el botador de madera de tacuara, un remo larguísimo, indispensable para surcar estas aguas cada vez que hay que apagar el motor cuando el bote se acerca a un embalsado y se necesita silencio para no ahuyentar, empiezan a aparecer varias especies. Un yacaré vigila de reojo, agazapado entre los juncos, se desplaza con sigilo, edio cuerpo fuera del agua. Una garza escapa volando y un chajá alerta a toda la laguna de la presencia humana. Un ciervo de los pantanos asoma entre la mata, cándido. Hay carpinchos por todas partes. A medida que avanza, Rolo describe al pasar cada uno de los animales, como si se tratara de un gigantesco zoológico a cielo abierto.

De cazador a guardaparques

“Mi historia tiene que ver con los esteros”, se jacta Walter Drews, el jefe de guardafaunas locales, alto y delgado, de cabello entrecano, bigotes y afán de charla permanente, capaz de instruir sobre historia, flora, fauna y leyendas de su edén. Sugiere visitar a don Mingo Cabrera, uno de los primeros guardaparques locales, el hombre que le enseñó los secretos del Iberá. “Lo primero que hicieron cuando se creó la reserva fue invitar a los cazadores a formar parte del staff de guardafaunas —cuenta Walter—. En principio, porque se les iba a cortar el recurso de la caza, pero también porque ellos eran quienes mejor conocían el estero”.

El hogar de Mingo es el mismo en el que nació 67 años atrás. Es una casa rústica, bajita, hecha con paredes de barro y techo de paja recubierto de chapa, en una esquina del pueblo. Mingo vive aquí con algunos de sus 12 hijos y media docena de sus incontables nietos. Isabel, una de sus hijas, tiene 23 años, tres hijos y uno en camino. Su mujer, la madre de todos, es una señora hosca, que nos ignora al llegar.

Nos sentamos a la sombra de unos espinillos. Mingo, como buena parte de los ibereños, aparenta muchos más años de los que tiene, anda con paso cansino, y perdió la vista de un lado hachando leña, cuando una astilla le entró en el ojo. El correntino, sobre todo el de tierra adentro, tiene un acento muy particular, un español que se entremezcla con la tonada guaraní, en el que las palabras se estiran y entrecortan. Y Mingo, además, es de los que hablan bajito, cerrado. Así, necesitaremos, una y otra vez, la interpretación de Walter, como si Mingo hablara en otro idioma.

A los seis años Mingo salía de caza con su padre, en largas giras por el interior de los esteros, para ganarse el pan. Recuerda ahora los tiempos de caza, cuando intercambiaban las pieles de nutrias por mercancías, víveres, ropa. No siente culpa por haber sido cazador. Cazar era —y sigue siendo— un hecho cultural y de subsistencia en estas tierras. Cuando se transformaron en guardafaunas, los almaceneros dejaron de venderles mercadería, porque ya no tenían por qué cambiarla. “Pasar de cazador a cuidador fue un proceso complicado —interviene Walter—, un cambio difícil”.

Mingo entra a su casa y vuelve con un mapa dibujado a mano alzada por su padre, y una foto en blanco y negro en la que posa junto a él en sus tiempos de cazador. El mapa, que tiene los nombres de todos los parajes y lagunas, se utilizó, según aclara Walter, como base de referencia para los mapas del Instituto Geográfico Militar Argentino.

“Mi abuelo era cazador de yaguaretés”, revela Mingo. Para cuando era un niño, ese felino ya estaba extinto, aunque el viejo guardafaunas asegura haber visto su rastro en alguna ocasión. Los ganaderos los mataban para que no se comieran a las vacas, y fueron huyendo. Lo mismo pasó con los venados de las pampas, o los osos hormigueros: extintos por completo. Pero el yaguareté es, de todos, el que más polémicas genera a la hora de hablar de la reintroducción de especies, el principal objetivo de la CLT. El principal problema lo tienen los ganaderos, que temen que se coman el ganado, pero la gente también tiene miedo de ser blanco de sus ataques. Desde que esta ong comenzó a hablar de la reintroducción del mayor predador de la zona, el yaguareté está en boca de todos.

El Socorro, San Alonso y el yaguareté

La estancia Rincón del Socorro es propiedad —como el diez por ciento de la Reserva Iberá— de la Fundación CLT. Son 13 mil hectáreas ubicadas en el margen este de los esteros del Iberá, a 80 kilómetros al norte de Mercedes y 40 al sur de Carlos Pellegrini. El Socorro es el ancla turística de la ong que trabaja, fundamentalmente, en tres ejes: parques, turismo y conservación.

El Socorro es una hostería coqueta y exclusiva por donde deambulan en libertad ñandués, carpinchos y zorros que se pasean por el parque, y ciervos de los pantanos que se alimentan en una pequeña laguna. El hotel tiene siete habitaciones, dos cabañas, y ofrece a los visitantes alojamiento con pensión completa y actividades en la naturaleza. Salidas a caballo, a pie o en bicicleta que atraviesan los diversos paisajes, pastizales, arroyos, lagos y montes hasta la costa del estero; paseos en lancha por la laguna Iberá, y safaris diurnos y nocturnos en camioneta para avistaje de fauna.

El Socorro es también una buena alternativa para conocer el trabajo de restauración del ecosistema llevado adelante por la ong, cuyo principal foco es la reinserción de especies nativas extintas o en vía de, como el oso hormiguero, el venado de las pampas, el pecarí, el tapir o el yaguareté. Ignacio Jiménez es director de conservación de CLT Argentina. Biólogo y “manejador de vida silvestre”, este español de 48 años, casado con una argentina, que trabaja en la fundación desde 2005, se define como conservacionista más que biólogo. Despliega un mapa de la zona sobre la mesa de un patio interno con vista a un jardín con piscina, palos borrachos, timbúes y un horizonte infinito. Hacia el otro lado están las habitaciones, el invernadero, las casas de los trabajadores y la escuela, a la que asisten las dos hijas de Ignacio y el hijo del encargado del invernadero. El mapa demuestra la complejidad del terreno y sus tierras, los accesos públicos y privados, las tierras fiscales, las de CLT y las estancias ganaderas. Una visión imprescindible para comprender el complejo entramado de estas regiones de lodo, agua y pajonales, donde la reserva provincial se transformará, poco a poco, en parque nacional.

 

La primera especie reintroducida por CLT fue el oso hormiguero, ya que, por practicidad y a juicio de los biólogos, era la más simple. Luego le siguió el venado de las pampas. Continuaron con el pecarí, el tapir, y ahora es el turno del yaguareté, el gran predador del Iberá. Nunca antes se había hecho algo igual en todo el continente con estas especies.

“El programa de reintroducción tiene como objetivo traer de vuelta las especies que se habían extinguido a mitad de siglo como consecuencia de la cacería, de la quema de campos que se hacía para mantener cortos los pastos para la actividad ganadera, un uso de la tierra que generó en el siglo xx la mayor extinción en Argentina. Acá desaparecieron estos bichos que han sobrevivido en otras provincias como Salta, Jujuy, Misiones y Formosa —enumera Jiménez—. En Corrientes desaparecen porque tiene una historia de habitación europea, porque no hay tantos bosques como espacios abiertos y los animales no tienen donde esconderse”.

Concluida la parte más ardua de reinserción del oso hormiguero —ya hay unos cien— y en buen camino con la del venado de las pampas, el tapir y los pecaríes, el foco está puesto ahora en el yaguareté.

“Cuando se comenzó a hablar de yaguareté, la gente se ponía nerviosa, que se comía al oso hormiguero, que se comía a las vacas, que se comía todo”, señala Jiménez. Entonces, desde CLT acordaron no hablar del tema hasta avanzar con el resto de los animales. Además, cuando comenzaron a trabajar, la figura de Tompkins aún generaba muchas suspicacias. Los ganaderos nunca lo vieron con buenos ojos, no les interesa ceder tierras para la conservación, temían el avance y compra de tierras. Todo esto generó fricciones de ambos lados, con acusaciones de cierres y bloqueos de caminos entre las estancias y las tierras del magnate. “Era una especie de fantasma que venía por el agua, que era agente de la CIA o el Mosad. El concepto de filantropía en América Latina es muy débil, no hay tradición. Y si a eso le sumás un destino de conservación en estas tierras históricamente usadas para la producción, la gente sospechaba aún más. Todo forma parte de lo mismo, porque la realidad es demasiado increíble”, ironiza Jimenez. Tompkins nunca respondió a esas acusaciones y se dedicó a trabajar. Con el tiempo y las acciones que incluyeron donaciones de tierras para crear parques nacionales en Argentina y Chile, la generación de fuentes de trabajo directas e indirectas, y la visión palpable de la reintroducción de cuatro especies concretadas, la percepción hacia él se fue modificando. Como prueba fehaciente, en Iberá, CLT ya donó a parques nacionales el año pasado sus tierras en el Portal Cambyretá, al norte de los esteros. Y ya están proyectadas, de manera gradual, las entregas de los otros núcleos, uno por año: este año sigue el núcleo San Nicolás, en 2018 el núcleo Socorro y más adelante el Portal Carambola. La idea es entregar el parque completo “con todas sus piezas”, como le gusta decir a Jiménez. “Hay una identificación patriótica entre el correntino y el yaguareté. Los hombres correntinos se sienten identificados con él, es parte de su patrimonio. Y hay una esperanza en el yaguareté como un atractivo turístico. Es un puente simbólico entre un pasado heroico y un futuro prometedor. Puedes generar una economía alrededor de un parque, comunidades rurales vibrantes y orgullosas, revalorizarlas culturalmente. Que vean que el yaguareté y la cultura del gaucho están unidos. Puede sonar paradójico, porque al fin y al cabo fueron los gauchos quienes los mataron. Pero es parte del patrimonio cultural y biológico de la provincia. Un turista quiere ver fauna, pero también gente auténtica. El turismo mejora la vida de las comunidades, y la gente va a defender los parques porque generan beneficios tangibles como empleo y dinero, e intangibles como el orgullo de sentir que tu comunidad es importante, que está en el mapa, que sale en los medios, que le gente viene a verlo”.

Para conocer más de cerca el proyecto viajamos a la isla de San Alonso, un vergel de 11 384 hectáreas al que se llega en avioneta o lancha, y al que sólo acceden investigadores y divulgadores. Partimos desde El Socorro en una avioneta Cessna comandada por Fernando Sosa, el piloto oficial de CLT, que tiene infinitas horas de vuelo surcando estos cielos. Es una tarde ideal para volar, el cielo ya no está encapotado y podemos ver con claridad la panorámica ibereña, una tierra verde y fangosa, inundada por espejos de agua cristalinos, atravesada por canales y riachos. Quince minutos después divisamos el único grupo de árboles en todo el trayecto, comenzamos a descender y sobrevolamos cuatro jaulas gigantescas: es el Cecy (Centro Experimental de Cría del Yaguareté de la Argentina), donde mantienen en cautiverio tres ejemplares.

En la isla nos recibe Matías Rebak, abogado y fotógrafo que trabaja para CLT y el Comité Iberá. “Esto es un paraíso”, dice y nos muestra las instalaciones. Nos acomodamos en una de las habitaciones de esta preciosa estancia, rodeada de timbués y naranjos.

Un día después, a las ocho de la mañana, caminamos tres kilómetros por una senda de tierra, con pastizales infinitos de medio metro de altura que separan la estancia del Cecy. Allí nos recibe Maite, una bióloga española que está al frente del proyecto desde el año pasado. Maite está trabajando desde temprano, y se apresta a alimentar a Tobuna, Chiqui y Nahuel, los tres felinos traídos desde zoológicos de Paraguay, Neuquén y la provincia de Buenos Aires, que viven en tres de las cuatro gigantescas jaulas —más la jaula de cría y presuelta— construidas especialmente bajo medidas de seguridad extrema e ingeniosos mecanismos para alimentar a los felinos. En el recorrido por el Cecy, Maite cuenta que, mientras aguardan por otra hembra que estará llegando desde Brasil, intentan que Chiqui o Nahuel dejen preñada a Tobuna, y que así comience el nuevo ciclo de reproducción. La meta es que el rey de los predadores vuelva a su hábitat y así restaurar el equilibrio natural perdido.

San Nicolás

Para salir de San Alonso viajamos una hora en lancha por la laguna Paraná hasta las costas del portal San Nicolás. El entorno es similar al de la laguna Iberá: embalsados, pajonales, totoras, nenúfares que flotan a la deriva. Y animales: garzas, yacarés, ciervos, infinidad de carpinchos, aves. Matías Rebak conduce ahora la camioneta que nos dejará en el camping de San Nicolás. Admirador incondicional de Tompkins, a quien venera cada vez que lo menciona, dejó las leyes en pos de la conservación, se plegó como voluntario a la ong y dos meses después fue contratado. Ahora forma parte del Comité Iberá, un proyecto interdisciplinario que trabaja para el desarrollo sustentable de la zona. Matías vivió en San Miguel, el pueblo vecino, la cabecera de este portal, por un año, trabajando como “anfitrión” del sitio, recibiendo turistas y explicando los nuevos proyectos a la comunidad con el fin de incentivarlos a trabajar con el turismo

 

Es mediodía y hace un calor infernal. En el camping, donado y construido por Tompkins, todo está impecable. Diseñó este camping y el de Pellegrini, y los entregó terminados. En lo alto de un árbol hay un nido gigantesco del muy buscado jabirú, una cigüeña majestuosa, el ave que todos quieren ver pero que, hasta ahora, nos esquiva. Mientras almorzamos en uno de los quinchos, Matías nos presenta a Sebastián Gonella, guía de la asociación Yaguareté Roga. Gonella nació en San Miguel hace 37 años, y dice que jamás venía por aquí de niño, aunque su casa está a 27 kilómetros. “Yo supe de los esteros del Iberá a los 14 años —dice, como quien habla de algo lejano—. Sabía que había una fauna increíble, que había lagunas. Sólo vine un par de veces por trabajo, a traer ovejas. Pero acá no se podía entrar, eran tierras privadas”.

Hace cuatro años, Sebastián comenzó a trasladar pobladores y turistas desde San Miguel al portal. También timonea las típicas canoas a botador de tacuara en las que lleva de paseo a los viajeros. Por aquí, sólo él y un hombre más conocen el oficio. “A nuestra región le está cambiando el sentido de la vida. Pasás de ser un pueblo que vive netamente del estado, a tener un parque nacional en la puerta de tu casa”.

Concepción de Yaguareté Corá

Desde San Miguel a Concepción, la cabecera del portal Carambola, hay que recorrer 90 kilómetros por la Ruta Nacional 188 hasta el cruce con la Ruta Provincial 6, todo asfaltado, un alivio después de tanto ripio. Concepción de Yaguareté Corá tiene 4 mil habitantes, y ni los perros vagabundos andan a la hora de la siesta. Es profundamente devota: muchas de las casas tienen capillas dedicadas a los numerosos santos populares y vírgenes de la región. Tiene cuatro museos, todos inaugurados en los últimos años, un dato que habla del impulso que se le está dando al turismo. También hay dos posadas boutique y un hotel llamado Tobuna, en honor al yaguareté, que tiene tres pisos y terraza, y contrasta con la edificación baja de este poblado de más de 200 años de historia.

La fiesta del peón rural, que se celebra cada primer fin de semana de mayo, atrae miles de visitantes, la mayoría gauchos de los parajes cercanos que vienen a celebrar sus tradiciones, demostrar sus destrezas campestres y bailar chamamé, el ritmo folclórico local.

 

“Concepción tiene un potencial y un recurso turístico increíble, de lo natural a lo histórico”, afirma, convincente, Javier Kuttel, presidente de la Fundación Yetapá. Kuttel trabajó en Brasil como veterinario en una empresa, y cuando tenía 40 años decidió que a los 50 —hoy tiene 48— se retiraría del mundo empresario para desarrollar un emprendimiento dentro de un “contexto natural”. Primero se instaló en la vecina provincia de Misiones y desde hace cuatro años apostó todo a Concepción. Por eso construyó Nido de Pájaros, la primera posada, en una antigua casona que fue el primer colegio secundario del lugar. Javier está convencido de que el ecoturismo es una de las mejores vías para el desarrollo local de una comunidad y para ayudar a la conservación y protección en áreas protegidas. “El Iberá ocupa el 14% del territorio de Corrientes. Es un ecosistema muy particular, sin afluentes de río, alimentado por lluvias. Hay más de 60 lagunas, el 25% del agua se vuelca al río Corrientes, y el resto se evapora. Es un ecosistema fantástico. La contaminación del Iberá depende exclusivamente del hombre, no hay un río al que se le pueda echar la culpa”, afirma Javier, mientras en la parrilla su socio Claudio apura un asado.

Kuttel afirma que aquí existe una fuerte cultura de campo, que nadie sabía lo que era el turismo. “Para la mayoría de los de acá, ver un yacaré no tiene valor, no entienden que hay gente que atraviesa el mundo para sacarles una foto”. Desde la fundación desean que los pobladores se integren, que sean parte del plan turístico. De hecho, los visitantes ya pueden hospedarse en casas de familia registradas. “El ecoturismo es la conservación de patrimonio con beneficios a la comunidad local —define Kuttel—. No es una concesión a una empresa por 30 años que se llena de dinero”.

Navegar en canoas tiradas por caballos

José Sosa es el niño mimado de la fundación Yetapá. Con 21 años, este joven apasionado por la fotografía es el guía estrella. Un año atrás, Kuttel le regaló una cámara de fotos profesional, y a principios de este año lo llevó a Australia en un viaje de trabajo. José es amable y respetuoso, conoce el terreno y trabaja con el turismo desde los 16 años. Es el ejemplo de lo que pretenden desde la fundación, alentar a la comunidad a que trabaje con los viajeros.

“Hasta hace unos años, nunca habíamos visto un extranjero en el pueblo. No entendíamos por qué le querían sacar fotos a un carpincho”, confiesa quien será nuestro guía durante la excursión más buscada por aquí: navegar por los esteros en una canoa cinchada a caballo, que es el medio de transporte que usan los isleños para trasladarse esteros adentro. La excursión parte desde Puerto Felipe, un paraje ubicado a una hora de Concepción. Allí, en ese páramo a la vera del arroyo Carambolita, en una casa de barro y techo de paja, vive en soledad don Severo, un lugareño de unos 70 años y tez curtida, que usa boina y las típicas bombachas —pantalones de campo—, que anda descalzo y no habla español, sólo guaraní. Mientras Severo apresta una de las canoas, se acerca remando lentamente por el arroyo Chopé, un guía baqueano, uno de nuestros jinetes acuáticos.

Puerto Felipe solía ser el punto de encuentro entre los cazadores que llegaban con sus cueros y los mercaderes que venían de Buenos Aires a intercambiárselos por víveres, hierba, harina. “Hasta hace tres décadas, los isleños no conocían el dinero, se manejaban con trueque”, explica José, mientras la canoa se desplaza lentamente por el arroyo, entre plantas que pugnan por ganarle terreno a estas aguas que suben y bajan al ritmo de las lluvias. El paisaje aquí es similar al resto de los esteros, aunque se ven menos animales. No es que haya menos, sino que aquí parecen permanecer alejados. De todas maneras, luego de ver tantos, la experiencia ahora pasa por otro lado: es el factor humano el capital de esta actividad. Se trata de intercambiar con lugareños que hasta hace poco no conocían gente fuera de los esteros, que hablan puro guaraní, que no habían visto una cámara fotográfica en su vida. Gente arraigada a una cultura de campo, que vive de la misma manera que hace 200 años.

Hasta hace tres décadas, unas 50 familias vivían esteros adentro, en las islas. Con la desvalorización del cuero comenzaron a irse, y hoy sólo quedan cinco grupos familiares que se dedican a la actividad ganadera y al turismo, como Mingo, el gaucho que encontramos a medio camino y que se acerca con su caballo y sus tres hijos, Nico, Guadalupe y Milagros. Mingo lleva un sombrero de ala ancha, y sobre sus pies descalzos usa unas espuelas para atizar los caballos. Habla poco español, igual que Nico, su hijo de ocho años, un chico que también lleva un sombrero de ala ancha, el pelo largo y atado en una cola de caballo.

Nos detenemos a medio camino para que Mingo cinche los caballos a la canoa. Una vez enganchados, seguimos rumbo a una de las islas, donde CLT construyó un refugio a la usanza con chozas muy prolijas, cocina y baño. La idea es que los visitantes puedan pasar una jornada entera, en la que los pobladores ofrecen comidas típicas y pernoctar en este entorno.

Una vez en la isla, Nico se deja fotografiar. Mira las fotos en el visor y pide prestadas las cámaras; sus ojos chispean. Mientras charlamos entre mate y mate, Nico saca fotos en ráfagas. Apunta al grupo, al cielo, a los árboles, al pajonal, a los esteros y las vacas que pastan más allá. Será difícil quitarle la cámara. A la vuelta, le pide la GoPro a Matías y lo filma todo desde la canoa, hasta la mete bajo el agua. Luego, toma el remo, y con prestancia capitanea una de las canoas.

Hasta hace un año, cuenta José, Nico se ocultaba cuando los forasteros se acercaban a la isla, a su casa. Se escondía en la cocina o se subía a un árbol. Y no sólo les huía a los extranjeros, escapaba también de José, de Matías, de Chopé. No salía de la isla, no tenía contacto con el mundo exterior. Hoy, Nico quiere capitanear la canoa a botador, quiere hacer fotos, quiere aprender español.

Tal vez Nico pueda ver yaguaretés deambulando en libertad, fotografiarlos en su entorno y contarles a los viajeros del mañana que cuando él era un niño, y vio por primera vez una cámara de fotos, aquello no parecía posible.

 

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