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Un recuerdo limitado y menguante de Sir Winston Churchill’s

Los óleos, las chimeneas, las alfombras, los pianos y un Rolls-Royce estacionado afuera hacían de este restaurante una separación de la realidad.

Por Alonso Ruvalcaba
Ilustraciones de Luis Úrculo
octubre 2020

En la primavera, el cierre de restaurantes y fronteras nos llevó a añorar y recordar esos sabores de viajes y comidas del pasado reciente o lejano. Movidos por el hambre de volver, invitamos a algunos escritores a compartirnos una comida memorable, un gusto que los haya acompañado en un viaje. Esta es la colaboración de Alonso Ruvalcaba.

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La primera vez que no fui a Sir Winston Churchill’s habrá sido a principios de los ochenta. Vivíamos en la Roma y mis papás nos llevaban a Satélite algunos sábados. El camino era tedioso, repetitivo. Imagínense: papá, mamá y hermanitos en el vocho azul durante 18 kilómetros de aquella época; Medellín, mano derecha en Viaducto, Río Becerra, mano derecha en Periférico, rodear la Fuente de Petróleos, cruzar Ferrocarril de Cuernavaca, pasar por debajo del letrero de “Bienvenidos al Estado de México”; los niños ya quedándose dormidos bajo el cielo marfil de las dos de la tarde; lateral del Periférico a la altura del Naucalli (¡lo acababan de inaugurar!) y La Abeja (¡sigue abierta!), mano derecha sobre Circuito de la Primavera, llegando a las Torres, y, por último, calle Betunias hasta el número 24; por fin, la casa de la abuelita para comer. Satélite era un breve paraíso suburbial, supraurbano.

Parecía una casa y un pequeño palacio, algo extraído de la posguerra, en una Inglaterra heroica y recuperada

Ahora échense en reversa, en reversa, en reversa, y en Polanco, entre la Fuente de Petróleos y Ferrocarril de Cuernavaca, en la mera esquina de Periférico con Jesús Camacho Morelos, verán una casa con una bandera inglesa y, en letras anticuadas, un anuncio: Sir Winston Churchill’s. (Aficionados a estas cosas: la tipografía era Old English Regular.) La casa era anacrónica y ageográfica. Estaba fuera del paisaje o del tiempo. No estaba en 1984 ni en el D.F., mucho menos en mi D.F. de niño semipobre. Parecía vernácula de alguna ilustración o un bosque neblinoso en Europa. No correspondía. No recuerdo esa vez, pero recuerdo una vez que la recordé: parecía una casa y un pequeño palacio, algo extraído de la posguerra, en una Inglaterra heroica y recuperada; me imaginé las alfombras rojas, el piano, el árbol genealógico de sus sabuesos en óleos sobre una chimenea. (Yo relacionaba las cosas buenas con perros todo el tiempo.) Esa vez, la primera que lo noté y que no fui, el Churchill’s me pareció fabuloso. Desde el asiento de atrás del vochito pregunté: “¿Qué es eso?” y mi mamá dijo: “Ah, es un restaurante”. “¿Podemos ir?”. Y mi papá: “No”.

(Pero no dejen que el párrafo de aquí arribita los engañe. Mi papá dijo no en buena lid. El Churchill’s era impagable para una familia como la nuestra. Íbamos casi de excursión camino a la ciudad satélite del D.F., a su promesa orbital y floral —en marzo, la calle de Betunias bien podía ser la más jacarandosa de la conurbación—, y simplemente no había varo. Nos decían sí a otras cosas: tacos de pollo rostizado después del cine Las Américas; al pastor en Tacos Meche, después del cine Gloria; de bistec en Tlaquepaque, después del cine Estadio; del Kalimán, después del Bella Época; de Los Parados, después de ver películas en el canal 4. En mi mente, el cine es tacos. Y viceversa.)

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Muchas veces después de aquélla no fui a Sir Winston Churchill’s. Y luego, hace un par de años, sí fui. Se estaba feliz ahí. Se fingía como una separación de la realidad. Contribuían los óleos, las chimeneas, las alfombras, los pianos y un Rolls-Royce estacionado afuera. (¿Han visto Knives Out, esa película divertidísima de asesinatos en una casa enorme? Pues la del Churchill’s era una así.) Pedimos una sopa de lentejas cuya memoria vivirá mientras yo viva. Tenía como capas, como que uno se adentraba en ella, como si en lugar de llevarla a la boca ella lo llevara a uno hacia adentro de sí misma. Pedimos un prime rib, el más grande, con Yorkshire pudding y espinacas. Vino espumoso, vino tinto. Fotos fueron tomadas, fotos que ahora se empolvan en los viejos estantes de Instagram. El Churchill’s era un engaño tornasol, una excusa de los años en vanos silogismos de colores. Un embeleso de la vida humana. Volvimos después porque parecíamos felices ahí. Hasta que no.

Pedimos una sopa de lentejas cuya memoria vivirá mientras yo viva

La última vez que fui a Sir Winston Churchill’s era sábado: día 20, febrero, año de la gran plaga. (Antes de que sigan leyendo, tengan mi privilegio. Háganme pedazos. Francamente me da igual.) Se veía venir. Nos habían dicho: la pandemia está a la vuelta. Otras cosas, infinitamente peores, resonaban como ecos diabólicos. El día 9, en un ritual de alcohol y cuchillos romos, un hombre había desollado a Ingrid Escamilla. El día 11, una mujer había levantado a Fátima Cecilia, una niña de siete años, para entregarla en sacrificio a un hombre enloquecido. Mataron a Fátima, como suelen hacerlo con las niñas levantadas, violadas y torturadas. Todo era insensato y estúpido. Y nosotros hablamos de eso en el primer piso del Churchill’s y nos pusimos a llorar, porque aquello era demasiado insoportable, y dijimos qué hacemos aquí y pedimos la cuenta y nos largamos a quién sabe dónde.

Luego vino la pandemia en serio y el Churchill’s, como tantas otras cosas, fue y se murió.

Alonso Ruvalcaba @alonruvalcaba
Escritor

Alonso es productor en Pan y Circo (Amazon Prime, 2020) y autor de 24 horas de comida en la ciudad de México (Planeta, 2018) y La ciudad de todas las drogas, que aparecerá en 2021. Si seguimos vivos.

Luis Úrculo @luisurculo
Artista

Luis vive y trabaja entre la Ciudad de México y Madrid. Su formación en arquitectura siempre ha sido una influencia muy profunda y un punto de partida para su obra. Entre sus últimas exposiciones se encuentran Reconstructions, en The Metropolitan Museum of Art de Nueva York; Unseen Daily Life, en el Tokyo Wonder Site de Japón, y una exposición individual en el Museo de Arte de Chile, Estados de reposo.