19 años, 19 viajes

De Roma a Tierra Santa: Los consentidos de Dios

De Roma a Tierra Santa, una crónica en dos tiempos, por Diego Enrique Osorno.

Por Diego Enrique Osorno
Fotografía de Diego Berruecos
septiembre 2020

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Estoy en Roma, donde casi un millón de habitantes tienen cruces latinas colgando de su cuello o guardadas junto a las camas pequeñas en las que se acuestan a dormir: son sacerdotes, monjas, seminaristas, personas que algo tienen que ver con la Iglesia católica, cuya sede mundial está aquí: un barrio-Estado teocrático del tamaño de una favela de Río de Janeiro. Esto es Roma, donde los miércoles, en el país más pequeño del mundo, llamado Ciudad del Vaticano, el papa Benedicto XVI ofrece audiencias públicas a las que ha acudido por lo menos una vez la mitad de los compatriotas mexicanos con los que recorreré Israel en los días siguientes. Roma, donde muy pocos saben que, las noches de cada sábado primero de mes, “su santidad” reza el rosario a la vista de la gente común y corriente, según me confía con una espectacular sonrisa cómplice, de 56 dientes, el representante de la Opera Romana Pellegrinaggi en Norteamérica, mi anfitrión del periplo. Roma, donde dueños de tiendas de artículos religiosos son capaces de estafar al prójimo turista con fraudes píos. Roma, donde hay buen pescado para alimentarse, aunque no abunda carne que pueda saborearse a menos que se paguen precios irreligiosos. Roma, donde, mientras estamos en el coctel de bienvenida en el Hotel Casa Tra Noi, el más gentil de todos mis compañeros peregrinos se mete la mano a una de las bolsas de su pantalón para mostrarme las 23 estampas (21 de santos y 2 de beatos cristeros) que lleva guardadas en la cartera y que lo acompañarán en los días que pasaremos en Tierra Santa.

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Rubén, nuestro guía, nació en un proyecto comunitario socialista inspirado en Tolstoi que en Israel tomó el nombre de “kibutz”. Aunque los kibutz han venido a menos en la actualidad, en su momento ayudaron a los pioneros judíos en la invención del Estado de Israel, después de la Segunda Guerra Mundial. El kibutz de Rubén estaba cerca de la Franja de Gaza, donde la palabra “guerra” es un asunto poco tolstoiano.

—¿Cuál es la fuerza turística de Tierra Santa o de la Tierra Prometida? —se preguntó Rubén, con aire sofista, cuando tomó el micrófono del autobús al que nos habíamos subido en Tel Aviv— La fuerza es que aquí están los lugares bíblicos —se respondió, para luego dejar en claro que la Biblia era la mejor guía de viaje por Israel. Luego, no sin un dejo de intriga, advirtió que con ciertas cosas de la Biblia había que tener cautela. Una de ellas es que el fruto prohibido, que comieron Adán y Eva, no fue una manzana. En realidad, explicó Rubén, no se sabe cuál fue, pero hace cientos de años se decidió que una manzana fuera la representación de aquella fruta provocadora del pecado y de tantos desmanes que vinieron posteriormente, incluido el de la vida humana masiva, según el apartado titulado Génesis, de la “guía de viaje” recomendada por Rubén. Después se metió a un terreno aún más pantanoso de las polémicas bíblicas: el caso María Magdalena. “Se dice que era pecadora, pero no necesariamente una prostituta como dicen por ahí”, planteó con una voz dulce, contrastante con su rostro duro y su cuerpo musculoso marcado por los años que sirvió al Ejército israelí, antes de convertirse en el guía turístico más marcial que he conocido.

Mientras Rubén hablaba de María Magdalena, el autobús enfilaba hacia Nazaret por la Carretera 6. La 6 es una carretera que exige poco aliento para transitarla en su totalidad. De hecho, no existe ninguna carretera interminable por aquí. Para cruzar Israel de norte a sur hay que transitar solamente 550 kilómetros, y de oeste a este, 110. Por fortuna, hacer este viaje geométrico no se trataría de un trayecto soso. A lo largo del camino, el viajero conocerá el desierto de Judea y cuatro de los mares más afamados del mundo: el Mar Rojo, el Mar Mediterráneo, el Mar de Galilea y el Mar Muerto (aunque el de Galilea y el Muerto en realidad son lagos enormes).

No existe ninguna carretera interminable por aquí. Para cruzar Israel de norte a sur hay que transitar solamente 550 kilómetros…

Israel es un país pequeño que tiene la misma población que Guadalajara. Oficialmente se asegura que, de sus habitantes, 80% son judíos y 20% árabes, una proporción que me parece muy cercana a la de los hinchas de las Chivas y del Atlas, respectivamente, en la capital de Jalisco. Sin embargo, es difícil tener un censo preciso del número de personas que viven aquí, porque las cifras oficiales no incluyen a los palestinos que sobreviven en diversos asentamientos resistiéndose a ser ciudadanos israelíes, algunos luchando por la liberación de Palestina, muchos otros tan sólo tratando de vivir la cotidianidad en la tierra donde nacieron.

Aquella tarde que llegamos a Israel, el cielo de la Carretera 6 estaba nublado, pero no llovió mientras nos acercábamos a Nazaret. Alrededor había campos verdes y floridos que poco tenían que ver con las descripciones desoladoras que hizo Mark Twain cuando dejó el río Mississippi para viajar por estos lares.

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Una vez que Rubén acabó de darnos la bienvenida, al sacerdote Francisco, quien se sumó a la expedición en Roma, le llovieron preguntas de todo tipo por parte de los demás peregrinos. Se me vienen dos a la mente:“¿Por qué ahora hay sacerdotes que no quieren ir a oficiar bodas fuera de las iglesias, por ejemplo en una playa o un rancho?”, “¿Por qué hay sacerdotes que siguen poniendo restricciones a la vestimenta de las mujeres?” Francisco es un joven moreno de 35 años, que usa gafas de armazón fino con lentes de aumento y se peina por el lado izquierdo con un apartado que envidiaría cualquier presidente de México. Contestó con una notable mansedumbre zen la ráfaga de preguntas que de repente se le vino encima, incluidas varias sobre los Legionarios de Cristo, la congregación religiosa a la que pertenece y en cuya dirección general trabaja en Roma. Mientras Francisco contestaba, a un lado del autobús pasaba un camión que remolcaba dos tanques de guerra. Dos estropeados tanques de guerra irrumpieron en el paisaje y dejaron en segundo plano los campos de olivos con sus hojas bicolor, plateadas de un lado y verdes del otro. Olivos despampanantes a la orilla de la carretera, prestos a ser saqueados de sus aceitunas del mismo color de los armatostes militares que habían aparecido repentinamente.

Quizá los tanques de guerra inspiraron a Rubén, porque el guía volvió a tomar el micrófono para darnos recomendaciones útiles sobre el valle que estábamos atravesando: “Si tú tienes un ejército y quieres pasar, éste no es el mejor sitio. Si ven, a los lados hay montañas que cierran el camino. Desde esas cimas te pueden disparar cómodamente, impidiéndote el paso”, dijo, provocando un sube y baja de cabezas de curiosidad y aceptación entre los pasajeros.“¿Han escuchado el dicho: ‘Si tú controlas Megiddo (el valle de Armagedón), controlas todo’? Se refiere a esta zona que están viendo.” Pues sí, estábamos en Armagedón, el famoso valle donde se librará la batalla final, según varias películas de Hollywood.

Cuando Rubén acabó su explicación castrense, como si la Fuerza Aérea Israelí estuviera coordinada con él, nos sobrevoló un enorme avión militar de carga color gris. Todos volteamos y vimos una especie de elefante con alas encima de nosotros, el cual producía los zumbidos de una mosca dinosáurica. Más allá de las historias de honor, sangre y dolor ocurridas en el valle de Armagedón, y contadas por Rubén, recuerdo que el sitio tenía muchos árboles con flores blancas de las que estaban a punto de brotar almendras. Imaginé el mismo sitio, pero por las noches, con cientos de ranas que croaban brincando, persiguiendo algo.

Al poco rato al fin llegamos a Nazaret. La encontramos en calma.

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Llegamos somnolientos pero impresionados al Monte de la Transfiguración (el Monte Tabor). Ahí platiqué con Germán, otro de mis compañeros peregrinos. Germán es un pastor evangélico que vivió en Hong Kong, trabajando mucho de día y explorando por las noches las calles bulliciosas e incógnitas de la isla. Germán le estaba contando eso a una chica delgada, morena y de largos pelos chinos. Le decía también que el perro y la rata sí se comen allá, como se murmura con asco en México, pero ambos animales son platillos delicatessen, que se sirven en sitios sumamente caros. La chica con la que él hablaba era una asistente de proyectos de una pequeña empresa. Hacía no mucho había sido rescatada de las garras de una banda de proxenetas de Tlaxcala, que la obligó a prostituirse en el barrio de La Merced, en la ciudad de México. Tras un operativo policial fue llevada a Casa de la Roca, una agrupación en la que trabaja Germán. Casa de la Roca tiene un albergue donde se da refugio a chicas maltratadas como ella. En el Monte de la Transfiguración me enteré de que la chica estaba estrenando su pasaporte con este viaje cortesía de la agencia de viajes ORNIT. Por su seguridad, si vuelvo a mencionarla en este texto, la llamaré Diana.

Subimos la colina para estar en el sitio donde, según la Biblia, Jesús cambió de forma y figura delante de un pequeño grupo de sus apóstoles. El padre Francisco estaba realmente excitado. “¡Estamos caminando por donde el Señor caminó, viendo lo que Él vio!”, nos dijo cuando acabamos de subir la cuesta a solas. Luego se aparecieron cuatro niños árabes montados en dos bicicletas y escoltados por un perro pulguiento. Cuatro niños dickensianos, cuando terminamos de mirar el horizonte de Nazaret pasaron acechantes a un lado de nosotros, en especial de las mujeres de la comitiva. Enfilamos después al hotel para instalarnos. Desde lo alto de otra colina, el hotel Golden Crown contaba aun con una mejor vista de Nazaret.

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A la mañana siguiente, en el lobby del hotel Golden Crown, Rubén trae una sonrisa en la cara. Está por anunciar una sorpresa. Se trata de una visita al sitio donde María recibió la noticia, vía un arcángel, de que sería madre de Jesús. Y también iremos al taller donde trabajaba José, la pareja de María. Ambos paseos son una sorpresa, porque al parecer no estaban en el programa original. El contingente estalla de júbilo. Se nota que mis colegas peregrinos amanecieron descansados del traqueteo del primer día y un poco más adaptados al cambio de horario.

Una iglesia (la Iglesia de la Anunciación) fue levantada donde se piensa que estuvo la choza donde vivían María y José hace 2012 años. Los cristianos armenios creen que el arcángel Gabriel se apareció en otro lado, y los cristianos griegos, a su vez, en otro más. El lugar donde los católicos romanos y apostólicos creen que fue queda en el centro de Nazaret. Al bajar del autobús y caminar por una calle angosta y empinada, un letrero color hueso, avisa en árabe y en inglés: “Si alguien desea profesar una religión diferente del islam, nunca se le aceptará y en la otra vida será un perdedor”. La explicación de un letrero tan agresivo junto a la Iglesia de la Anunciación tiene que ver con una pequeña mezquita que está al lado. Dicha mezquita iba a tener por lo menos el doble de tamaño para que, de cierta forma, opacara a la iglesia. Sin embargo, la sola decisión de levantar una mezquita junto a uno de los templos más importantes del mundo católico provocó la ira del poderoso barrio-Estado del Vaticano y, en 2003, el papa Juan Pablo II pidió al gobierno de Israel que detuviera la afrenta. El gobierno de Israel, en respuesta, destruyó los cimientos originales de la mezquita Shehab a-Din. La mezquita sí fue construida, pero mucho más pequeña. Y a los musulmanes se les permitió poner ese letrero contra los perdedores. Claro que, para dimensionar lo sucedido, habría que saber otras cosas más, como que la mayoría de los habitantes de Nazaret es musulmana.

“Si alguien desea profesar una religión diferente del islam, nunca se le aceptará y en la otra vida será un perdedor”

Mientras pasábamos a un lado del letrero, platiqué con el sacerdote Francisco acerca de la sensación que uno puede tener cuando visita lugares que aparecen en los libros más especiales que ha leído. Esto viene a colación por la Biblia, por supuesto, pero yo le mencioné que miré distinto Sonora después de mis lecturas de la obra de Roberto Bolaño, escritor chileno a quien él no conoce. Cuando entramos a la Iglesia fuimos directamente al sitio donde se considera que ocurrió la Anunciación. Una placa en latín dice: “Y el verbo se hizo carne aquí”. La lectura de esta frase que siento tan conocida a lo largo de mi vida me produce la misma sensación que cuando vi las calles de Pitiquito, un pueblo sonorense que aparece en la novela Los detectives salvajes y que pensaba que solamente existía en la imaginación de Bolaño.

En las paredes de la iglesia están acomodados lienzos que recrean la aparición del arcángel en la casa de María. Son pinturas enviadas por iglesias de diversos países. Mi preferida, por su variación de colores un tanto beat, es la de Charles L. Madden, enviada por la Iglesia de Estados Unidos. Se llama The Woman Clothed with the Sun; en cambio, la más impactante es la que mandó la iglesia de Japón: una obra de Lucas Hasegawa, en la cual el manto de María está hecho de perlas auténticas. La de México la hizo José García Ocejo y no está del todo mal.

El taller de José está debajo de la iglesia, en una especie de gruta. Rubén dice que, para los judíos, José no era carpintero, lo cual causa una controversia callada en el grupo. “Si ven alrededor se darán cuenta de que en Nazaret casi no había madera con la cual se podría trabajar”, explica. Luego comenta que José es uno de sus personajes preferidos, ya que escapaba al desierto cada vez que se desesperaba. Y como parece que era muy temperamental —sobre todo después de que su esposa tuvo un hijo con el Espíritu Santo—, tal cosa ocurría muy seguido. Tiene razón Rubén. Sin duda José es un personaje que pudo haber dado más en la narrativa de la Biblia. Para los interesados, hay un libro apócrifo exclusivo de él, en el que se le atribuye a Jesús haber dicho cosas como ésta sobre el esposo de su madre María: “En el catorceno año de su edad, vine al mundo de mi propia voluntad, y entré en ella, yo, Jesús, vuestra vida. Cuando llevaba tres meses encinta, el cándido José volvió de su viaje. Y, encontrando a la Virgen embarazada, se turbó, tuvo miedo y pensó despedirla en secreto. Y, a causa del disgusto, no comió ni bebió en todo aquel día”.

En el taller de José hay un pasadizo por el que se considera que caminaba María. El acceso a los visitantes está bloqueado, pero algunos tiran dólares, como si se tratara de un pozo de los deseos o algo así. No nada más dólares. También había a la vista tres monedas de 10 pesos mexicanos. Ninguna de ellas era de la edición especial dedicada a Octavio Paz, aquella en cuyo margen se lee el hermoso verso: “Todo es presencia, todos los siglos son este presente”.

Al salir de la Iglesia de la Anunciación, un acordeonista árabe en silla de ruedas identificó a nuestra comitiva mexicana y se puso a tocar La cucaracha. Minutos después, en la tienda de recuerdos a la que llegamos, pusieron un jarabe tapatío y algunos hicieron sus compras más que animados. Había otros consumidores frenéticos de diversas nacionalidades, quienes metían botellas del vino de Galilea, cremas cosméticas del Mar Muerto, rosarios de Nazaret, agua bendita del río Jordán y tierra sagrada (autentificada) de Jerusalén en canastas amarillas colmadas de fe.

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La Tierra Sagrada es una sinfonía de mares que en realidad son lagos, carreteras diminutas, símbolos que significan algo distinto para cada religión y olivos llenos de aceitunas.

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En México existe el dicho popular “En martes ni te cases ni te embarques”. ¿De dónde viene? Rubén explica que se debe a las bodas que se celebraron un día martes, en las cuales Jesús, después de que se acabara el vino durante la celebración, convirtiera el agua en vino. El lugar donde ocurrió tal episodio bíblico se llama Caná, por donde ahora pasamos. Y es cierto que los católicos rehúyen al matrimonio en martes (y cada vez más, en general en cualquier otro día de la semana). El sacerdote Francisco confirma que no recuerda ninguna boda en martes. En cambio, si hubiera un rabino en el autobús, ataja Rubén, hubiera confirmado que la mayoría de las bodas judías son los martes. Hace 2012 años, Caná era una villa grande, y Nazaret nada. Ahora Caná no es nada. Después de Caná está Magdala, el pueblo en el que nació María Magdalena. Una porción de Magdala fue cedida por el Estado de Israel (por ley, 92% de la tierra de Israel es propiedad del Estado, el cual la renta por cuatro años a inversores o sus ciudadanos) a un grupo mexicano para que construyera un hotel y un centro de convenciones. Cuando pasamos por ahí ya se asomaban algunos letreros del futuro Magdala Center. Sin embargo, el proyecto está detenido, porque durante las excavaciones ocurrió algo muy usual en Israel: fue hallado un templo religioso sepultado, en este caso una sinagoga judía.

Se hizo un silencio en verdad espiritual: aire fresco, calor, bamboleo, maderas roídas y un repentino olor a Chanel de alguna de las peregrinas presentes.

Adelante de Magdala está el Mar de Galilea, que es a donde nos dirigíamos. Llegamos y nos subimos a una barca de inmediato. En nuestro bote, el conductor puso una bandera de México junto a la de Israel, y luego la música del himno mexicano, mientras dejábamos el muelle. Alguien recordó una cita de la Biblia y la dijo en voz alta: “El ser humano debe ser como el Mar de Galilea: recibe agua, pero también da agua”. El Mar de Galilea no es un mar: es un lago de agua dulce que recibe agua del río Jordán y luego la deja pasar con dirección al Mar Muerto. Lo más conocido del Mar de Galilea es que por encima de él caminó Jesús. En este sitio se considera también que Jesús habló ante unas 4 000 personas. Fue uno de sus primeros mítines. Lejos de la orilla, el conductor apagó el motor de la barca y el sacerdote Francisco leyó la vocación de San Mateo: Mateo 2, capítulo 2. Se hizo un silencio en verdad espiritual: aire fresco, calor, bamboleo, maderas roídas y un repentino olor a Chanel de alguna de las peregrinas presentes. Luego la barca continuó la navegación. Quizás éste fue el mejor momento del viaje. Quizás el espíritu sí se apareció y fue en este momento.

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—Oiga, padre, ¿de qué vivía Jesús? Siempre me lo he preguntado —se acercó a decirle una señora al sacerdote. Francisco le respondió que había mujeres que le ayudaban y que los 12 apóstoles compartían entre sí su dinero. Luego alguien preguntó sobre el libro de El código Da Vinci. El sacerdote respondió, con argucia, citando a Louis Pasteur: “Poca ciencia aleja a Dios; mucha ciencia acerca a Dios”.

Tras el Mar de Galilea nos dirigimos a Yardenit, un paraje del río Jordán donde Jesús fue bautizado. La orilla a la que nos acercamos estaba llena de nutrias que en lo personal me parecen horripilantes. Una nutria es una rata nadando en un río, y esas nutrias que se acercan a quienes llegan al río Jordán buscando mojarse las piernas con agua bendita son la metáfora de algo, sin duda. En la tienda del sitio se vendía a pocos shekels (la moneda israelí) agua del río Jordán guardada en frasquitos. Algo tan surrealista como los frasquitos de aire de París que hizo Duchamp y que ahora se venden en el Aeropuerto de Orly entre figurillas pequeñas de Édith Piaf.

Quizás ahí está la metáfora. O quizás hay que seguir pensándola. Estaba pensándola pero me desconcentró lo que hacía una turista estadounidense que aventaba migas de pan al río, las cuales se disputaban nutrias, bagres y palomas.

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Ahora, mientras vamos al Templo de las Bienaventuranzas, hablo con el sacerdote Francisco sobre el papa Juan Pablo II, a quien, en una ocasión, ayudó en una misa celebrada en la Basílica de San Pedro. Se desvía la conversación hacia el aire espiritual de polacos de otros campos. En la poesía, Szymborska, y en el periodismo, Kapuściński. Promete que leerá a ambos cuando termine su estudio sobre los escritos de juventud del papa Benedicto XVI, quien sirvió durante breve tiempo a las Juventudes Hitlerianas de Alemania, de lo cual, por supuesto, se arrepintió después y explicó el contexto en el que tal cosa había sucedido.

Es una tarde soleada, en uno de los jardines del Templo de las Bienaventuranzas, el sacerdote se prepara para celebrar una misa. Le ayuda en los preparativos una de las peregrinas. La peregrina es una gentil señora que en el Estado de México organiza bautizos y primeras comuniones que no se celebran en Toluca, sino en la Basílica de San Pedro. Sonidos de aves acompañan el inicio de la celebración. Dos árboles robustos dan sombra a los peregrinos católicos que acuden a la misa. Ambos tienen declaraciones de amor talladas en diferentes idiomas. Algunas son:

Aisha y Joha- Albania
Iglesia Calvino- Bendiciones a todos
Reyna y Édgar, Ixtapaluca
Eder y Erik
(Manos de niños trazadas con tinta sobre la leyenda)

El sacerdote Francisco, tras la homilía, pide que se haga un agradecimiento especial a Dios. “Gracias al Señor por darnos la oportunidad de estar en el lugar donde Él dio el mensaje de las Bienaventuranzas. En aquel momento, cuando lo dijo, quizá hubo gente que respondió: ‘Ah, está bien’, y se fueron a sus casas como si nada; otros se fueron con la semilla de Dios sembrada en ellos. A lo mejor aquí sucede igual hoy, nos vamos, pero con la semilla de Dios sembrada en nosotros.” Después de eso, una de las peregrinas pasó una canasta para recabar dinero. De fondo se oía el rezo: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Todos los peregrinos cooperaron y el sacerdote habló en voz quedita unas palabras en latín.

Horas más tarde fuimos a Caprice, una joyería y centro de pulido de diamantes de Israel. Adentro nos proyectaron un documental con el que nos enteramos de que los diamantes pueden ser encontrados en África, Canadá, Brasil y Siberia, y que son comercializados principalmente por consorcios de Inglaterra, Holanda y ahora también de Israel. También supimos que marca ubroba (o algo que sonaba parecido) es lo que se dice cuando se hace un trato entre un comprador y un vendedor de diamantes. Lo más angustiante de la información que recibimos esa tarde fue que si un calibrador de diamantes se equivoca, su pobre corporativo puede perder millones de dólares y él su trabajo. O incluso la vida. Se me olvidaba escribir que el documental comenzó diciendo que los diamantes surgieron porque “Dios quiso explorar el mundo”.

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En el Valle del Armagedón, está Megiddo. La primera ciudad de Megiddo fue construida en el año 5 000 antes de Cristo. Luego epidemias y guerras fueron despoblándola, y nuevas migraciones y nuevas guerras la repoblaron; las construcciones iban destruyéndose y se edificaban otras encima de ellas. Se calcula que debajo de las ruinas actuales hay unas 17 ciudades sepultadas, una encima de otra. Las referencias más habituales a Megiddo están en el Antiguo Testamento. El rey Salomón decidió hacer aquí la primera ciudad con carros de la época. Una ciudad pensada para el movimiento con caballos y animales, en la que también se almacenaban alimentos de agricultores con vocación guerrera. Es posible que Megiddo sea la primera base militar del planeta (este dato, por supuesto, no podría ser brindado por nadie más que por nuestro marcial guía Rubén). Fue levantada en una zona con muchas ventajas tácticas, por los caminos que convergían cerrando el paso del enemigo a un estrecho que podía ser vigilado a la distancia, como Rubén nos lo había adelantado poco después de que aterrizamos en Tel Aviv.

Todas las religiones llevan en lo más profundo la necesidad de anhelar el fin de este mundo…

Ya estando aquí, queda clara otra cosa fascinante: la acústica de la zona permitía escuchar movimientos a la distancia de una forma muy nítida. Además, Megiddo, en aquellos años sin aviación, era la llave que abría o cerraba el camino al mar. Para los judíos, el valle del Armagedón no es un lugar especial; sin embargo, para el mundo evangélico es el sito donde ocurrirá la última batalla. Para los católicos, la idea del Armagedón es un concepto, no un lugar específico. Es cuestión de tiempo, del día de la batalla, cuando el bien venza al mal, y no de un valle u otro. Hollywood vaya que acepta el concepto de Armagedón. El señor de los anillos, Star Wars

Por la noche, de regreso al hotel de Nazaret, pensando en el fin del mundo leo a Christopher Hitchens, cuyos libros me acompañan en este viaje, como si fueran un malvado amuleto. “En términos religiosos admitir que una catástrofe termonuclear equivaldría al final de la civilización y de la bisofera sería blasfemo y derrotista. Todas las religiones llevan en lo más profundo la necesidad de anhelar el fin de este mundo y el ansiado momento en que todo se revele y se separen las ovejas de las cabras, o cualquier otra analogía desértica de la Edad del Bronce que se juzgue adecuada.”

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A la mañana siguiente, una peregrina del Estado de México recorre con muy buen ánimo el pasillo del autobús, asiento por asiento, para repartirnos dulces. Es un regalo de ella y su familia porque es 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad. De Nazaret al Monte Carmelo, la peregrinación viaja saboreándose la boca y hablando sobre el amor y la amistad.

Está planeado que hoy estemos también en Cesarea Palestina, Jaffa y, entrada la noche, en Jerusalén. El Monte Carmelo es un lugar sagrado para judíos, cristianos, musulmanes y bahaís. Es el sitio emblemático del profeta Isaías y su lucha contra los paganos. En el siglo IX antes de Cristo se decretan tres años de sequía para acercar más a la gente de Israel con Dios. En esos años hay, al mismo tiempo, una lucha de Isaías y otros profetas para tratar de convencer a los fieles de que sólo hay un Dios. Para ello Isaías organiza unas lecturas en el Monte Carmelo, a las cuales llegan también discípulos de Baal, politeístas. Delante de una multitud, Isaías hace traer dos toros y pide a los profetas de Baal elegir uno, sacrificarlo y levantar un altar para que su dios encendiera un fuego sagrado. Los profetas lo hicieron pero el fuego nunca apareció. Después, Isaías construyó un altar y comenzó el sacrificio. De repente, el Monte Carmelo presenció el incendio milagroso. Eufórica, la multitud linchó a los profetas de Baal, ante el triunfo de Isaías. El pasaje bíblico anterior lo leyó el sacerdote Francisco en su Kindle. En realidad era una historia mucho más larga, pero la resumí previendo que, si no lo hacía yo, lo haría la editora de esta crónica.

Después entramos al Monte Carmelo, por el Convento de los Carmelitas, una congregación católica que se remonta precisamente a la época del profeta Elías. Los carmelitas son una de las órdenes más radicales: hacen la mayor parte de su vida enclaustrados y durante muchos años anduvieron descalzos. No desde sus orígenes, sino en el siglo XVI, cuando tomaron esta medida para proteger su conciencia del progreso y confort de aquellos años, asuntos que les preocupaban en especial. Mientras estuvimos en el convento vi algunos sacerdotes carmelitas, pero ninguno estaba descalzo. A la entrada había un letrero que advertía que estaba prohibido el ingreso, específicamente, con hamburguesas, armas, cigarros, perros y teléfonos celulares.

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Uno de los grandes méritos que tienen los organizadores de la expedición es que hasta este momento no se empeñan en despertar una euforia excesiva entre los que formamos parte de la peregrinación. No son los típicos managers turísticos que se empeñan en persuadir a los viajeros de que todos la están pasando genial. El guía Rubén mantiene el mismo espíritu mesurado, que se agradece de forma sincera. Ya estamos llegando a Jerusalén.

Extracto de “Los consentidos de Dios”, de Diego Enrique Osorno. Fotos Diego Berruecos. Números 122 y 123, agosto y septiembre de 2012.